
Por Alfredo Inzunza.
En Estados Unidos existe una paradoja que suele desconcertar a quienes observan su política desde fuera: un presidente puede ganar la Casa Blanca y, menos de dos años después, enfrentarse a un Congreso capaz de limitar considerablemente su margen de maniobra.
Eso es precisamente lo que estará en juego el próximo 3 de noviembre de 2026, cuando los estadounidenses acudan a las urnas para las elecciones federales intermedias. Se renovará la totalidad de la Cámara de Representantes (435 escaños) y una tercera parte aproximadamente del Senado (35 escaños).
Pero las elecciones de noviembre tienen una característica que las hace particularmente relevantes: serán el primer gran examen electoral del segundo mandato de Donald Trump.
Actualmente, los republicanos controlan ambas cámaras, aunque con márgenes estrechos. En la Cámara de Representantes existen 218 republicanos frente a 212 demócratas, además de un independiente y varias vacantes; en el Senado, los republicanos cuentan con 53 escaños frente a 45 demócratas y dos independientes que caucusan con los demócratas.
La aritmética explica la importancia de noviembre: Trump tiene poder, pero no tiene un cheque en blanco.
Y ahí comienza la verdadera batalla.
La economía será la boleta electoral invisible.
En prácticamente cualquier democracia, las elecciones terminan regresando a una pregunta elemental: ¿cómo vive la gente?
La Casa Blanca puede hablar de aranceles, seguridad nacional, China, migración o política exterior. Pero para millones de estadounidenses, la evaluación del gobierno terminará pasando por el precio de la vivienda, los alimentos, los seguros, la energía, el empleo y el acceso al crédito.
Esta es precisamente la vulnerabilidad de cualquier gobierno durante una elección intermedia.
Wall Street puede registrar máximos históricos y, al mismo tiempo, una familia puede sentir que su poder adquisitivo se deteriora. La economía financiera y la economía cotidiana no siempre cuentan la misma historia.
Y las elecciones se ganan en ambas.
Si la administración Trump logra presentar una economía sólida antes de noviembre, los republicanos tendrán un argumento poderoso para defender sus mayorías. Si, por el contrario, el elector percibe deterioro económico, inflación persistente o pérdida de empleos, la elección podría convertirse en un mecanismo de corrección política.
Trump: el principal activo y el principal riesgo republicano.
La paradoja del Partido Republicano es que Donald Trump continúa siendo su figura dominante.
Su capacidad para movilizar a la base conservadora continúa siendo uno de los principales activos electorales del partido. Pero esa misma centralización del liderazgo genera un riesgo: cualquier desgaste de Trump puede trasladarse directamente a los candidatos republicanos.
La elección de noviembre, por tanto, no será únicamente una colección de 435 carreras legislativas y 35 contiendas senatoriales.
En buena medida será un plebiscito sobre el rumbo del segundo mandato.
Migración, comercio, aranceles, seguridad fronteriza, política energética, China y la política exterior estadounidense estarán inevitablemente presentes en la campaña.
Y existe una regla política que Washington conoce perfectamente: la geopolítica puede convertirse en política doméstica cuando comienza a afectar el bolsillo del ciudadano.
Una guerra puede ser percibida como lejana hasta que aumenta el precio de la gasolina. Una disputa comercial puede parecer abstracta hasta que encarece los productos. Una crisis energética puede comenzar en Medio Oriente y terminar afectando una elección en Michigan, Pensilvania o Arizona.
Los demócratas tienen una oportunidad histórica.
Para el Partido Demócrata, las elecciones intermedias representan una oportunidad para recuperar terreno en Washington.
Pero derrotar al partido del presidente no es lo mismo que construir una mayoría sólida.
El desafío demócrata consiste en transformar el descontento con Trump en una propuesta electoral propia. Eso significa presentar respuestas concretas sobre economía, vivienda, salud, industria, tecnología, empleo y política exterior.
El partido que únicamente haga campaña contra Trump podría movilizar a parte del electorado opositor. El partido que logre explicar qué hará después de Trump tendrá mayores posibilidades de construir una coalición duradera.
La política estadounidense está entrando, además, en una etapa de transformación generacional y demográfica. El voto latino, los jóvenes, los trabajadores sin título universitario y los suburbios políticamente competitivos pueden desempeñar un papel decisivo en numerosos estados y distritos.
Por ello, el mapa electoral no se reduce a Washington.
Hay que mirar a Arizona, Nevada, Georgia, Michigan, Pensilvania, Wisconsin, Carolina del Norte y otros territorios donde pequeñas variaciones pueden determinar quién controla el Congreso.
La Cámara es la batalla inmediata; el Senado, la batalla estratégica.
La Cámara de Representantes podría ser el escenario donde ocurra el cambio más rápido.
La mayoría republicana es tan estrecha que una pequeña cantidad de derrotas puede modificar completamente el control de la institución. El propio mapa electoral de Cook Political Report muestra numerosos distritos competitivos, incluyendo contiendas catalogadas como toss-up en estados como Arizona, Virginia y otros territorios políticamente disputados.
El Senado representa una dificultad distinta.
Los republicanos parten de una posición mucho más favorable con 53 escaños. Para los demócratas, recuperar la mayoría requiere no solamente defender sus posiciones actuales, sino conseguir una combinación particularmente exigente de victorias en estados competitivos.
Por eso, uno de los escenarios políticamente más interesantes sería un Congreso dividido.
Una Cámara demócrata y un Senado republicano obligarían a la Casa Blanca a negociar permanentemente. Trump conservaría importantes facultades ejecutivas, pero encontraría mayores obstáculos para convertir su agenda legislativa en realidad.
¿Qué significaría una victoria republicana?
Si el Partido Republicano conserva ambas cámaras, Trump podría interpretar el resultado como una ratificación electoral de su proyecto.
Eso le otorgaría mayor margen para profundizar su agenda durante la segunda mitad de su mandato, particularmente en materia fiscal, energética, migratoria, comercial y de política exterior.
También fortalecería su capacidad para preparar la sucesión política del movimiento Make America Great Again.
Pero existe una pregunta todavía más profunda: ¿quién será el heredero político del trumpismo?
Las elecciones de 2026 pueden comenzar a responderla.
Porque Trump no podrá permanecer indefinidamente en la Casa Blanca. La Constitución limita la presidencia a dos mandatos, y el segundo mandato convierte inevitablemente a 2026 en el comienzo de la disputa por el futuro del Partido Republicano.
¿Y si los demócratas recuperan la Cámara?
El escenario contrario sería mucho más disruptivo.
Si los demócratas recuperaran la Cámara, Washington podría entrar en una etapa de confrontación institucional mucho más intensa.
Una mayoría opositora tendría capacidad para controlar presidencias de comités, solicitar información, realizar investigaciones y utilizar el poder de citación parlamentaria.
De hecho, los demócratas ya están preparando posibles investigaciones sobre asuntos relacionados con Trump y su administración en caso de recuperar el control de la Cámara.
No significa necesariamente que Trump sería destituido.
Significa algo más importante: su capacidad para gobernar sin una oposición institucional fuerte disminuiría considerablemente.
La elección que mira el mundo.
Para México, Europa, China, Rusia y Medio Oriente, las elecciones estadounidenses serán mucho más que un asunto doméstico.
Una modificación en el Congreso puede alterar la política comercial, la relación con México, el financiamiento de Ucrania, la estrategia frente a China, las políticas energéticas y la postura estadounidense en Medio Oriente.
Washington es una potencia global, pero su política exterior también está condicionada por su política interna.
Por eso, mientras el mundo observa las guerras, los mercados financieros, las cadenas de suministro y la competencia tecnológica, existe otra batalla desarrollándose silenciosamente: la batalla por el Capitolio.
Las elecciones del 3 de noviembre no decidirán quién ocupa la Casa Blanca.
Eso ya está decidido.
Decidirán algo distinto y quizá más importante para la segunda mitad del mandato de Trump: cuánto poder tendrá para ejecutar su proyecto político.
Estados Unidos no sólo votará por congresistas.
Votará por los límites del poder presidencial.
Y en Washington, perder el Congreso no significa perder la presidencia.
Significa perder la capacidad de decidir unilateralmente el futuro.
