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Ciencia con los pies en la tierra: el puente que México necesita

Dr. José Alfredo Inzunza Valenzuela, Investigador en educación y políticas públicas

Imagina que un agricultor en Guanajuato necesita una bomba de riego más eficiente porque el agua no le alcanza. Imagina que una pequeña fábrica en Puebla quiere reducir el desperdicio de plástico, pero no sabe cómo. Imagina que un hospital en Chiapas busca un método barato para diagnosticar una enfermedad. En todos esos lugares hay problemas reales, urgentes, que podrían resolverse con conocimiento científico y tecnológico. Y sin embargo, en la mayoría de los casos, quienes podrían ayudar —los investigadores mexicanos— están ocupados publicando artículos que casi nadie lee, en revistas que casi nadie consulta, para cumplir con un sistema que premia más el papel que la solución.

Ese es el corazón del problema: México invierte año tras año recursos millonarios en el Sistema Nacional de Investigadores, un programa que otorga apoyos económicos y reconocimientos a miles de científicos. La intención original es noble: darles condiciones para investigar. Pero en los hechos, ese dinero se ha convertido en una especie de cheque en blanco con poca rendición de cuentas. Se evalúa a los investigadores por la cantidad de artículos que publican, por las citas que reciben de otros académicos, por su productividad medida en términos que solo entienden las propias comunidades científicas. Lo que no se mide —o se mide muy poco— es si ese conocimiento sirve para algo más allá del currículum.

El resultado es una ciencia encerrada en una torre de marfil. Los investigadores se leen entre ellos, se citan entre ellos, se premian entre ellos. Sus hallazgos rara vez llegan a una empresa, a un campo de cultivo, a una comunidad marginada o a una política pública. No porque no tengan talento, sino porque el sistema no les pide, no les incentiva y a veces hasta les castiga dedicar tiempo a resolver problemas concretos. Si un científico pasa dos años ayudando a una cooperativa a mejorar su proceso de producción, es probable que no publique artículos en revistas de alto impacto durante ese tiempo. Y si no publica, no sube de nivel. Y si no sube de nivel, pierde dinero y prestigio. Así de simple: el sistema premia la publicación, no la pertinencia.

Hay que ser justos: no toda la ciencia debe tener una aplicación inmediata. La ciencia básica, la que busca entender el universo, la materia o la vida sin pensar en el mercado, es indispensable. Gracias a ella existen las vacunas, los celulares, los aviones. Pero una cosa es defender la ciencia básica como semilla del conocimiento y otra muy distinta es financiar indefinidamente investigaciones que no generan ni nuevo conocimiento relevante ni beneficio social ni avance tecnológico. México no es un país rico. Cada peso destinado a la ciencia es un peso que no se destina a salud, educación o seguridad. Por eso, el gasto debe tener un sentido de urgencia y de utilidad.

La nueva Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación —la SECIHTI— tiene una oportunidad histórica para corregir el rumbo. Debe convertirse en un puente entre las universidades, los centros de investigación y el sector productivo. No se trata de desaparecer la investigación libre, sino de equilibrar la balanza: que una parte importante del presupuesto se destine a proyectos que respondan a problemas nacionales y regionales, y que esos proyectos se evalúen por su impacto real.

¿Cómo hacerlo? Primero, definiendo una agenda de prioridades. México tiene necesidades claras: agua, energía, salud, alimentación, cambio climático, seguridad, digitalización de las pequeñas empresas. La SECIHTI podría convocar a universidades, empresas, gobiernos estatales y organizaciones sociales para identificar los problemas más urgentes de cada región. Con base en eso, lanzar convocatorias donde se financien proyectos colaborativos: un investigador que trabaje codo a codo con una empresa, una comunidad o un hospital para resolver algo concreto.

Segundo, cambiando la forma de evaluar. Hoy un investigador es “bueno” si publica mucho. Mañana debería ser “bueno” también si logra transferir una tecnología, si patenta un invento, si mejora un proceso productivo, si capacita a trabajadores, si su conocimiento reduce costos o aumenta la productividad de una empresa, si su propuesta se convierte en política pública. No se trata de eliminar los artículos, sino de sumar otras evidencias de impacto. Un investigador que publica un artículo y además ayuda a una fábrica a ahorrar agua vale doble. Uno que solo publica para sus colegas, vale menos.

Tercero, creando consorcios de innovación. La SECIHTI debería funcionar como una especie de casamentera: por un lado, detectar las necesidades tecnológicas de las empresas, sobre todo de las pequeñas y medianas, que son las que generan la mayoría de los empleos en México; por otro, conectar esas necesidades con los laboratorios y los cerebros de las universidades. Muchas veces los empresarios no saben qué puede hacer un investigador, y los investigadores no saben qué necesita una empresa. Ese puente es exactamente lo que falta.

Cuarto, profesionalizando las oficinas de transferencia tecnológica en las universidades. Hoy muchas de esas oficinas son solo trámites burocráticos. Deberían ser equipos que ayuden a los investigadores a patentar, a negociar contratos, a crear empresas de base tecnológica, a buscar financiamiento privado. Un hallazgo de laboratorio no se convierte en producto por arte de magia: requiere acompañamiento, capital, asesoría legal y contactos. Sin ese ecosistema, los mejores inventos se quedan en el cajón.

Quinto, comunicando la ciencia al público. No se puede pedir a la sociedad que apoye la investigación si no entiende para qué sirve. Los científicos deben aprender a explicar con palabras sencillas lo que hacen y por qué importa. La SECIHTI debería impulsar programas de divulgación, ferias de innovación, encuentros entre investigadores y comunidades, y exigir que todo proyecto financiado con recursos públicos incluya un plan de comunicación de resultados accesible para la gente común.

El reto no es menor. Implica vencer resistencias: hay investigadores que defenderán su derecho a investigar sin que nadie les pregunte para qué. Hay funcionarios que prefieren no complicarse con evaluaciones más complejas. Hay empresarios que no confían en la academia. Pero la alternativa es peor: seguir financiando una ciencia que no transforma al país, que no reduce la dependencia tecnológica, que no crea empleos, que no resuelve los problemas cotidianos.

México no puede darse el lujo de tener una comunidad científica aislada. La ciencia debe bajar de la torre de marfil y caminar por las fábricas, los campos, los hospitales y las calles. La SECIHTI debe ser el puente. No uno de adorno, sino un puente por el que transiten personas, ideas, dinero y soluciones. Solo así, la inversión en investigadores dejará de ser un gasto a ciegas y se convertirá en una inversión con rostro, con resultados y con futuro.

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Por elpiripituchi

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