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Análisis 

Heriberto M. Galindo Quiñones

la luz de la fallida aplicación de la tan en boga inteligencia artificial en la que la deshonestidad y la corrupción encontraron los agujeros propicios para transitar, engañar y defraudar con los exámenes de admisión para el nuevo ingreso, con un espíritu de concordia y de conciliación expreso mi defensa y mi amor por la Universidad Nacional Autónoma de México, nuestra alma mater, la máxima casa de estudios del país, la gran Universidad de la nación que está muy cerca de cumplir sus 100 años de la autonomía por la que tanto pugnaron hombres tan preclaros como los dignos y grandes líderes estudiantiles universitarios de 1929: don Alejandro Gómez Arias y don Salvador Azuela, además de don Ezequiel A. Chávez y de los rectores don Manuel Gómez Morín y don Antonio Castro Leal. Hoy el respaldo solidario lo merecen el rector Leonardo Lomelí Vanegas y su equipo de colaboradores, como en su momento lo tuvo el rector Javier Barros Sierra.

Considero que ante tantas vicisitudes que ha sufrido nuestra UNAM a lo largo del tiempo, como las de 1968 y muchas más de antes y después de ese año, hoy se precisa de la unidad de las y los mexicanos y especialmente de quienes hemos egresado de la UNAM, en defensa de esta tan noble institución que ha abrigado a generaciones completas, como estudiantes y como profesores, y que merced a ella y a sus excelentes maestros recibimos las enseñanzas, la formación inicial y las herramientas para poder desarrollarnos profesionalmente y para consagrarnos al servicio de la sociedad.

Los avances notables de la sociedad mexicana en todos los órdenes y la evolución de la vida pública en México y en específico de la democracia en la República no se pueden explicar sin hablar de las aportaciones que la UNAM le ha otorgado a la nación por haber formado a grandes mexicanos creadores de instituciones y de programas y de políticas públicas de beneficio colectivo. Por ello y por lo que significó, significa y significará el peso específico de la Universidad Nacional en el pasado, en el presente y hacia el provenir es que debemos defenderla y amarla por siempre, y no permitir que por un caso de falla técnica existan interpretaciones nocivas y malvados que pretendan desestabilizarla y afectarla en sus avances y en su prestigio ganado al paso del tiempo gracias al esfuerzo de una comunidad que a pesar de los pesares se mantiene enhiesta, como luce la Bandera Nacional que ondea en el patio central de la Ciudad Universitaria.

Es muy penoso, muy vergonzoso y muy lamentable lo ocurrido con los exámenes de admisión, pero celebro que el problema haya sido detectado, y ahora se impone aplicar los correctivos correspondientes con apego a la ley, caiga quien caiga, no solamente respecto de la empresa con la que se contrataron los servicios, sino con igual rigor y apego legal contra quienes articularon los esquemas del hurto, del engaño, de la venta de los exámenes y del desprestigio generado a la UNAM. Es evidente que detrás de lo cometido existen intereses corruptos y mezquinos y que junto a las inconformidades manifiestas podrían estar engendradas intenciones malévolas de quienes, frotándose las manos, pretenden apoderarse de la Universidad con las consecuencias nefastas previsibles; y es a este tipo de felonías a las que las y los mexicanos y los universitarios de bien debemos oponernos, denunciar y combatir para que la UNAM se conserve y continúe avanzando en la ruta de superación en la que se encuentra.

Yo, hace muchos ayeres, procedente de la Escuela Preparatoria Central de la UAS en Culiacán (de dos años), presenté mi examen de admisión para ingresar a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales en febrero de 1969, en medio de los rescoldos y de las arengas derivadas del movimiento estudiantil, y en los albores del uso de las computadoras y de los sistemas computacionales. En aquel entonces en este tema la UNAM era pionera en el contexto de los adelantos tecnológicos, como lo hizo en estos días con lo que ofrece la inteligencia artificial.

Desde entonces se usaron reactivos y recuerdo que con un lápiz amarillo llenamos los círculos opcionales de las respuestas a las preguntas planteadas en el examen y aquellas hojas fueron procesadas por el gran Centro de Cómputo de la Universidad. Fui aprobado, cursé la carrera y posteriormente me gradué y obtuve el título con mención honorífica como licenciado en ciencias políticas y administración pública.

Considero que con respecto al problema existente con los exámenes de admisión, la determinación de la comisión especializada que definió la reposición de las pruebas debe respetarse, acatarse y aceptarse, aunque lamentablemente de alguna manera paguen justos por pecadores, en virtud de que miles de estudiantes que aplicaron para el examen lo hicieron con honestidad y rectitud y seguramente que fueron aprobados en justicia, pero desgraciadamente hubo también quienes en flagrante traición a la UNAM, a la moral, a la ética y a la honradez corrompieron el procedimiento y eso debe ser sancionado y también deberá evitarse en lo futuro.

Lo deseable es, asimismo, que todos los aspirantes incluidos los rechazados tengan oportunidad de estudiar tanto en la UNAM como en otras universidades creadas por el gobierno, con tal de que no se queden fuera y cancelen las oportunidades para su preparación. Deben asumirse soluciones correctas y armoniosas que concilien y que eviten un colapso y una agitación política negativa que podría arrojar saldos muy nefastos e indeseables.

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Por elpiripituchi

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