
Entre Veredas
Marco Antonio Lizárraga
“El exceso de severidad produce odio, como el exceso de indulgencia debilita la autoridad”, Muslih-Ud-Din Saadi (1184-1291) Poeta persa.
¿AVE FÉNIX?
En política existen personajes que dependen del cargo para conservar presencia. Cuando termina la responsabilidad pública, también desaparecen los reflectores, las estructuras y buena parte de quienes los acompañaban.
Gerardo Vargas Landeros pertenece a otra categoría.
Su nombre ha atravesado distintas etapas de la política sinaloense. Ha sido diputado federal, secretario general de Gobierno, candidato interno a la gubernatura, presidente municipal de Ahome y, después, protagonista de uno de los episodios políticos y jurídicos más controvertidos de los últimos años en Sinaloa.
Ha conocido el poder desde dentro, pero también el aislamiento, la persecución política que denuncia, los procesos legales y la separación de un cargo para el cual había sido reelecto.
Aun así, no desapareció.
Esa permanencia constituye el punto de partida para entender su perfil. Gerardo Vargas no intenta presentarse como una figura nueva. Tampoco puede hacerlo. Su apuesta consiste en convencer de que la experiencia acumulada, la resistencia frente a la adversidad y los resultados que atribuye a su administración representan las condiciones necesarias para gobernar un estado que atraviesa una profunda crisis de seguridad y confianza.
Su narrativa no es la del político que llega por primera vez.
Es la del lobo de mar que ha enfrentado tormentas, ha sobrevivido a ellas y todavía considera que puede conducir la embarcación.
Un liderazgo que no nació con Morena
Gerardo Vargas no comenzó su trayectoria política dentro de Morena. Su formación proviene de una etapa anterior de la vida pública sinaloense.
Militó durante años en el PRI, fue diputado federal entre 2006 y 2009 y posteriormente ocupó la Secretaría General de Gobierno durante la administración de Mario López Valdez, entre 2011 y 2016. Desde esa posición conoció la operación política, la relación con los municipios, la seguridad pública, la atención de conflictos y la negociación con los distintos grupos de poder.
Esa trayectoria lo diferencia de otros aspirantes que construyeron prácticamente toda su carrera bajo el crecimiento de Morena.
Gerardo Vargas llegó al movimiento con capital político propio, relaciones formadas durante décadas y una estructura que no dependía completamente del partido. En 2020 participó en el proceso interno para seleccionar la candidatura de Morena a la gubernatura y cuestionó públicamente el resultado que favoreció a Rubén Rocha Moya. Posteriormente aceptó competir por la Presidencia Municipal de Ahome, elección que ganó en 2021 y en la que consiguió la reelección en 2024.
Ese antecedente resulta relevante porque explica una parte fundamental de su identidad.
Gerardo Vargas no fue producto del rochismo.
No llegó a la política estatal de la mano de Rubén Rocha ni construyó su carrera bajo su protección. Cuando ambos coincidieron en Morena, ya contaban con proyectos, estructuras y aspiraciones propias.
Durante algún tiempo pudieron transitar dentro del mismo movimiento, pero nunca representaron exactamente al mismo grupo.
Esa independencia puede convertirse hoy en uno de los principales activos de Gerardo Vargas.
En un proceso sucesorio donde varios aspirantes están asociados con la administración estatal, él puede intentar presentarse como una figura de Morena que no forma parte del grupo gobernante y que, por lo tanto, no tendría que cargar completamente con sus decisiones.
No es oposición al movimiento.
Busca ser la alternativa interna al rochismo.
La ruptura que ya no puede ocultarse
La relación política entre Gerardo Vargas y el grupo encabezado por Rubén Rocha terminó fracturándose públicamente.
Su separación de la Presidencia Municipal de Ahome, el juicio de procedencia promovido por el Congreso del Estado y los procesos derivados de la contratación de patrullas marcaron una ruptura que difícilmente puede explicarse únicamente como una diferencia administrativa.
El Congreso de Sinaloa retiró el fuero y lo separó del cargo en 2025 para que enfrentara investigaciones relacionadas con la renta de 126 patrullas, operación señalada por presuntas irregularidades. En marzo de 2026, la Suprema Corte desechó la controversia constitucional promovida contra la decisión legislativa, con lo que quedó firme su separación de la alcaldía.
Desde la perspectiva jurídica, ese episodio continúa formando parte de su carga política.
Sus adversarios lo utilizarán para cuestionar su administración, su elegibilidad moral y su discurso sobre resultados. No puede tratarse como un asunto menor ni desaparecer mediante una campaña de comunicación.
Pero desde la perspectiva política, el episodio también abrió una narrativa distinta.
Gerardo Vargas ha buscado presentarse como un actor perseguido por un grupo que pretendió eliminarlo de la competencia sucesoria. Su defensa no se limita a sostener que no cometió delitos. Intenta demostrar que el proceso fue utilizado para sacarlo del gobierno municipal y debilitar un liderazgo que no se encontraba subordinado al poder estatal.
Esa interpretación puede conectar con quienes consideran que en Sinaloa se ha utilizado la fuerza institucional para resolver disputas políticas.
Sin embargo, la victimización tiene límites.
Gerardo Vargas no puede construir toda su candidatura alrededor del agravio. Puede explicar lo ocurrido, defenderse y señalar las contradicciones del procedimiento, pero tarde o temprano tendrá que regresar a la propuesta.
Una persecución, real o percibida, puede generar solidaridad.
No necesariamente genera confianza para gobernar.
Su desafío consiste en transformar la adversidad en una prueba de carácter, sin convertirla en la única razón para solicitar el respaldo ciudadano.
El lobo de mar
La imagen del lobo de mar puede sintetizar una parte importante de su narrativa.
Gerardo Vargas es un político experimentado, acostumbrado a navegar en escenarios complejos, negociar con grupos diferentes y sobrevivir a cambios de gobierno, rupturas partidistas y disputas internas.
No es un improvisado.
Conoce el funcionamiento de las instituciones, la operación territorial, la seguridad pública y la relación entre los poderes. También conoce las formas mediante las cuales la política puede cerrar espacios, retirar respaldos y convertir antiguos aliados en adversarios.
Esa experiencia puede ser valiosa en un estado que no atraviesa condiciones normales.
Sinaloa enfrenta una crisis que rebasa la administración cotidiana. La violencia ha afectado la economía, la movilidad, la vida comunitaria y la confianza en las autoridades. Morena llega al proceso de 2027 con disputas internas y con el desgaste producido por la inseguridad y los conflictos políticos del estado.
En ese contexto, la ciudadanía puede valorar menos la novedad y más la capacidad para conducir situaciones difíciles.
Ahí es donde Gerardo Vargas busca instalar su principal argumento.
No pretende ser el candidato más joven.
Pretende ser el que sabe cómo hacer las cosas.
La experiencia, sin embargo, no puede reducirse a enumerar cargos. Debe traducirse en capacidad para entender el problema, reunir a las personas adecuadas, tomar decisiones y asumir las consecuencias.
El lobo de mar no se acredita contando las tormentas que enfrentó.
Se acredita demostrando que sabe llevar el barco a puerto.
El “bien necesario”
En toda elección existe una diferencia entre el candidato ideal y el candidato que las circunstancias vuelven necesario.
Gerardo Vargas parece construir su proyecto sobre esa segunda idea.
No busca presentarse como una figura sin contradicciones. Su trayectoria es demasiado larga para pretenderlo. Ha pertenecido a distintos proyectos, ha construido alianzas con personajes diversos y ha participado en decisiones que también pueden ser cuestionadas.
Su argumento podría sintetizarse en una frase: quizá no sea un político desconocido ni ajeno al sistema, pero posee la experiencia necesaria para gobernar en un momento de emergencia.
Es lo que puede definirse como “el bien necesario”.
La frase no pretende convertirlo en una figura perfecta. Busca contrastar la certeza de un político conocido con la incertidumbre de prolongar un modelo que no ha conseguido restablecer la tranquilidad.
La expresión popular podría adquirir una dimensión inevitablemente política:
Más vale bueno por conocido que Rocha por conocer.
No se trata solamente de un juego de palabras. Resume la intención de separar a Gerardo Vargas del grupo gobernante y colocarlo como una opción interna capaz de corregir el rumbo sin romper con el proyecto nacional de Morena.
Esa narrativa tiene posibilidades, pero también riesgos.
Puede resultar efectiva entre quienes desean un cambio dentro de la Cuarta Transformación, aunque podría generar rechazo entre los sectores que todavía mantienen lealtad al gobernador o que interpretan cualquier distanciamiento como una traición.
Gerardo tendrá que medir con precisión hasta dónde llega su independencia y en qué momento se transforma en confrontación.
Para ganar una candidatura de Morena necesita diferenciarse del rochismo.
Para ganar la elección necesita evitar una ruptura que divida al movimiento.
Ahome como carta de presentación
La principal prueba de gobierno de Gerardo Vargas no se encuentra en sus discursos ni en sus responsabilidades anteriores.
Se encuentra en Ahome.
Ganó la Presidencia Municipal en 2021 y posteriormente consiguió la reelección, un resultado que le permitió demostrar capacidad electoral y mantener control político en uno de los municipios más importantes de Sinaloa.
Ahome puede convertirse en su principal carta de presentación porque ahí tuvo la oportunidad de gobernar, administrar recursos, conducir una corporación municipal y relacionarse directamente con los sectores productivos.
Su narrativa deberá apoyarse en las emociones generadas durante ese periodo.
No solamente en las cifras.
Las estadísticas pueden ayudar a demostrar avances, pero la gente recuerda principalmente cómo se sentía al vivir en una ciudad. Recuerda si podía salir, trabajar, invertir, abrir un negocio o regresar a casa con tranquilidad.
Gerardo Vargas ha intentado presentar a Ahome como un espacio de estabilidad dentro de un estado golpeado por la violencia.
El concepto del “oasis de paz” sintetiza esa idea.
La expresión no debe interpretarse como la afirmación de que en Ahome no existían delitos ni problemas de seguridad. Ningún municipio sinaloense puede sostener seriamente una afirmación absoluta de esa naturaleza.
La fuerza del concepto se encuentra en la comparación.
Mientras otras zonas del estado enfrentaban condiciones de violencia más severas, Ahome buscaba proyectar una sensación de mayor tranquilidad, actividad económica y funcionamiento institucional.
Esa percepción puede ser políticamente más poderosa que una tabla estadística.
El ciudadano no vive dentro de un informe.
Vive en una colonia, transita por una calle, lleva a sus hijos a la escuela y decide si abre o cierra temprano su negocio.
Por eso, cuando Gerardo Vargas hable de resultados, necesitará combinar los datos con testimonios, recuerdos y experiencias sociales.
No basta afirmar que mejoraron los indicadores.
Debe lograr que las personas recuerden cómo se vivía.
Resultados antes que promesas
La trayectoria de Gerardo Vargas le impide competir como un aspirante basado exclusivamente en promesas.
Ya gobernó.
Eso significa que puede mostrar resultados, pero también que deberá responder por las decisiones de su administración.
Su proyecto tendría que construirse sobre una idea sencilla: no ofrece aprender a gobernar, sino trasladar a escala estatal aquello que considera que funcionó en Ahome.
Seguridad, inversión, empleo, servicios públicos, coordinación institucional y presencia territorial pueden convertirse en los principales componentes de esa narrativa.
Pero los resultados necesitan documentación.
Si su comunicación se apoya únicamente en frases como “Ahome era más seguro” o “se generaron más empleos”, sus adversarios podrán responder con cifras distintas, casos específicos o cuestionamientos sobre la administración.
Gerardo necesita construir un expediente verificable de gobierno.
Deberá explicar cuáles eran las condiciones que encontró, qué decisiones tomó, qué resultados obtuvo y qué parte de ese modelo podría reproducirse en todo el estado.
También tendrá que reconocer aquello que no funcionó.
Un gobernante que solamente presume aciertos termina pareciendo propagandista.
Uno que reconoce errores y explica cómo los corregiría puede proyectar experiencia auténtica.
De los datos a las emociones
Las campañas suelen cometer el error de creer que un buen resultado estadístico se comunica por sí solo.
No ocurre así.
La gente no necesariamente recuerda el porcentaje de disminución de un delito, el monto preciso de una inversión o la cantidad exacta de empleos registrados.
Recuerda sensaciones.
Recuerda cuando una ciudad comenzó a recuperar movimiento, cuando llegaron nuevos negocios, cuando las familias volvieron a ocupar los espacios públicos o cuando existía una autoridad visible frente a los problemas.
Gerardo Vargas necesita contar Ahome desde la experiencia humana.
El oasis de paz no debe ser solamente una frase de campaña. Tiene que construirse mediante historias concretas: comerciantes que mantuvieron sus puertas abiertas, empresas que decidieron invertir, familias que recuperaron espacios públicos y ciudadanos que percibieron cercanía de la autoridad.
Los números respaldan una narrativa.
Las emociones hacen que la ciudadanía la sienta propia.
Ese equilibrio será esencial porque Gerardo Vargas posee una imagen asociada con la operación y el control político. Para ampliar su base necesita mostrar una dimensión más cercana, no únicamente la del hombre que sabe ejercer el poder, sino también la del gobernante que entiende cómo ese poder modifica la vida cotidiana.
El constructor de paz
El eje central de su proyecto puede resumirse en una frase:
El único que puede construir la paz de Sinaloa de la mano de la gente.
Es una afirmación fuerte y, precisamente por ello, tendrá que sostenerse con mucho más que voluntad.
Ninguna persona puede garantizar por sí sola la paz de un estado con la complejidad de Sinaloa. La seguridad depende de la coordinación federal, la fortaleza de las policías, el funcionamiento de las fiscalías, la inteligencia, la justicia, la prevención y la participación social.
Por eso, el concepto no debe presentarlo como un salvador.
Debe colocarlo como un constructor.
La diferencia es importante.
El salvador promete resolverlo todo desde el poder.
El constructor reconoce que la paz necesita instituciones, acuerdos y participación ciudadana.
Gerardo Vargas cuenta con una experiencia que puede darle credibilidad en esta materia. Como secretario general de Gobierno conoció la coordinación política y de seguridad a nivel estatal. Como alcalde tuvo responsabilidad directa sobre una corporación municipal y sobre la relación cotidiana con la ciudadanía.
Pero esa experiencia también incrementa la exigencia.
No puede limitarse a decir que sabe cómo recuperar la paz.
Debe presentar una estrategia.
¿Cómo fortalecería a las policías municipales? ¿Qué haría para evitar su infiltración? ¿Cómo coordinaría al estado con la Federación? ¿Qué papel tendrían los empresarios, las universidades, las familias y las organizaciones sociales? ¿Cómo atendería a los desplazados y a las víctimas? ¿Qué política aplicaría para recuperar la confianza en las instituciones?
La frase puede ser poderosa.
El plan tendrá que ser todavía más poderoso.
Paz de la mano de la gente
Uno de los errores más frecuentes de los gobiernos consiste en considerar que la seguridad pertenece exclusivamente a las corporaciones policiales.
La paz es mucho más amplia.
Implica recuperar calles, escuelas, empleos, comunidades y espacios públicos. Requiere disminuir la impunidad, pero también crear oportunidades para que los jóvenes no encuentren en la delincuencia una forma de pertenencia o movilidad social.
Cuando Gerardo Vargas habla de construir la paz de la mano de la gente, puede encontrar una narrativa que conecte con esa visión.
No se trataría solamente de incrementar patrullas, desplegar operativos o anunciar detenciones.
Se trataría de recuperar la relación entre autoridad y comunidad.
Un proyecto de esa naturaleza tendría que incluir comités ciudadanos, prevención social, recuperación de espacios públicos, atención a víctimas, desarrollo económico regional y coordinación permanente con los sectores productivos.
La paz necesita autoridad.
Pero también necesita confianza.
Ese podría ser uno de los principales elementos diferenciadores de Gerardo Vargas frente a otros aspirantes. Su experiencia le permite hablar de mando; su desafío será demostrar que también puede hablar de comunidad.
La estructura propia
Otro de sus activos es la existencia de una estructura política que no depende totalmente de Morena.
Gerardo Vargas construyó relaciones durante su paso por el PRI, el gobierno de Mario López Valdez, el Congreso federal y la administración municipal de Ahome.
Esas redes abarcan operadores políticos, empresarios, sectores productivos, liderazgos sociales y figuras que han trabajado con él durante distintas etapas.
La estructura propia representa una ventaja en un proceso interno.
Mientras algunos aspirantes dependen del respaldo de una corriente, una dependencia gubernamental o una figura política, Gerardo puede movilizar simpatías formadas alrededor de su persona.
Eso fortalece su independencia.
Pero también genera desconfianza dentro de Morena.
Los partidos suelen desconfiar de los liderazgos que poseen una organización más leal a la persona que a las siglas. Temen que puedan negociar desde posiciones propias o incluso abandonar el proyecto si una decisión no les favorece.
Gerardo Vargas deberá demostrar que su estructura suma al movimiento y no pretende sustituirlo.
También tendrá que cuidar que su grupo no sea percibido como una organización cerrada, integrada únicamente por viejos colaboradores o figuras provenientes de otras etapas políticas.
Una estructura experimentada puede ganar elecciones.
Una estructura envejecida puede limitar el crecimiento.
Necesita abrir espacios a jóvenes, mujeres, liderazgos comunitarios y ciudadanos que no hayan formado parte de sus proyectos anteriores.
La marca del malovismo
Resultaría imposible analizar a Gerardo Vargas sin mencionar su relación con Mario López Valdez.
Durante el gobierno de Malova fue uno de los funcionarios más poderosos del estado. Como secretario general de Gobierno, ocupó una posición central en la operación política, la seguridad y la relación con los municipios.
Esa etapa le dio experiencia y estructura.
También le dejó una marca.
Sus adversarios intentarán presentarlo como representante de un grupo político anterior a Morena, vinculado con una forma tradicional de ejercer el poder.
Gerardo no puede borrar esa historia y tampoco le convendría intentarlo.
Debe explicarla.
Puede sostener que aquella experiencia le permitió conocer el estado, atender crisis y desarrollar capacidades que hoy resultan necesarias. Pero tendrá que marcar una evolución respecto de las prácticas y decisiones cuestionadas de aquella administración.
La ciudadanía puede aceptar que un político haya participado en otros proyectos.
Lo que difícilmente acepta es que pretenda ocultarlo.
La experiencia se convierte en fortaleza cuando se asume con claridad.
Se convierte en carga cuando parece una historia que intenta esconderse.
Morena y el problema de la pertenencia
Gerardo Vargas enfrenta una pregunta que todavía pesa entre algunos sectores de Morena:
¿Es verdaderamente parte del movimiento o solamente utiliza sus siglas para continuar su proyecto personal?
La pregunta no es exclusiva para él. Morena incorporó a numerosos políticos provenientes del PRI, PAN y otras organizaciones. El crecimiento del partido fue acompañado por figuras que no participaron en su fundación.
Sin embargo, en el caso de Gerardo la duda adquiere mayor importancia porque posee una trayectoria anterior extensa, una estructura propia y diferencias públicas con algunos grupos internos.
Para responder no bastará con repetir los principios de la Cuarta Transformación.
Necesita demostrar lealtad al proyecto nacional, coincidencia con la presidenta Claudia Sheinbaum y capacidad para gobernar bajo los compromisos sociales de Morena.
Al mismo tiempo, deberá mantener su identidad.
Una adhesión absoluta al grupo gobernante destruiría su principal narrativa de independencia.
Un distanciamiento excesivo podría dejarlo fuera del movimiento.
Debe construir una posición delicada: morenista sin ser rochista, institucional sin ser subordinado y crítico sin convertirse en adversario interno.
Esa será una de las operaciones políticas más complejas de su aspiración.
El proceso interno
Gerardo Vargas se registró en 2026 como aspirante a la Coordinación Estatal para la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional, paso previo a la definición de la candidatura de Morena al Gobierno de Sinaloa. Su nombre forma parte de una competencia amplia junto con perfiles legislativos, exfuncionarios y figuras provenientes de la administración estatal.
Él mismo ha sostenido que la definición podría concentrarse entre Imelda Castro y su propio proyecto, al considerar que aparece como uno de los hombres mejor posicionados en distintas mediciones.
La afirmación busca instalar una competencia de dos rutas.
Por un lado, una mujer con trayectoria legislativa, cercanía con el movimiento y presencia nacional.
Por el otro, un político con experiencia ejecutiva, estructura territorial y una narrativa de independencia frente al grupo gobernante.
Pero los procesos internos de Morena no dependen solamente del conocimiento o de la intención de voto.
También se consideran la aceptación, los negativos, la unidad interna, la cercanía con la dirigencia nacional, la capacidad para evitar rupturas y los posibles costos políticos de cada perfil.
En ese punto, Gerardo Vargas tiene fortalezas y debilidades evidentes.
Su conocimiento estatal, estructura y experiencia lo convierten en un aspirante competitivo.
Sus procesos jurídicos, su confrontación con el rochismo y las resistencias internas pueden convertirse en obstáculos.
Morena también ha establecido filtros sobre los perfiles que competirán en 2027 y ha anunciado revisiones de antecedentes, historial judicial, nepotismo, influyentismo y posibles conductas contrarias a los principios del partido.
Gerardo necesitará superar no solamente la encuesta.
Tendrá que superar la evaluación política de su expediente.
Los procesos jurídicos
El mayor riesgo para su proyecto se encuentra en el terreno jurídico.
La separación de la alcaldía y las investigaciones relacionadas con la contratación de patrullas forman parte de la conversación pública y acompañarán cualquier intento de candidatura.
Gerardo Vargas sostiene su inocencia y sus abogados han promovido diferentes recursos para combatir las decisiones tomadas en su contra. Incluso después del fallo de la Suprema Corte, su defensa continuó buscando vías para revisar la separación del cargo.
Políticamente, necesita una estrategia clara.
No puede tratar cada pregunta jurídica como un ataque ni responder únicamente con la acusación de persecución.
Debe explicar los contratos, los procedimientos, las decisiones administrativas y la responsabilidad de cada funcionario.
La transparencia puede ser más efectiva que la confrontación.
Mientras existan dudas, sus adversarios llenarán los vacíos con su propia narrativa.
Gerardo necesita demostrar que no teme al expediente, que puede responder cada señalamiento y que su aspiración no busca evadir responsabilidades.
La presunción de inocencia es un derecho.
La confianza política, en cambio, debe construirse.
La reelección como dato político
La reelección en Ahome constituye uno de los argumentos más fuertes a su favor.
Un presidente municipal que solicita nuevamente el voto enfrenta la evaluación directa de quienes ya conocieron su gobierno. No compite solamente con promesas; compite con la experiencia cotidiana de la ciudadanía.
Gerardo Vargas logró conservar la Presidencia Municipal en 2024.
Ese resultado puede interpretarse como una aprobación política suficiente para mantener el respaldo electoral.
No significa que toda la población estuviera satisfecha ni que la administración careciera de cuestionamientos.
Significa que consiguió volver a formar una mayoría.
En un proceso estatal, esa capacidad tiene valor.
Demuestra que sabe defender un gobierno frente a las urnas y que cuenta con una base territorial dispuesta a movilizarse.
El reto consiste en trasladar esa confianza más allá de Ahome.
Gerardo es ampliamente conocido en el norte, pero una elección estatal exige conexión con Culiacán, Mazatlán, Guasave, Navolato, la región del Évora y los municipios del sur.
No puede aparecer como el candidato de Los Mochis.
Necesita presentarse como el político del norte que entiende la totalidad de Sinaloa.
El norte como fortaleza y límite
Ahome es su principal fortaleza territorial.
Ahí se encuentra su estructura más sólida, su experiencia reciente de gobierno y una parte importante de su identidad política.
El norte de Sinaloa posee un peso electoral y económico considerable. La agricultura, el comercio, la industria y los servicios de Ahome pueden proporcionar una plataforma relevante para cualquier candidatura estatal.
Pero el norte no gana por sí solo una elección.
Gerardo Vargas tendrá que construir vínculos auténticos con otras regiones.
En Culiacán deberá competir con estructuras políticas vinculadas durante años con el grupo gobernante. En Mazatlán enfrentará perfiles con presencia municipal y una ciudadanía con prioridades distintas. En el centro y sur necesitará comprender las condiciones del campo, la pesca, el turismo y las comunidades afectadas por el desplazamiento.
Cada región vive una versión diferente de la crisis sinaloense.
Un proyecto estatal no puede exportar simplemente el modelo de Ahome.
Tiene que adaptarlo.
Autoridad sin autoritarismo
Gerardo Vargas proyecta una personalidad asociada con el mando, la disciplina y la operación política.
Para algunos sectores, esas características representan capacidad de gobierno.
Para otros, pueden generar la percepción de un estilo autoritario o excesivamente concentrador.
En un momento de crisis, la sociedad puede demandar autoridad. Quiere decisiones, coordinación y resultados.
Pero autoridad no significa ausencia de contrapesos.
Gerardo deberá demostrar que puede ejercer liderazgo sin cancelar el diálogo, escuchar críticas sin convertirlas en enemistad y construir acuerdos sin imponerlos.
La paz no puede alcanzarse mediante un gobierno que inspire temor.
Necesita instituciones firmes y una ciudadanía que confíe en ellas.
Su experiencia en la Secretaría General de Gobierno puede ayudarlo a proyectar capacidad para conducir conflictos.
También obliga a revisar cómo entiende el poder.
El gobernante que sabe mandar puede resolver una emergencia.
El estadista que sabe escuchar puede evitar que la emergencia se repita.
Un político conocido
Gerardo Vargas posee una ventaja que también puede ser un problema: la ciudadanía ya tiene una opinión sobre él.
No es un personaje por descubrir.
Quienes lo respaldan suelen identificarlo como un político experimentado, firme, trabajador y capaz de mantener control sobre su equipo.
Quienes lo rechazan pueden verlo como representante de la vieja política, operador de grupos anteriores o figura vinculada con prácticas que Morena prometió superar.
Eso significa que su campaña no partiría desde cero.
Tendría una base de apoyo, pero también niveles de rechazo más difíciles de modificar.
Su estrategia no puede concentrarse únicamente en reforzar a quienes ya creen en él. Necesita hablar con quienes tienen dudas.
Para hacerlo deberá mostrar una versión más amplia de su liderazgo.
No solamente el operador.
No solamente el hombre fuerte.
También el político que aprendió de la adversidad, comprende el dolor social y puede convocar a sectores distintos.
El riesgo del hombre indispensable
Toda narrativa construida alrededor de la experiencia enfrenta una tentación: presentar al aspirante como la única persona capaz de resolver el problema.
La frase “el único que puede construir la paz” posee fuerza, pero debe manejarse con responsabilidad.
Puede transmitir convicción.
También puede parecer arrogancia.
Sinaloa no necesita un caudillo que prometa salvarlo en solitario. Necesita un liderazgo capaz de integrar a las instituciones y a la sociedad.
Gerardo Vargas debe presentarse como el único que posee determinada combinación de experiencia, estructura y resultados, no como la única persona valiosa dentro del estado.
La diferencia es fundamental.
Un líder seguro reconoce las capacidades de los demás.
Un líder inseguro necesita declararse indispensable.
La mejor versión de su narrativa no sería “solamente yo puedo”.
Sería: “tengo la experiencia para convocar a todos y construir juntos la paz”.
Lo que tendría que corregir
Gerardo Vargas no necesita inventarse una trayectoria.
Ya la tiene.
Lo que necesita es ordenar su historia y explicar para qué quiere utilizarla.
Debe demostrar que su independencia respecto del rochismo no es una disputa personal, sino una diferencia sobre la forma de gobernar.
Necesita convertir Ahome en un caso documentado de resultados, no únicamente en una frase de campaña.
Tiene que presentar una estrategia seria de seguridad y construcción de paz, con objetivos, instituciones responsables y mecanismos de participación ciudadana.
También debe responder de manera transparente a los señalamientos jurídicos y administrativos.
Necesita renovar su estructura, abrir espacios a nuevas generaciones y demostrar que no pretende restaurar grupos del pasado.
Requiere construir una relación creíble con Morena sin renunciar a su identidad propia.
Y, sobre todo, debe abandonar cualquier tentación de hacer de la adversidad una campaña permanente.
Los ciudadanos pueden solidarizarse con quien considera que fue tratado injustamente.
Pero votarán por quien les explique cómo mejorará sus vidas.
Lo que representa
Gerardo Vargas representa la experiencia en un proceso dominado por figuras que hablan de renovación.
Representa un liderazgo construido antes de Morena que busca encontrar un lugar dentro de Morena.
Representa la independencia frente al rochismo, pero también el riesgo de una fractura interna.
Representa resultados municipales, aunque necesita demostrar que pueden reproducirse a escala estatal.
Representa autoridad, pero debe acreditar capacidad para construir acuerdos.
Representa resistencia, aunque todavía tiene que transformar esa resistencia en un proyecto colectivo.
No es el aspirante más sencillo para Morena.
Quizá por eso mismo es uno de los más difíciles de ignorar.
La verdadera pregunta
La pregunta sobre Gerardo Vargas no consiste en determinar si tiene experiencia.
La tiene.
Tampoco consiste en saber si posee estructura.
La conserva.
Ni siquiera se trata de establecer si conoce el ejercicio del poder.
Pocos aspirantes pueden afirmar que lo conocen de la misma manera.
La pregunta es otra:
¿Puede convertir todo ese capital político en confianza ciudadana?
Para conseguirlo deberá demostrar que no busca regresar al poder para resolver cuentas pendientes, sino para enfrentar una crisis que exige capacidad, firmeza y coordinación.
Tendrá que convencer de que el lobo de mar no vuelve a navegar por nostalgia.
Vuelve porque reconoce la tormenta.
Gerardo Vargas puede construir una narrativa poderosa alrededor de la experiencia, la independencia, los resultados y la paz.
Pero ninguna narrativa, por buena que sea, sustituye a la verdad política.
Su expediente será revisado.
Su pasado será discutido.
Sus resultados serán comparados.
Sus adversarios intentarán convertir la experiencia en desgaste y la independencia en deslealtad.
La respuesta no estará en negar lo que ha sido.
Estará en explicar en qué puede convertirse.
Porque Sinaloa no necesita únicamente a alguien que conozca el poder.
Necesita a alguien que sepa utilizarlo para devolverle tranquilidad a la gente.
Ahí estará la prueba definitiva de Gerardo Vargas Landeros.
No demostrar que sobrevivió a la adversidad.
Demostrar que después de sobrevivir está preparado para construir la paz.
