David López Cardenas
¿A quién le sirve un árbitro cuestionado?
Hay instituciones cuya destrucción comienza mucho antes de que desaparezcan legalmente. Primero se les desacredita, luego se les resta autoridad y finalmente se “convence” a la sociedad de que ya no sirven. ¿Estamos presenciando ese proceso con el Instituto Nacional Electoral?
López Obrador nunca terminó de digerir su derrota electoral de 2006, anunció un fraude que no consiguió acreditar jurídicamente y convirtió al IFE, posteriormente al INE y al Tribunal Electoral, en destinatarios recurrentes de sus venenosas acusaciones.
El tribunal reconoció irregularidades en aquella elección, pero determinó que no eran suficientes para invalidarla y declaró presidente electo a Felipe Calderón.
Años después, el argumento cambió de envoltura, pero no de destinatario. El INE era demasiado caro, sus consejeros tenían privilegios y organizar elecciones costaba demasiado. En marzo de 2022, López Obrador lo calificó como el organismo electoral más caro del mundo y propuso reducir a la mitad su presupuesto.
La ironía es brutal.
El INE 4T de Taddei enfrenta investigaciones por presuntas irregularidades en sus contrataciones. La UIF informó del bloqueo de 40 objetivos, entre personas y empresas vinculadas con proveedores electorales, y de una denuncia ante la FGR.
La Auditoría Superior de la Federación anunció, además, una revisión de contrataciones desde el año 2000. Sí, lectores, desde el año en que, el entonces IFE, probaba ante todo México y el mundo su utilidad y correcto funcionamiento dando pie a la alternancia política pacífica en nuestro país.
Hay responsabilidades que investigar, pero todavía no podemos presentar los señalamientos como culpabilidades demostradas. Sin embargo hay algo políticamente llamativo. En otros escándalos que han salpicado a la 4T se ha visto cómo Morena cierra filas, protege a los suyos, cuestiona a los medios y exige pruebas antes de admitir cualquier responsablidad.
Con Guadalupe Taddei la reacción ha sido distinta. El oficialismo parece haberla dejado sola. Quienes ayer no tuvieron reparo en respaldar abiértamente su llegada a la presidencia del INE, hoy se apresuran a deslindarse de ella.
¿Estamos ante un genuino ejercicio de rendición de cuentas o ante un deslinde que permite aprovechar el escándalo?
No podemos sostener que exista un plan probado para desaparecer al INE, pero sí podemos preguntarnos si el debilitamiento de los contrapesos sumado a la crisis actual del árbitro, está creando las condiciones para justificar una reforma que termine subordinándolo al poder.
En 2027 tendremos una elección fundamental. México necesita un árbitro confiable, independiente y capaz de garantizar que quien hoy gobierna pueda mañana perder.
Que se investigue, que se sancione y que se limpie al instituto. Pero que nadie confunda combatir la corrupción con destruir la autonomía electoral. No vaya a resultar que, después de tantos años de combatir al árbitro por supuestamente costoso y corrupto, terminemos descubriendo que el verdadero problema nunca fue cuánto costaba la democracia, sino quién podía beneficiarse de ella.
Ágora
La derrota republicana del pasado martes en Estados Unidos podría obligar a Trump a replegarse en el frente interno y buscar mayor protagonismo en política exterior.
México debe poner atención: el combate a la narcopolítica podría pasar de los discursos amenazantes y la cancelación de visas, a procesar a los muy guardados Rocha e Inzunza. Veremos si ahora aparece el temido lobo.
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