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Por Alfredo Inzunza.

Las guerras modernas ya no se ganan únicamente conquistando territorio. También pueden ganarse controlando puertos, oleoductos, estrechos marítimos y rutas comerciales. Arabia Saudita está descubriendo esa realidad de la manera más costosa.

Durante décadas, Riad construyó su poder alrededor de una premisa sencilla: producir petróleo y garantizar que pudiera llegar a los mercados internacionales. Hoy esa segunda parte es la que está bajo presión.

El estrecho de Ormuz, tradicional salida de los hidrocarburos del Golfo Pérsico, permanece severamente restringido por la guerra regional. Antes del conflicto circulaban por allí más de 20 millones de barriles diarios; en el segundo trimestre de 2026 ese flujo había caído a aproximadamente 4.9 millones.

Arabia Saudita contaba, sin embargo, con una póliza de seguro geográfica: el oleoducto East-West.

La infraestructura atraviesa unos 1,200 kilómetros desde las zonas productoras del este del reino hasta Yanbu, en el mar Rojo, permitiendo sacar millones de barriles diarios sin cruzar Ormuz. Precisamente por eso su importancia se multiplicó cuando el tráfico por el Golfo comenzó a deteriorarse.

Ahora también esa alternativa está bajo presión.

Un ataque con drones procedentes de territorio iraquí obligó a detener temporalmente el East-West. La infraestructura transportaba alrededor de cuatro millones de barriles diarios hacia Yanbu y se había convertido en una arteria fundamental para mantener las exportaciones saudíes.

Pero incluso suponiendo que el petróleo llegue a Yanbu, Arabia Saudita enfrenta un segundo problema: ¿Cómo sacarlo del mar Rojo?

La puerta de las lágrimas.

Bab el-Mandeb significa, apropiadamente, “Puerta de las Lágrimas”.

El estrecho, de apenas unos 29 kilómetros en su parte más angosta, conecta el golfo de Adén con el mar Rojo y, desde ahí, con el Canal de Suez, el cual es uno de los grandes chokepoints del comercio mundial.

En el segundo trimestre de 2026 pasaron por Bab el-Mandeb alrededor de 8.1 millones de barriles diarios de petróleo y productos líquidos, frente a 5.4 millones a finales de 2025. Su relevancia aumentó precisamente porque otros corredores comenzaron a deteriorarse.

Y ahí aparece Ansar Allah (Hutíes).

Los hutíes capturaron Mocha, avanzaron por la costa occidental de Yemen y tomaron posiciones e islas estratégicas, incluida Perim, que se encuentra prácticamente en medio del estrecho. Ese avance les proporciona capacidad para amenazar, condicionar o seleccionar el tráfico marítimo que atraviesa Bab el-Mandeb.

Ansar Allah sostiene que la navegación internacional puede continuar, pero mantiene restricciones sobre buques saudíes. Esa diferencia es fundamental: no necesita cerrar completamente Bab el-Mandeb para producir un efecto económico. Basta con convertir el tránsito saudí en una operación de alto riesgo.

Seguros más caros. Fletes más elevados. Menor disponibilidad de buques. Rutas alrededor del Cabo de Buena Esperanza. Más días de navegación.

La geopolítica termina convertida en una prima financiera.

La pinza sobre Riad.

Arabia Saudita enfrenta entonces una estructura que hace apenas unos meses parecía improbable.

Ormuz comprometido al este.

Bab el-Mandeb amenazado al oeste.

Y el East-West, diseñado precisamente para escapar del primero, temporalmente dañado antes de desembocar en las aguas que conducen al segundo.

Eso es una pinza geoeconómica.

Y tiene implicaciones geofinancieras. El petróleo constituye el corazón de los ingresos saudíes. Menor capacidad exportadora significa menor flujo de divisas y mayores dificultades para financiar simultáneamente gasto público, defensa y los gigantescos proyectos de transformación económica asociados a Vision 2030.

Además, Washington ha enviado una señal particularmente incómoda.

Mohammed bin Salman solicitó una intervención militar estadounidense contra los hutíes. La administración Trump rechazó involucrarse directamente y se limitó, por ahora, al apoyo de inteligencia y asistencia técnica.

Israel, pese a ser protagonista de la confrontación regional con Irán, tampoco se ha convertido en garante de las rutas energéticas saudíes. En la práctica, Riad está descubriendo los límites de depender de una arquitectura de seguridad diseñada por terceros.

Y ahí está la verdadera victoria estratégica de Ansar Allah.

No necesita conquistar Arabia Saudita. Ni siquiera necesita destruir permanentemente su industria petrolera.

Necesita demostrar que puede amenazar sus arterias.

Irán y sus aliados han entendido algo esencial, el poder saudí no se encuentra solamente debajo del desierto.

También está en las rutas que permiten sacar ese petróleo del desierto y convertirlo en dólares.

Por eso esta crisis no debe leerse únicamente como otro capítulo de la guerra de Yemen.

Durante décadas, Arabia Saudita convirtió su posición energética en poder geopolítico.

Ahora descubre la otra cara de esa ecuación, quien controla los chokepoints puede poner precio al poder de quien controla el petróleo.

Por elpiripituchi

Fundador y Creador del Sitio