Paloma Sánchez, cuando la lengua se convierte en testigo protegido

Hay políticos que necesitan una investigación para meterse en problemas y otros que solamente necesitan un teléfono con cámara, buena iluminación y unas ganas tremendas de sentirse protagonistas. Paloma Sánchez pertenece a los segundos. La senadora priista, que convirtió aquel memorable “soy pluri” en una especie de certificado de superioridad política, acaba de descubrir que la lengua puede ser más peligrosa que cualquier adversario, sobre todo cuando se utiliza antes de consultar al cerebro.

Resulta que Paloma, en su cruzada contra los políticos relacionados con el crimen organizado, decidió subirle dos rayitas a su discurso y terminó reconociendo que dentro de su propio partido también existen personajes con esos vínculos, que sabe quiénes son, que los conoce y hasta ha conversado con ellos. ¡A su madre! Lo que pretendía ser una demostración de valentía terminó pareciéndose a una confesión política colectiva, con la pequeña diferencia de que la protagonista decidió guardar los nombres como si estuviera protegiendo la receta secreta de los frijoles de la abuela.

Y aquí es donde la política sinaloense se pone verdaderamente interesante, porque Paloma acaba de dinamitar su principal herramienta de confrontación. Durante meses ha pretendido construir una imagen de fiscal implacable contra los adversarios, especialmente los de Morena, pero ahora resulta que también reconoce tener el problema dentro de su propia organización. Dicho de otra manera, salió a incendiar la casa del vecino y terminó anunciando que en la suya guardan gasolina debajo de las camas.

El asunto no es menor. El PRI sinaloense atraviesa una etapa en la que necesita recuperar credibilidad, reconstruir estructuras y convencer a los ciudadanos de que representa una alternativa. Y mientras algunos intentan vender la idea de una renovación, aparece una de sus figuras más visibles para reconocer públicamente que el partido también tiene personajes presuntamente relacionados con el crimen organizado. ¡Bonita manera de recuperar la confianza! Nomás faltó que ofrecieran una promoción de afiliación con antecedentes incluidos.

Pero el verdadero problema de Paloma no está en reconocer que ningún partido tiene el monopolio de la corrupción o de los vínculos criminales. Eso sería incluso una muestra de madurez política si estuviera acompañado de pruebas y acciones. El problema es que, al asegurar que conoce a esos personajes, dejó de ser una simple crítica del sistema para convertirse en alguien que afirma poseer información relevante. Y cuando una senadora dice saber algo de semejante gravedad, el asunto deja de resolverse con aplausos, reproducciones y comentarios de sus seguidores.

Porque entonces surge una pregunta bastante incómoda. ¿Qué ha hecho con esa información? ¿Acudió a la Fiscalía? ¿Presentó una denuncia? ¿Informó a la dirigencia de su partido? ¿O decidió reservarse semejante conocimiento para utilizarlo cuando necesitara levantar las reproducciones de sus videos? Que quede claro, conocer o conversar con alguien no convierte a una persona en delincuente ni en encubridora, pero tampoco se puede presumir conocimiento de presuntos vínculos criminales y después pretender que nadie pregunte por las pruebas.

Y todavía hay algo políticamente más grave. Si Paloma no identifica a los personajes a los que se refiere, termina colocando bajo sospecha a todo su entorno partidista. Porque ahora cualquier reunión, fotografía, abrazo o conversación con dirigentes y exfuncionarios priistas puede provocar la misma pregunta. ¿Será uno de los que dice conocer? No porque exista evidencia contra esas personas, sino porque la propia senadora dejó abierta una acusación tan amplia que cualquiera podría terminar salpicado. En su intento de parecer valiente, convirtió a sus compañeros en posibles protagonistas de una novela de suspenso donde solamente ella conoce al villano.

Pero imaginemos el escenario electoral que viene. El PRI necesita candidatos, alianzas, operadores y estructuras para competir. ¿Qué ocurrirá si alguno de los personajes a los que Paloma aludió termina apareciendo en una boleta? ¿Lo denunciará antes de que lo registren o esperará a que gane para felicitarlo? ¿Se negará a compartir escenario con él o aparecerá sonriente levantándole la mano mientras habla de recuperar Sinaloa? Porque ahí está la verdadera prueba de congruencia. Es muy fácil condenar a los delincuentes cuando no tienen nombre, apellido ni credencial partidista visible. Lo difícil comienza cuando el señalado podría ser compañero de bancada, dirigente, aliado o candidato.

Y esa es precisamente una de las enfermedades más viejas de la política mexicana. La delincuencia organizada se convierte en un tema de indignación selectiva. Si el sospechoso está enfrente, hay que exigir investigaciones, renuncias y cárcel. Si aparece entre los propios, entonces comienzan las explicaciones, los silencios, los deslindes a medias y aquella maravillosa frase de que las instituciones deben hacer su trabajo. Es decir, justicia para los adversarios y paciencia franciscana para los compañeros.

Paloma tenía una oportunidad extraordinaria para demostrar que su discurso no distingue colores partidistas. Podía exigir investigaciones concretas, entregar información a las autoridades y dejar claro que no respaldaría a ningún personaje bajo sospecha fundada, aunque perteneciera al PRI. Pero una declaración sin nombres ni pruebas públicas no es una cruzada contra la impunidad. Es apenas una bomba de humo que termina explotándole en la cara a quien la lanzó.

Y aquí hay que decirlo sin rodeos. Los sinaloenses no necesitamos otra senadora dedicada a producir indignación para las redes sociales. Necesitamos representantes capaces de asumir el costo político de sus palabras. Porque para señalar delincuentes imaginarios, enemigos anónimos o compañeros misteriosos cualquiera sirve. Para denunciar hechos concretos, aportar pruebas y enfrentar las consecuencias se necesitan otras cosas, entre ellas una que escasea bastante en la política mexicana y que se llama congruencia.

Además, hay un detalle que Paloma parece olvidar entre grabación y grabación. Su sueldo no lo paga TikTok, ni Facebook, ni los aplausos de los priistas que todavía creen que el partido puede recuperar sus viejas glorias. Lo pagan los mexicanos con sus impuestos. Es empleada pública, aunque tenga fuero, curul y una cámara que la haga sentirse protagonista de una serie de investigación criminal.

Por eso, más que pedirle explicaciones, corresponde exigirle que aclare el alcance de sus afirmaciones. Si tiene conocimiento de hechos posiblemente delictivos, que los haga del conocimiento de las autoridades. Si solamente repite rumores, que lo reconozca. Y si pretende convertir una acusación tan grave en material para alimentar su personaje político, que no se sorprenda cuando los ciudadanos comiencen a cuestionar su seriedad.

Porque después de semejante declaración, cada vez que Paloma salga a denunciar presuntos vínculos del crimen organizado con algún adversario, la respuesta será inevitable. ¿Y los de su partido, senadora? ¿Ya los denunció o todavía se saludan de beso?

Lo verdaderamente lamentable es que en Sinaloa, una tierra donde la violencia ha dejado muertos, desplazados, negocios cerrados y familias destrozadas, todavía existan políticos que parecen entender el crimen organizado como una oportunidad para conseguir reflectores. Aquí no estamos hablando de una travesura de campaña ni de un pleito entre partidos. Estamos hablando de un problema que ha marcado generaciones y que merece algo más que declaraciones diseñadas para conseguir aplausos.

Paloma quiso presentarse como una mujer que no le teme a señalar a nadie, pero terminó colocándose frente a un espejo bastante incómodo. Porque denunciar a los de enfrente mientras se admite conocer a los de adentro, sin explicar qué se hizo con esa información, no demuestra necesariamente valentía. Puede terminar exhibiendo una contradicción política del tamaño de la derrota que el PRI lleva años intentando superar.

Y cuidado, porque el silencio que venga después de sus palabras también tendrá consecuencias. No jurídicas por sí solo, porque eso depende de hechos, pruebas y obligaciones legales concretas, pero sí políticas. Cada día que pase sin aclarar sus dichos será otro día en que sus adversarios podrán preguntarle si su lucha contra el crimen organizado tiene principios o solamente colores.

Al final, aquella frase de “soy pluri” parecía difícil de superar. Pero Paloma lo consiguió. Antes presumía una posición que no necesitó ganar mediante el voto directo. Ahora presume conocer personajes que, según su propio discurso, deberían estar bajo investigación.

La diferencia es que para ser plurinominal bastó con aparecer en una lista. Para sostener una acusación de vínculos con el crimen organizado hacen falta pruebas, nombres y valor para llevarlas ante la autoridad.

Y mientras eso no ocurra, su discurso anticrimen tendrá un problema bastante serio. No será necesario que Morena salga a desacreditarla. Bastará con reproducir sus propias palabras y hacerle una pregunta.

¿Quiénes son, Paloma, y por qué los mexicanos seguimos sin saber qué hizo usted con esa información?

Porque en política hay quienes mueren por la boca, otros por sus amistades y algunos tienen el talento extraordinario de meterse en problemas por las dos cosas al mismo tiempo.

Todo esto según yo, el Goyo310.

Pri #Sinaloa #PalomaSanchez @fansdestacados @todos @destacado

Por elpiripituchi

Fundador y Creador del Sitio