El poder, la doble vara y los que ya buscan el 2027

Columna: “Dardos Políticos”
Por: Rosario Antonio Ramírez

Hay una frase popular que dice: “nadie se ahorca con su propia cuerda”. En política, sin embargo, parece que algunos están empeñados en demostrar lo contrario: construyen sus propias contradicciones, tropiezan con ellas y después pretenden convencer al ciudadano de que la culpa siempre es de alguien más.

La antesala del proceso electoral de 2027 ya comienza a mover las aguas. Aspirantes, suspirantes y personajes que llevan tiempo haciendo cuentas políticas saben que todavía falta camino por recorrer, pero también saben que en política quien se duerme pierde terreno. Por eso algunos ya calculan posiciones, alianzas, candidaturas y posibilidades, aunque públicamente pretendan estar muy tranquilos.

El problema no es aspirar a un cargo público. El problema aparece cuando las reglas se aplican de manera distinta dependiendo de quién las infringe.

Y ahí está una de las grandes preguntas que deberían hacerse las autoridades electorales y, sobre todo, los ciudadanos: ¿La ley es realmente pareja para todos o existen actores políticos a quienes se les permite caminar por una vereda que para los demás está prohibida?

Las campañas adelantadas no deberían tener color partidista. Si son ilegales, deben sancionarse independientemente de quién las realice. Porque cuando la autoridad mira con lupa las acciones del adversario y con indulgencia las del propio grupo, deja de ser árbitro para convertirse, al menos ante los ojos ciudadanos, en parte del juego.

El viejo principio de “la paja en el ojo ajeno” sigue teniendo una vigencia extraordinaria en la política mexicana.

Mientras tanto, el ciudadano observa.

Observa a quienes hoy buscan su voto, recorren colonias, estrechan manos y prometen escuchar. Observa fotografías, discursos, reuniones y mensajes cuidadosamente calculados para construir una imagen cercana. Y también recuerda que, una vez obtenido el cargo, algunos desaparecen precisamente de los lugares donde antes pedían apoyo.

Porque gobernar no significa ocupar una silla para convertirse en dueño del pueblo.

Al gobierno se le entrega una silla, no un trono; autoridad, no supremacía.

El poder público no pertenece a quien temporalmente lo ejerce. Pertenece a la sociedad que lo deposita en sus representantes. Por eso un funcionario que necesita que el ciudadano le suplique para ser escuchado ha olvidado algo elemental: quién lo puso ahí.

Una democracia no puede sostenerse únicamente con elecciones. Necesita instituciones confiables, autoridades imparciales y ciudadanos capaces de cuestionar incluso a quienes simpatizan con su partido.

Porque el fanatismo político tiene un enorme peligro: convierte al ciudadano en defensor de su propio verdugo.

El peor enemigo de un pueblo no necesariamente llega con tanques. Puede llegar con sonrisas, aplausos y promesas. Y ningún gobernante puede sostenerse eternamente sin una estructura de seguidores dispuestos a justificarlo todo.

Por eso la responsabilidad también está del lado del electorado.

En 2027 aparecerán nuevamente quienes prometan cambiarlo todo. Algunos tendrán argumentos; otros solamente discursos. Algunos llegarán con una trayectoria que pueda ser revisada; otros intentarán vivir exclusivamente de la propaganda. Y habrá quienes entiendan que ocupar un cargo público significa servir, mientras otros continuarán confundiendo representación popular con patrimonio político.

La ciudadanía debe aprender a distinguirlos.

No basta preguntar “¿De qué partido es?”.

La pregunta verdaderamente importante debería ser: “¿Qué ha hecho, cómo lo ha hecho y a quién ha beneficiado?”

Porque un voto entregado sin memoria puede convertirse en un cheque en blanco.

La democracia tampoco termina el día de la elección. Ese día apenas comienza la responsabilidad ciudadana. Hay que vigilar, preguntar, exigir transparencia y señalar las contradicciones, incluso cuando provengan del partido con el que uno simpatiza.

Una sociedad que deja de pensar críticamente se convierte en terreno fértil para el charlatán político.

Y charlatanes sobran cuando la política se convierte en una carrera por el cargo y no en una obligación con la comunidad.

El ciudadano no necesita mesías ni políticos que quieran ser tratados como intocables. Necesita representantes que entiendan que el poder es temporal, que el dinero público no es propio y que la lealtad fundamental no debe ser con el partido que los postuló, sino con la gente que depositó el voto.

Porque al final hay una diferencia enorme entre ganar una elección y merecer la confianza de quienes votaron por ti.

Y esa diferencia, tarde o temprano, termina cobrándose en las urnas.

El pueblo no es súbdito.
No es escalón.
No es botín.
Y tampoco es tonto.

El pueblo observa. El pueblo recuerda. Y, cuando llega la hora, el pueblo cobra.

¡Es cuanto!

Por elpiripituchi

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