
Por Alfredo Inzunza.
México ha discutido durante décadas sobre planes de estudio, libros de texto, calendarios y modelos pedagógicos. Sin embargo, la pregunta verdaderamente importante sigue pendiente: ¿Estamos formando jóvenes capaces de memorizar respuestas o ciudadanos capaces de formular buenas preguntas?
La edición más reciente de PISA vuelve a encender las alertas. En México, apenas 30% de los estudiantes de 15 años alcanzó al menos el nivel básico de competencia en matemáticas, frente a 65% en promedio de la OCDE. En lectura y ciencias, alrededor de 50% alcanzó ese nivel mínimo, mientras los promedios de la OCDE fueron 69% y 74%, respectivamente. Además, México retrocedió en matemáticas respecto de 2022 y permaneció aproximadamente estable en lectura y ciencias.
Esto obliga a dejar de discutir solamente cuántas horas permanece un estudiante dentro del aula y comenzar a preguntarnos qué aprende durante ese tiempo y qué es capaz de hacer con ese conocimiento.
Con frecuencia se idealiza a los países nórdicos diciendo que ya no aplican exámenes, no dejan tareas o incluso que solamente tienen cuatro días de escuela. La realidad es más matizada, pero igualmente interesante. Finlandia, por ejemplo, no aplica pruebas nacionales estandarizadas durante la educación básica; la evaluación depende principalmente de los docentes y combina seguimiento continuo, trabajos de clase y también exámenes. Además, sus jornadas escolares y la carga de tareas son relativamente reducidas.
Dinamarca mantiene normalmente una semana escolar de cinco días, pero ha avanzado hacia esquemas más flexibles y prácticos. Desde 2025, determinados estudiantes pueden incluso combinar parte de su semana escolar con formación en empresas, centros vocacionales y espacios de aprendizaje práctico.
La enseñanza para México no debería ser copiar un calendario. Debería ser comprender la filosofía, menos obsesión por memorizar y mayor capacidad para resolver problemas.
En una época en la que cualquier estudiante puede preguntarle a una inteligencia artificial una fecha, una definición o una fórmula, el valor de la educación cambia. Ya no basta con almacenar información. Hay que aprender a contrastarla, discutirla, identificar sesgos, detectar información falsa, construir argumentos y modificar una conclusión cuando la evidencia lo exige.
Eso se llama pensamiento crítico.
México necesita estudiantes que sepan matemáticas para tomar decisiones financieras; ciencias para comprender evidencia; historia para interpretar procesos sociales; tecnología para crear y no solamente consumir; y economía para entender inflación, crédito, impuestos y presupuesto público.
Pero transformar el aula no será suficiente si las universidades continúan diseñando programas separados de las necesidades económicas del país.
Aquí entra la famosa triple hélice: academia, gobierno e iniciativa privada.
Las universidades conocen los procesos de formación. Las empresas saben qué perfiles necesitan hoy y cuáles probablemente demandarán dentro de cinco o diez años. El gobierno puede coordinar, financiar, generar incentivos y convertir esa colaboración en una política pública permanente.
México debería construir mapas regionales de talento. No necesita lo mismo Nuevo León que Sinaloa, Querétaro o Yucatán. Algunas regiones requerirán especialistas en semiconductores, inteligencia artificial y automatización; otras necesitarán agroindustria, biotecnología, logística, energía, salud, turismo o administración del agua.
Los programas educativos deberían anticiparse a esas necesidades.
Esto exige abandonar otro problema mexicano: reinventar la educación cada sexenio. Formar ingenieros, investigadores, médicos, técnicos especializados y científicos requiere décadas. Por ello, México necesita una estrategia educativa de quince o veinte años, con objetivos medibles, evaluación independiente y capacidad de sobrevivir a los cambios políticos.
La gran reforma educativa no consiste en eliminar exámenes, tareas o días de clase por decreto. Consiste en cambiar la pregunta central del sistema: pasar de “¿Cuánto memorizó el alumno?” a “¿Qué sabe hacer con lo que aprendió?”.
Menos repetición y más proyectos. Menos respuestas prefabricadas y más preguntas. Menos distancia entre empresas, universidades y gobierno.
México no necesita únicamente más títulos universitarios. Necesita personas capaces de pensar, crear, cuestionar y resolver.
Porque un país que educa únicamente para seguir instrucciones prepara trabajadores para el pasado.
El que educa para pensar prepara ciudadanos para construir el futuro.