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En la raya.
Mazatlán… se perdio. 
y Sinaloa tambien
por José Luis López Duarte

Desde hace dos años, la sombra ominosa de la guerra entre facciones ha convertido a Culiacán y, en buena medida, a Sinaloa en un territorio marcado por la inseguridad y la violencia. Este fenómeno no solo es lacerante por sus consecuencias tangibles, sino también por el miedo que se ha instalado como una característica generalizada de la población. Lo que inicialmente parecía una amenaza confinada a la capital, despertando una pacífica pero angustiante zozobra en las zonas del norte y sur del estado, en especial en Mazatlán, hoy es una realidad incontestable para todos los sinaloenses.

Durante más de dos décadas, Sinaloa –y Mazatlán en particular– había logrado construir un camino firme hacia un desarrollo estable y competitivo. Obras de infraestructura de gran escala, como la autopista Mazatlán-Durango y los sistemas de abasto de agua de las presas Picachos y Santa María, junto con un ambicioso plan de desarrollo urbano, transformaron la fisonomía de la ciudad. Del viejo Mazatlán emergió un centro turístico más atractivo y un núcleo comercial robusto, generando plusvalía y prosperidad para ricos y pobres por igual. La promesa de un futuro mejor parecía tangible, y el optimismo era palpable.

Sin embargo, como una ola amenazante que ningún litoral puede ignorar, la inseguridad originada en Culiacán comenzó a extenderse hacia el sur. Los primeros incidentes violentos, que parecían aislados, se convirtieron en una verdadera plaga que mantiene despierta a la población mazatleca día tras día, generando no solo angustia, sino un temor visceral: ¿quién será la próxima víctima? La inversión de más de 100 mil millones de pesos de los sectores público y privado, que hasta entonces había sido sinónimo de progreso, ahora corre el riesgo de volverse polvo en manos de la violencia.

Hace ya más de un año advertíamos que si la tragedia de Culiacán alcanzaba a Mazatlán, la tasa económica sinaloense sufriría una catástrofe definitiva. Y aquí estamos, comprobando que no se trataba de un mero presagio fatalista, sino de una cruda realidad. Nuestros gobiernos —federal, estatal y municipal— no solo han fallado en prevenir esta expansión del problema, sino que se han convertido en cómplices por omisión y quizás algunos incluso por acción. Sabiendo lo que ocurriría si no contenían la crisis en Culiacán, decidieron mirar hacia otro lado o aplicar soluciones que solo han avivado las llamas.

El resultado es que Mazatlán hoy vive el auge de la inseguridad, la violencia y el dolor social que desde hace tiempo azotan al corazón de Sinaloa. Y esto debe entenderse como una emergencia urgente que exige respuestas contundentes y eficientes. La gravedad del asunto no puede minimizarse bajo ningún pretexto, pues el riesgo se extiende peligrosamente hacia el norte, contagiando municipios como Mocorito, Angostura y Salvador Alvarado, y pudiendo incluso alcanzar a estados vecinos como Nayarit y Sonora.

Mientras tanto, el gobierno federal y estatal parecen atrapados en la miopía de creer que pueden resolver el problema con parches superficiales o estrategias equivocadas, combatiendo fuego con juegos, sin comprender que esta lógica sólo servirá para profundizar la crisis. Las décadas de progreso construidas con tanto esfuerzo en el sur sinaloense corren peligro de diluirse en el atraso y la incertidumbre, hipotecando el futuro de generaciones enteras.

Ante esta realidad, la historia nos enseña que, aunque la adversidad sea extrema, no es insuperable. La humanidad ha sorteado peores crisis, siempre que exista voluntad política y social para hacerlo. Por ello, el cambio de autoridad y de estrategia no es una opción, sino una necesidad imperiosa. La ineptitud de los gobiernos actuales y su resignación ante los hechos solo aseguran un crecimiento mayor de la inseguridad y la violencia. Pero si algo hemos aprendido es que de peores hemos salido, y así como la desesperanza se ha instalado, también puede nacer la esperanza, siempre y cuando el clamor popular se traduzca en acción decidida y responsable.

Sinaloa merece más que lágrimas y miedo; merece un futuro digno en paz y prosperidad. El momento de actuar es ahora, y la historia juzgará a quienes estuvieron dispuestos a luchar por ese destino, frente a quienes optaron por la indiferencia o la complicidad.

AGO 4 2026

Por elpiripituchi

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