
Guadalupe Robles
1. La democracia es apariencia. Los partidos son la antítesis de la democracia interna. Se rigen por una disciplina casi ciega. Por decisiones autoritarias. Todos saben quién ganará de antemano la contienda. Todos saben quién manda y se resignarán a su decisión. Hoy no tocó, pero a lo mejor mañana. Por eso tienen que participar simulando una contienda democrática: hay que quedar bien con la opinión pública y con el discurso democrático del partido. ¡Unidad! grita con júbilo el que ganó. Unidad, balbucean los derrotados.
2. Hay que venerar al dueño. Todo militante de un partido debe saber quién manda. Quién es realmente el dueño del partido. No quien tiene el mando formal, sino el que realmente manda, aunque puede tratarse de la misma persona. El militante tiene que halagar en cada discurso o en cada entrevista al dueño del partido. No mencionarlo y ensalzarlo lo deja fuera de toda posibilidad de conseguir sus objetivos políticos.
3. Hay que renunciar a la crítica. Los partidos no son espacios donde se pueda ejercer la autocrítica. El militante tiene que defender la causa hasta de manera irracional. Tragarse sus reflexiones internas y convertirse en un defensor de lo indefendible. En un partido hay que poner la cara. Aguantar estoicamente toda crítica y defenderse sin rubor, renunciando a los razonamientos lógicos.
4. Hay que repetir el catecismo. El discurso partidista suele convertirse en un credo. En un catecismo que hay que repetir una y otra vez. En todos los escenarios: en el mitin, el programa de radio o en la mesa. Ahí lo que vale es la fe partidista. Esa está por encima de los argumentos. Un militante tiene que ser un fundamentalista. Es alguien para no salirse ni un milímetro del credo. Ahí no hay lugar para los rebeldes.
5. Lavar la ropa sucia en casa. Los verdaderos enemigos políticos siempre están dentro del mismo partido. Ahí todos se conocen sus pecados y debilidades. Todos andan sobre lo mismo: el poder. Pero los pleitos pequeños o atroces deben procesarse en privado. Alejados de la maledicencia pública y de los medios. Adentro hay que darse con todo sin que ningún externo se dé cuenta. En público hay que sonreír y abrazarse. Levantarle la mano al vencedor y hacer como que se acepta la derrota con dignidad. Y con alegría.
6. La dignidad es de papel. Pocos se atreven a decir esa frase incómoda, pero todos saben lo que cuesta mantenerse en el círculo del poder o aspirar a él. El militante tiene que soportar humillaciones personales y desdenes de quienes mandan. Injusticias y burlas. Ingratitudes. En la vida de un político encumbrado, siempre se padecen estos sinsabores. Ellos saben que, en la vida partidista, la dignidad es de papel.
7. Hay que renunciar a ser uno mismo. Cuando alguien entra a un partido político, tiene que dejar atrás a buena parte de lo que es. Sus virtudes y convicciones poco importan al partido. Serán utilizadas si las necesitan, pero en beneficio del partido. El valor de la persona por sí misma, es lo que menos cuenta. El partido siempre estará por encima de cualquier militante. Y de todos los militantes.
Culiacán, Sinaloa, lunes7 de septiembre de 2026. X @guadalupe2003
