Por: José Alfredo Inzunza Valenzuela, Posdoctorado en análisis geopolítico y posglobalización
Culiacán, Sinaloa a 02 de octubre de 2026
El próximo 4 de octubre de 2026, Brasil celebrará la primera vuelta de sus elecciones presidenciales.
Las encuestas sitúan a Luiz Inácio Lula da Silva con una ventaja de entre 4 y 5 puntos sobre el senador Flávio Bolsonaro, aunque sin alcanzar la mayoría absoluta.
La segunda vuelta, prevista para el 25 de octubre, se perfila como un empate técnico, con una ligera ventaja para Bolsonaro en algunos sondeos.
Una victoria de Bolsonaro tendría un impacto geopolítico profundo. Brasil se convertiría en la pieza final de la “marea azul” impulsada por Donald Trump, quien ha utilizado la lucha contra el narcotráfico como pretexto para intervenir en la región a través de la coalición “Escudo de las Américas”. Con Brasil alineado, Estados Unidos consolidaría su influencia desde Argentina hasta México, dejando a este último como la única excepción ideológica en el continente.
Para América Latina, el giro completo hacia la derecha significaría un debilitamiento de los mecanismos de integración regional como la Unasur o el Consenso de Brasilia, impulsados por Lula.
Los gobiernos de derecha, muchos de ellos afines a Trump, priorizarían acuerdos bilaterales con Washington en detrimento de la cooperación sur-sur. La presión sobre México y Cuba se intensificaría, y la influencia de China en la región se vería seriamente limitada.
Para México, la situación es especialmente delicada. La presidenta Claudia Sheinbaum ha mantenido una relación de “cabeza fría” con Trump, basada en la coordinación sin subordinación. Sin embargo, con Brasil bajo un gobierno afín a Washington, México quedaría en un aislamiento geopolítico casi total. Esto podría traducirse en mayores presiones en la revisión del T-MEC, donde Estados Unidos ya busca fortalecer las reglas de origen para limitar la participación de productos chinos.
La administración Trump podría incrementar su retórica sobre posibles operaciones militares contra cárteles en territorio mexicano, un tema que ya ha generado tensiones bilaterales. Sin aliados regionales que compartan su enfoque progresista, México tendría menos margen de maniobra para resistir estas presiones. La relación con Brasil, tradicionalmente un contrapeso en la región, se tornaría distante o incluso conflictiva, dependiendo de la postura de Bolsonaro hacia el gobierno de Sheinbaum.
En definitiva, una victoria de Bolsonaro consolidaría un hemisferio dominado por la derecha, dejando a México como una isla ideológica y geopolítica.
Las consecuencias para el país serían un mayor aislamiento diplomático, una presión comercial más intensa y una seguridad nacional más vulnerable ante las demandas estadounidenses.
La región, mientras tanto, se encaminaría hacia un nuevo ciclo de alineación con Washington, dejando atrás la autonomía relativa que caracterizó a la primera década del siglo XXI.