Por Alfredo Inzunza.

Hay profesiones que nacen de la prosperidad y otras que nacen de una tragedia. Las Relaciones Internacionales, como disciplina académica moderna, pertenecen a la segunda.

En 1918, Europa contemplaba las ruinas de la Primera Guerra Mundial: millones de muertos, imperios desaparecidos y una pregunta que todavía nos persigue: ¿cómo impedir que las rivalidades entre Estados vuelvan a convertirse en una catástrofe? La diplomacia existía desde hacía siglos, pero comprender sistemáticamente las causas de la guerra y las condiciones de la paz comenzó a reclamar un lugar propio en las universidades.

En 1919, la Universidad de Aberystwyth, en Gales, estableció la primera cátedra de Política Internacional, dedicada a Woodrow Wilson. No fue casualidad: la Sociedad de Naciones nacía de la aspiración de sustituir, al menos parcialmente, la fuerza por la negociación y las reglas compartidas. La historia demostraría pronto que las instituciones no bastan por sí solas; sin embargo, aquella pregunta fundacional dio identidad a una profesión.

El 24 de octubre, fecha en la que también se recuerda la entrada en vigor de la Carta de las Naciones Unidas en 1945, diversas comunidades universitarias mexicanas celebran el Día del Internacionalista. Vale la pena hacerlo no como un ritual, sino como una invitación a reconocer una labor que suele ser discreta y, sin embargo, resulta indispensable.

Una profesión mucho más amplia que la diplomacia.

Existe la idea de que un internacionalista es alguien que trabaja en una embajada, habla varios idiomas y conoce capitales extranjeras. Esa imagen representa apenas una fracción del oficio.

Las y los internacionalistas estudian cómo interactúan el poder político, los mercados, el derecho, la historia, la cultura y la tecnología. Analizan tratados comerciales, diseñan estrategias de cooperación, investigan migraciones, evalúan riesgos internacionales y ayudan a interpretar conflictos cuyas primeras consecuencias pueden aparecer a miles de kilómetros.

Un ataque contra la navegación en Ormuz puede alterar el precio de la gasolina. Una restricción sobre semiconductores puede modificar decisiones industriales en México. Un cambio en las tasas de interés estadounidenses puede afectar monedas, inversión y financiamiento en economías emergentes.

Comprender esas conexiones es parte de su trabajo.

La ruta mexicana: de las universidades al Instituto Matías Romero.

En México, esta vocación adquirió estructura universitaria en 1951, cuando la UNAM abrió la carrera de Ciencias Diplomáticas; en 1967 evolucionó a la licenciatura en Relaciones Internacionales.

Hoy es posible estudiarla en universidades públicas y privadas, aunque también existen profesionales que se aproximan a este campo desde disciplinas como Derecho, Economía, Historia o Ciencia Política.

La preparación exige idiomas, investigación, conocimiento jurídico, historia, negociación, análisis económico y pensamiento crítico.

Sin embargo, para quienes aspiran a desarrollar una carrera diplomática, existe una institución fundamental: el Instituto Matías Romero.

Fundado en 1974 por la Secretaría de Relaciones Exteriores, constituye la academia diplomática de México y desempeña un papel esencial en la formación y profesionalización de los integrantes del Servicio Exterior Mexicano.

El ingreso a la carrera diplomática requiere participar en los concursos públicos de oposición correspondientes. El Instituto interviene en la evaluación académica y en la formación especializada de quienes avanzan en el proceso de selección.

Su importancia radica en que representar a México exige mucho más que conocer la política internacional. Requiere dominar procedimientos consulares, desarrollar capacidades de negociación, comprender las responsabilidades del servicio público y defender profesionalmente los intereses nacionales.

Porque conocer el mundo es una cosa.

Representar a México ante él es una responsabilidad todavía mayor.

Cuando la geopolítica ocupa la primera plana.

Vivimos una época en la que la geopolítica parece estar más viva que nunca.

La invasión rusa a Ucrania ha devuelto a Europa la discusión sobre fronteras, seguridad y disuasión. Las guerras de Oriente Medio han demostrado la fragilidad de los corredores energéticos. La rivalidad entre Estados Unidos y China atraviesa semiconductores, inteligencia artificial, comercio y seguridad.

Incluso la transición energética depende de minerales, puertos y cadenas de suministro sometidas a disputas estratégicas.

La geopolítica, en realidad, nunca estuvo muerta.

Lo que terminó fue la comodidad de creer que la interdependencia económica haría imposible el regreso de los conflictos entre potencias.

En ese contexto, la labor del internacionalista no consiste en justificar a un bando ni en repetir consignas.

Consiste en distinguir información de propaganda, intereses de discursos, causas de pretextos y escenarios posibles de certezas inventadas.

México necesita especialmente esa mirada. Su ubicación norteamericana, sus vínculos latinoamericanos y su apertura comercial obligan a interpretar el mundo sin reducirlo a lo que sucede en Washington.

La política exterior no es un adorno.

También es seguridad, empleo, inversión y soberanía.

En su día, reconozcamos a quienes investigan, enseñan, negocian, acompañan migrantes, construyen puentes y recuerdan que ninguna nación existe aislada.

Porque si el siglo XX enseñó el costo de no comprender a tiempo las tensiones internacionales, el XXI nos está recordando el valor de quienes dedican su vida a comprenderlas antes de que estallen.

Por elpiripituchi

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