A México le da miedo Sinaloa… y los que no se alinearon podrían llevarse la sorpresa
Después de más de un año sin viajar a la Ciudad de México, por motivos de trabajo me tocó regresar a la capital del país. Y quienes conocen mi historia saben perfectamente por qué había dejado de hacerlo. El corazón ya no servía como debía, la presión me traía más presionado que político esperando los resultados de una encuesta y, para acabarla de chingar, subirme a un avión se había convertido prácticamente en una misión imposible. Apenas hace unos días el médico me dio luz verde para volver a volar y, aunque uno se haga el muy valiente, no les voy a mentir, llevaba mis nervios bien acomodaditos en el asiento.
Pero además de comprobar que el corazón aguantaba el vuelo, me encontré con algo que llamó poderosamente mi atención. Algo que para muchos podría pasar inadvertido, pero para quienes llevamos años viendo cómo se mueven los hilos de la política sinaloense representa una señal que merece analizarse.
En mis últimos viajes a la Ciudad de México era prácticamente imposible subirse a un avión sin encontrarse con dos, tres, cuatro o hasta cinco políticos sinaloenses. Los había enfrente, atrás, a un lado y hasta esperando abordar. Unos iban a buscar audiencia con algún personaje importante, otros a acomodar a su gente y unos más simplemente a quedar bien con quienes toman las decisiones. Nunca faltaba el que llevaba su hielera con mariscos, algún encarguito o una buena comida sinaloense para abrir puertas. Porque en política, aunque usted no lo crea, hay quienes piensan que una candidatura se puede conseguir entre un aguachile, unos camarones y una buena lambisconeada.
Esta vez fue completamente diferente. Me subí al avión, volteé a la derecha, a la izquierda, revisé los asientos de enfrente y hasta los de la clase Premier. Ni un solo político sinaloense. Seguí caminando hasta mi lugar y, como el viaje se organizó prácticamente de última hora, me tocó allá atrás, pegadito al baño, donde uno alcanza a escuchar hasta los pedos de los pasajeros. Y ni ahí apareció uno de esos personajes que antes parecían tener residencia permanente en los vuelos rumbo a la capital.
Pensé que sería casualidad. Que quizá habían viajado antes o que llegarían después. Pero conforme avanzaron las horas empecé a darme cuenta de que aquello no era solamente una percepción dentro del avión.
Me tocó asistir a un encuentro de Morena donde rindieron protesta los 17 coordinadores y coordinadoras de la Defensa de la Cuarta Transformación. Un evento de esos que anteriormente habrían provocado una auténtica romería de aspirantes, operadores, recomendados y políticos buscando una fotografía, un saludo o cuando menos que alguien importante les dijera que todavía estaban vivos políticamente. Sin embargo, algo estaba raro. No había aquellas filas interminables afuera, tampoco las porras ni los contingentes que antes se disputaban hasta el último espacio para hacerse notar.
Posteriormente me trasladé al hotel y, para mi sorpresa, justo enfrente se desarrollaba una asamblea nacional del Partido del Trabajo. Otra oportunidad perfecta para encontrarse con la fauna política sinaloense que acostumbra aparecer donde se reparten decisiones. Pero tampoco. Uno que otro rostro conocido, entre ellos Camacho, de Mocorito, a quien aprovecho para mandarle un saludo, y prácticamente nada más. La soledad política de Sinaloa en la capital comenzaba a parecerme demasiado evidente.
Lo verdaderamente interesante vino después. Tuve oportunidad de conversar con algunas personas que no son de Sinaloa, pero que conocen perfectamente lo que sucede en nuestro estado y que, de una u otra manera, han participado o estado cerca de decisiones importantes. Gente que sabe cómo se mueven las cosas, quién tiene interlocución y quién solamente presume tenerla.
Y ahí fue donde terminé de convencerme de que algo está pasando.
Nadie quería hablar de Rubén Rocha Moya, pero tampoco de Imelda Castro. No encontré aquella facilidad con la que antes se discutían los grupos, los acuerdos, las posibilidades y los nombres. Había prudencia, evasivas y una evidente resistencia a meterse en el asunto sinaloense. No puedo asegurar que exista una instrucción nacional de guardar silencio, porque sería irresponsable afirmarlo, pero sí puedo decir que la impresión que me traje fue contundente.
A México le da miedo Sinaloa.
Y no hablo solamente del miedo que provoca la inseguridad o del desgaste que ha sufrido la imagen del estado. Hablo del temor político a involucrarse en una disputa donde nadie parece tener garantizado el control absoluto, donde comprometerse con un grupo puede significar cerrarse las puertas del otro y donde cualquier decisión podría terminar provocando un pleito de consecuencias mayores.
Durante meses nos han querido vender la idea de que el futuro político de Sinaloa se resolverá entre rochistas e imeldistas, como si las candidaturas fueran una herencia familiar que solamente necesita cambiar de propietario. Unos aseguran que todavía tienen el control de las estructuras, otros presumen que los nuevos tiempos ya les entregaron las llaves del negocio. Pero después de lo que observé en la Ciudad de México, me queda una pregunta que puede resultar bastante incómoda para ambos bandos.
¿Y si ninguno de los dos tiene realmente amarrado lo que presume?
Porque una cosa es tener simpatizantes, operadores, alcaldes, diputados y funcionarios dispuestos a jurar lealtad, y otra muy distinta es contar con la autorización política para repartir candidaturas como si fueran rebanadas de pastel. Hasta donde se alcanza a observar, ni los rochistas han conseguido asegurar todas las posiciones que pretenden conservar ni los imeldistas han demostrado que pueden imponer sin resistencia a todos sus cuadros.
Y aquí es donde la historia puede ponerse verdaderamente interesante, porque mientras unos se dedicaron a presumir cercanía con Rocha y otros prácticamente se tatuaron el nombre de Imelda en la frente, hubo quienes prefirieron mantenerse al margen de esa confrontación. Personajes que fueron cuestionados, señalados y hasta menospreciados por no definirse públicamente a favor de uno u otro grupo.
A esos mismos que les reclamaban no tomar partido, hoy podría llegarles su mejor oportunidad.
La lógica política es bastante sencilla. Cuando dos grupos se encuentran enfrentados y ninguno ofrece garantías suficientes de estabilidad, una tercera opción puede convertirse en la salida más conveniente. No necesariamente porque sea la más fuerte, la más popular o la que tenga mayores recursos, sino porque representa una alternativa que no llega cargando todas las facturas de la confrontación.
Y cuidado, porque esto no significa que Rocha esté acabado ni que Imelda haya perdido capacidad de decisión. Sería una ingenuidad desconocer el peso político, territorial e institucional que ambos representan. El asunto es que una cosa es tener fuerza para negociar y otra muy distinta tener fuerza suficiente para imponer. En Sinaloa pueden existir dos grupos poderosos, pero eso no significa que alguno tenga permiso para quedarse con todo.
Si desde el centro del país están observando que una candidatura identificada plenamente con cualquiera de los dos bandos puede profundizar las fracturas, entonces los perfiles que conservaron cierta independencia podrían comenzar a adquirir un valor que hasta hace poco nadie les reconocía.
Y ahí es donde más de uno se va a querer arrancar los pelos, porque durante meses hubo aspirantes que gastaron dinero, tiempo y saliva tratando de demostrar quién era más rochista que Rocha o más imeldista que Imelda. Algunos hasta dejaron de hablarles a sus antiguos amigos por quedar bien con el nuevo grupo. Otros se adelantaron a repartir puestos que todavía no existen y unos cuantos ya se sienten candidatos porque alguien les contestó un mensaje de WhatsApp desde la Ciudad de México.
No vaya siendo que al final los que se quedaron quietecitos, sin andar cargando maletas ajenas ni levantando la mano por encargo, terminen sentados en la mesa donde verdaderamente se reparten las decisiones.
Tampoco hay que confundir independencia con ausencia de compromisos. En política nadie llega completamente limpio de relaciones, intereses o acuerdos. Pero existe una diferencia importante entre mantener interlocución con distintos grupos y convertirse en soldado de una sola corriente. Los primeros todavía pueden negociar con todos; los segundos, cuando se les cae el padrino, tienen que salir a buscar hasta quién les conteste el teléfono.
Por eso considero que el proceso de las coordinaciones municipales y las futuras candidaturas en Sinaloa podría resultar mucho menos predecible de lo que algunos imaginan. No descarto que aparezcan nombres que hoy no figuran entre los favoritos de las dos principales corrientes, pero que podrían resultar aceptables para una dirigencia nacional interesada en evitar mayores confrontaciones.
Claro que tampoco podemos perder de vista que las estructuras cuentan, los votos pesan y las negociaciones existen. Rocha no va a entregar gratuitamente lo que considera suyo e Imelda tampoco llegó hasta donde está para conformarse con las sobras. Ambos tendrán que negociar, pero quizás el verdadero problema para sus respectivos equipos sea descubrir que esa negociación no necesariamente terminará beneficiando a quienes más gritaron sus nombres.
Y mientras eso sucede, hay algo que me sigue dando vueltas en la cabeza. Antes, cuando uno viajaba a México, encontraba políticos sinaloenses hasta debajo de las piedras. Ahora, en pleno movimiento de definiciones, registros y acomodos, me encontré con una ausencia que contrasta demasiado con aquella costumbre.
¿Se acabaron los viajes para pedir candidaturas? No lo creo. ¿Ya nadie busca padrinos políticos? Menos. ¿Entonces qué está pasando? Quizá muchos todavía no saben a qué puerta tocar, otros temen equivocarse de ventanilla y algunos más empiezan a comprender que presumir cercanía con determinado personaje ya no garantiza absolutamente nada.
Regresé a Sinaloa con la satisfacción de haber podido viajar nuevamente después de todo lo que me tocó vivir con mi salud, pero también con una percepción política que no tenía cuando abordé aquel avión.
En la Ciudad de México no encontré respuestas definitivas, pero sí silencios que dicen bastante. Y en política, cuando quienes acostumbran hablar de todo prefieren hacerse pendejos con un tema, generalmente es porque nadie quiere comprometerse antes de saber cómo terminará el pleito.
Así que aquellos que fueron criticados por no ponerse la camiseta de los rochistas ni la de los imeldistas harían bien en no desesperarse. A lo mejor lo que ayer parecía falta de definición mañana termina siendo su principal ventaja.
Porque en esta política sinaloense, donde muchos ya se repartieron hasta los escritorios de las oficinas que sueñan ocupar, todavía falta saber quién tiene realmente la última palabra.
Y por lo que pude observar en mi regreso a la capital, esa palabra todavía no parece estar escrita.
Todo esto, según yo, el Goyo310.
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