Siete cosas que un político nunca debe hacer

Guadalupe Robles

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Siete cosas que un político nunca debe hacer.
Quejarse. Los líderes no se quejan. A nadie le gusta un político plañidero. La queja es un recurso y muchos políticos lo usan. Se quejan de los medios y las redes, pero solo cuando no les son favorables. Se quejan de sus enemigos, pero antes de que tuvieran poder, actuaban como tales. Se quejan de todo: de lo que hicieron otros políticos del pasado, de los empresarios y de los ricos. De los opositores o del gobierno. Hay políticos que se la pasan quejándose en lugar de resolver.

Victimizarse. En política está de moda el victimismo. Eso que la voz popular llama hacerse menos o tirarse al suelo: hacerse la víctima. El político victimista se hace el ofendido, el atacado. El incomprendido y el injustamente criticado. Huye de su responsabilidad. Oculta su cobardía echándole la culpa a otros. No enfrenta y quiere la compasión del público.

Acomplejarse. El poder no acaba con los complejos añejos: aquellos que vienen con los primeros años de infancia. El poder recrudece los traumas de antaño y busca venganza de ellos. Los complejos acompañan por toda su vida al ser humano. Pero el político debería superarlos. Si fue pobre no tiene por qué tener rencor con quienes no lo son. Con quienes son más inteligentes o han sido más afortunados. Un político acomplejado nunca será un buen político.

Achicarse. La política reclama fortaleza ante las adversidades. Pobre político aquel que piensa que el ejercicio del poder son solo cenas, eventos de partido, discursos y aplausos mecánicos. Siempre hay acontecimientos graves que ponen a prueba al político y lo exhiben de lo que está hecho. Algunos se crecen y otros se hacen chiquitos. Muy chiquitos.

Evadir. Los problemas no se van solos. Ni se resuelven solos. La política exige políticos que se atrevan. Que no evadan. Que enfrenten los problemas. Que no le den la vuelta. Que no pongan pretextos. La política no es una actividad para flotar sino para navegar. Para tomar decisiones graves. No para posponer y evadir.

Agredir. El argumento nunca debe ser sustituido por la agresión verbal. El que agrede demuestra ignorancia o falta de talento para el debate. El insulto vende porque tiene públicos que lo festejan. Pero la agresión le quita nivel a la política. También eficacia. Aunque a veces lo sea, la política no debe ser espectáculo. Deje el político ese papel a los entretenedores y a los cómicos. La política no debe ser entretenimiento, ni comedia.

Hablar de más. El discurso debe tener un límite de tiempo. Son tiempos en que la atención es una mercancía cara e impaciente. Cara porque la atención es de lo que viven las plataformas digitales; e impaciente porque ya nadie quiere escuchar tanto: menos discursos políticos. Y los políticos nunca hablan de menos, siempre de más. Y vaya que sí.

Por elpiripituchi

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