¿Y LA CONGRUENCIA, APÁ? MORENISTAS QUIEREN CANDIDATURA, PERO SIN SOLTAR LA CHICHI PRESUPUESTAL
Vaya discurso el que se están aventando algunos morenistas que pretenden convertirse en coordinadores de los Comités de Defensa de la Cuarta Transformación, ya sea con la mira puesta en una diputación federal, una alcaldía o una diputación local. Resulta que ahora salen muy sabiondos, casi con la Constitución debajo del brazo, argumentando que la convocatoria no les exige solicitar licencia, mucho menos renunciar al cargo público que actualmente desempeñan. ¡Hágame usted el rechinado favor! Y mire, jurídicamente podrían tener razón, siempre que respeten las disposiciones aplicables, pero ética y moralmente es incorrecto, por más maromas que quieran aventarse para justificarlo. Porque una cosa es que la ley te permita hacer algo y otra muy distinta que tengas la vergüenza suficiente para reconocer que no todo lo permitido es correcto.
Lo verdaderamente chingón de este asunto es la facilidad con la que algunos personajes de la llamada Cuarta Transformación han aprendido a tragarse sus propias palabras sin siquiera echarles tantita salsa. ¿Qué no eran estos mismos los que antes gritaban que los funcionarios debían separarse de sus cargos para buscar otro puesto? ¿Qué no eran los que acusaban a los gobiernos anteriores de utilizar las instituciones como agencias de colocación política? Pues mírelos ahora, convertidos en aquello que tanto criticaban, pero con una diferencia bastante curiosa. Los de antes, según ellos, eran unos sinvergüenzas y los de ahora son unos luchadores sociales ejerciendo sus derechos políticos. ¡Ah, chingá! Resulta que la inmoralidad también cambia de color cuando se pinta de guinda.
Y tampoco nos hagamos pendejos. Aquí nadie está cuestionando el derecho legítimo de cualquier ciudadano a participar en política, mucho menos pretendemos inventar prohibiciones que no existen. El asunto es bastante más sencillo y por eso mismo más incómodo. Si usted ocupa un cargo público, cobra un sueldo pagado por los ciudadanos y tiene responsabilidades que cumplir, lo mínimo que debería demostrar es respeto por la función que desempeña. Porque resulta bastante cómodo andar buscando el siguiente hueso mientras el actual todavía tiene carnita. Y si pierde la encuesta, pues no pasa nada, regresa tranquilamente a su escritorio, cobra su quincena y espera la siguiente oportunidad. ¡Así hasta mi abuela se anima a participar en una encuesta!
Lo más divertido, aunque también lo más lamentable, es recordar cómo se hacían las cosas antes. Aquellos políticos que hoy son utilizados como ejemplo de todo lo malo tenían cuando menos la precaución de disimular sus aspiraciones. Organizaban reuniones medio escondidas, mandaban a sus operadores por delante y cuidaban que no se notara demasiado la calentura electoral. Hoy se perdió hasta el pudor. Algunos ni siquiera esperan los tiempos, se promocionan abiertamente, recorren colonias, organizan estructuras, aparecen en cuanto evento encuentran y se presentan prácticamente como candidatos, aunque oficialmente todavía anden buscando una coordinación. Eso sí, cuando alguien les pregunta si van a solicitar licencia, inmediatamente se convierten en expertos constitucionalistas. ¡No, hombre, qué bárbaros! Para trabajar hay horarios, pero para andar en campaña parece que tienen disponibilidad de tiempo completo.
Y aquí viene lo verdaderamente sabroso. Durante años nos vendieron el discurso de que no eran iguales, de que venían a cambiar las viejas prácticas, de que primero estaban los principios y después las aspiraciones personales. Pero ahora resulta que los principios pueden esperar, la congruencia se puede negociar y la moral depende de lo que diga una convocatoria. Antes criticaban al funcionario que no soltaba el cargo para buscar otro y hoy hasta parecen dispuestos a organizarle una ceremonia de reconocimiento por su extraordinaria capacidad de cobrar en un lado mientras sueña con despachar en otro. ¡Qué transformación tan conveniente, carajo! Cambiaron los discursos, cambiaron los colores, pero hay quienes siguen abrazados al presupuesto como náufrago a una tabla.
No sabemos cuántos aspirantes decidirán solicitar licencia y cuántos preferirán quedarse cómodamente instalados en sus oficinas mientras buscan su siguiente aventura electoral. Sería injusto meterlos a todos en el mismo costal, porque seguramente habrá quienes entiendan que la congruencia también se demuestra con decisiones personales. Pero aquellos que pretendan utilizar la ausencia de una obligación legal como justificación moral deberían recordar que los ciudadanos no necesitan ser abogados para distinguir entre lo correcto y lo conveniente. Y cuidado, porque las encuestas internas podrán medir simpatías, estructuras y posicionamientos, pero las urnas tienen la mala costumbre de cobrar facturas que los políticos creían olvidadas.
Aunque hay otra pregunta que seguramente les provocará más comezón que una camisa de fibra de vidrio. ¿Por qué tanto miedo a separarse del cargo? ¿Será que no quieren perder el sueldo, las prestaciones y la comodidad de una quincena segura mientras prueban suerte en la política? Porque si ése es el problema, entonces estamos frente a una nueva modalidad de aspirante, el revolucionario de nómina, dispuesto a transformar al país siempre y cuando no le suspendan el depósito. Quiere candidatura, quiere estructura, quiere reconocimiento y quiere que el pueblo lo respalde, pero cuando llega el momento de asumir un riesgo personal, ahí sí aparece la prudencia financiera. ¡No vaya a ser que por andar defendiendo al pueblo termine teniendo que vivir como el pueblo!
Y perdóneme usted, pero si no tiene dinero para sostener sus aspiraciones políticas sin depender de un sueldo público, ¿para qué chingados le entra? Nadie lo está obligando a buscar una alcaldía ni una diputación. Nadie le puso una pistola en la cabeza para que se inscribiera en una encuesta. La política no debería convertirse en una apuesta donde el aspirante nunca pierde porque, gane o pierda, el ciudadano sigue pagando la cuenta. Mucho menos cuando hablamos de personajes que se llenan la boca presumiendo austeridad, principios y superioridad moral frente a quienes gobernaron anteriormente.
Porque ése es precisamente el problema de fondo. No se trata solamente de pedir licencia, sino de entender que la ética y la moral no pueden utilizarse como un garrote cuando se está en la oposición y guardarse en el cajón cuando se llega al poder. Si ayer exigían separación del cargo, transparencia y congruencia, hoy tendrían que comenzar por aplicarse exactamente la misma medicina política. De lo contrario, aquella famosa superioridad moral que tanto presumieron terminará convertida en una simple frase de campaña, de ésas que suenan muy bonitas frente al micrófono, pero que se olvidan en cuanto llega la notificación del depósito bancario.
Y todavía falta ver quiénes tendrán los tamaños para hacer lo que consideran correcto sin que nadie se los ordene. Porque ahí está la verdadera prueba, no en repetir veinte veces que son diferentes, sino en demostrarlo cuando hacerlo implica sacrificar alguna comodidad. Mientras tanto, que sigan revisando la convocatoria, buscando artículos, interpretando reglamentos y consultando abogados para justificar su permanencia en el cargo. Total, para encontrar una salida legal siempre habrá algún argumento disponible. Lo que difícilmente encontrarán en esas páginas es algo que no se consigue por decreto, no se compra con presupuesto y mucho menos se hereda con una candidatura.
La vergüenza, señores, la vergüenza.
Todo esto según yo, el Goyo310.
Link web … https://goyo-310.com/y-la-congruencia-apa-morenistas-quieren-candidatura-pero-sin-soltar-la-chichi-presupuestal/
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