
Alejandro Moreno
Por: EL Financiero
Emociones colectivas
El Mundial de futbol nos está dejando ver la activación de emociones colectivas.
¿A usted le ha emocionado el Mundial? ¿Qué emociones ha sentido? ¿Cree que esas emociones han sido muy propias y personales, o han sido parte de una experiencia compartida con otros?
El Mundial de futbol nos está dejando ver la activación de emociones colectivas.
Una persona puede tener distintas emociones individuales al ver los juegos, al reaccionar a las jugadas, o al seguir la discusión antes y después de un encuentro: alegría, tristeza, enojo, esperanza.
Pero las emociones colectivas son compartidas, son emociones grupales, son contagiosas, y pueden ser intensas. Instintos tribales encendidos.
Con selecciones nacionales de diversos países compitiendo, una de las emociones colectivas que naturalmente moviliza el Mundial es el sentido de orgullo nacional, o, en su defecto, la vergüenza o la decepción.
Según su historial y expectativas en Mundiales, para algunas sociedades la derrota o eliminación pueden generar emociones negativas. No es difícil imaginar el grado de decepción que experimentaron los fans franceses el martes o los fans ingleses el miércoles, luego de que sus equipos perdieran las semifinales de la manera como las perdieron.
Para otras sociedades, aun las derrotas pueden verse como acciones heroicas que ameritan sentir dignidad y orgullo.
Los héroes pueden ser individuos que realizan proezas, pero que se vuelven un símbolo o una construcción mitológica en la mente y el sentimiento colectivo.
Algunos héroes de guerra, por ejemplo, llegan a ser tan populares por sus victorias que incrementan su poder o su valor político, tanto en la antigüedad como en la era moderna.
Ulises Grant fue electo presidente de Estados Unidos luego de ser el general ganador de la Guerra Civil, mientras que el general Dwight Eisenhower ganó las elecciones presidenciales después de la Segunda Guerra Mundial.
Las analogías de guerra en los deportes también elevan atletas a estatura de héroes mitológicos por sus hazañas. A Pelé se le calificó de rey, a Maradona de dios, y ya veremos a Messi después del domingo qué estatura alcanza.
El heroísmo genera popularidad, y la popularidad tiene un enorme valor político.
Jugadores como Vozinha, portero de Cabo Verde, o Julián Quiñones, goleador mexicano, seguramente incrementaron en valor futbolístico y comercial después de su participación en el Mundial, pero también es factible que haya aumentado su valor político y de influencia. Simplemente hay que ver el crecimiento exponencial de seguidores de Vozinha en redes sociales.
En México, con las próximas elecciones en mente, algunos políticos ya comienzan a subirse a la fama de Quiñones, fotografiándose o haciendo videos con el ariete tricolor.
Pero volviendo al tema de las emociones colectivas, los sentimientos de orgullo, o de honra, también pueden resultar en sentimientos de disgusto, rechazo u odio. Y el odio de un grupo por lo general se canaliza hacia otro grupo, el enemigo. El futbol tiene, como la política, un potencial polarizante.
Y estamos en una era en la que las emociones no son solamente reacciones a eventos y acciones, sino que también son provocadas y alimentadas por narrativas que se desarrollan y se repiten en los medios y, sobre todo, en las redes sociales.
Una de las narrativas de este Mundial se ha centrado en un presunto favoritismo arbitral o, incluso, institucional de FIFA, hacia Argentina, y eso probablemente esté generando animadversión hacia esa selección; habrá que verlo con encuestas, pero es factible.
Ante esa activación emocional, lo que se ve en la cancha ya no es una genialidad futbolística de un jugador, sino una serie de teorías de la conspiración y decisiones previamente tomadas.
Las narrativas como esa alimentan la polarización afectiva entre seguidores de una escuadra u otra.
La polarización afectiva en política no se refiere al distanciamiento ideológico o de posturas entre los grupos políticos o sus electores, sino a la manera en que esos grupos sienten rechazo o resentimiento hacia el otro.
Pareciera que en el futbol la polarización es claramente afectiva, con los grupos o jugadores destacados como referentes.
Bajo esa perspectiva, aquello de que “el futbol nos une” tiene algo de cierto, pero también algo cuestionable. Hay activación de emociones colectivas positivas, y también movilización de emociones colectivas negativas, por lo general de rechazo, de desafecto, de cinismo y de odio.
En ese sentido, el Mundial nos ha permitido ver el desarrollo de emociones colectivas múltiples, así como de narrativas que se alimentan de esas emociones.
Lo que está por verse es si esa movilización emotiva baja al final del Mundial, este domingo y días subsiguientes, o persiste en animadversiones sociales y nacionales que puedan manifestarse más adelante.
