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“El ajedrez de los peones útiles”: La militancia nunca ha estado frente al tablero, sino arriba de él

Columna: “Dardos Políticos”
Por: Rosario Antonio Ramírez

Cada tres o seis años se instala el mismo tablero, se desempolvan las mismas piezas y comienza la misma función. Cambian los colores de algunas camisetas, cambian los discursos, cambian los eslóganes… pero los jugadores suelen ser los mismos.

Los militantes son las piezas. Las blancas y las negras. Se odian con una pasión que sólo puede producir la fe ciega. Se insultan, se bloquean, se amenazan y rompen amistades por defender a políticos que difícilmente los reconocerían si se cruzaran con ellos en la calle.

Ellos ponen el tiempo. Ellos ponen el dinero. Ellos ponen el rostro. Ellos ponen los votos.

Otros ponen las reglas.

Desde las cúpulas, los grandes operadores mueven el tablero con la frialdad de quien jamás arriesga el pellejo. Frente a las cámaras representan la guerra; detrás de las puertas representan el negocio. El enemigo irreconciliable de la mañana puede convertirse en el aliado indispensable de la noche si las matemáticas del poder así lo exigen.

En política no existen los enemigos permanentes. Existen los intereses permanentes.

Por eso, cuando termina la partida, los jugadores brindan. Las piezas regresan a la caja.

En 2026 el tablero ya está en movimiento rumbo a 2027. Los reyes ya conocen su destino, las reinas buscan ampliar su territorio, las torres blindan posiciones, los alfiles operan en silencio y los caballos saltan de un partido a otro con una elasticidad ideológica que haría reír al propio Maquiavelo.

Los peones, mientras tanto, marchan disciplinados creyendo que esta vez sí serán recompensados.

La mayoría terminará sacrificada antes de cruzar medio tablero.

Porque el ajedrez premia la inteligencia. La política, demasiadas veces, recompensa la capacidad de fabricar percepciones. Quien controla la narrativa no necesita demostrar que tiene razón; le basta con convencer a suficientes personas de que todos los demás están equivocados.

La verdad deja de importar.

Lo importante es el relato.

Se promete transparencia mientras se administra la opacidad. Se invoca la democracia mientras se concentra el poder. Se habla de participación ciudadana mientras las decisiones fundamentales ya fueron tomadas en otro salón, por otras personas y con otros intereses.

El ciudadano sólo es invitado a aplaudir el resultado.

Existe una frase demoledora: el único queso gratis está en la trampa para ratones.

La política ha perfeccionado ese principio.

No hace falta encadenar a nadie cuando millones aceptan entrar voluntariamente a la jaula. Basta una beca, un contrato, una candidatura, un cargo menor, una promesa o la ilusión de pertenecer al círculo del poder. El resto lo hace la propaganda.

Así nacen los ejércitos de fanáticos: hombres y mujeres que defienden con furia a quienes jamás los defenderán con la misma intensidad.

Se convierten en soldados de causas ajenas.

Celebran victorias que nunca disfrutarán.

Justifican privilegios que jamás compartirán.

Y atacan a otros ciudadanos que, en el fondo, ocupan exactamente el mismo lugar que ellos en el tablero.

Ésa es la obra maestra del poder: convencer a los peones de que el peón del otro lado es su verdadero enemigo, mientras los reyes permanecen perfectamente protegidos.

Cuando llegue 2027 volverán los discursos heroicos, las promesas de salvación nacional, las campañas de miedo y las invitaciones a defender la democracia… o a rescatarla… o a refundarla. Cambiará el libreto, no la escenografía.

Las piezas volverán a pelear.

Los jugadores volverán a negociar.

Y el ciudadano volverá a descubrir, demasiado tarde, que nunca estuvo sentado frente al tablero.

Siempre estuvo sobre él, como peón.

Porque la política deja de ser servicio cuando el poder se convierte en un fin en sí mismo. Y cuando eso ocurre, las elecciones pueden seguir celebrándose, las campañas pueden seguir llenando plazas y las urnas pueden seguir recibiendo millones de votos.

Pero la partida ya esta decidida mucho antes del primer movimiento.

¡Es cuanto!

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Por elpiripituchi

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