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Entre Veredas
Marco Antonio Lizárraga

“Viajamos para cambiar, no de lugar, sino de ideas”, Hipólito Taine (1828-1893) Escritor francés.

Hay procesos políticos que se definen por una encuesta, una elección o una negociación. Pero existen otros que, sin importar el resultado final, terminan marcando una época. El proceso interno que hoy vive Morena en Sinaloa parece encaminarse hacia uno de esos momentos.

Más allá del nombre que finalmente encabece la Coordinación Estatal para la Defensa de la Transformación, la verdadera discusión parece ser otra: ¿está Morena dispuesto a entregar el liderazgo de una de sus entidades más importantes a una nueva generación de políticos?

La pregunta no es menor. Desde su fundación, Morena se construyó con dirigentes que durante años encabezaron la oposición, enfrentaron campañas, derrotas y la consolidación del movimiento. Esa generación fue la que llevó al partido al poder. Sin embargo, como ocurre en toda organización política, llega un momento en que la continuidad depende de la capacidad para formar nuevos liderazgos.

Sinaloa podría convertirse en el escenario donde esa transición comience a materializarse.

En el actual proceso interno conviven perfiles con amplia trayectoria y otros que representan una generación distinta. Dentro de ese grupo emergen nombres como Estrella Palacios, Rodolfo Valenzuela, Omar López Campos, Kristiam Espinoza y Jesús Ibarra, todos con características diferentes, pero con un elemento en común: ninguno pertenece a la generación histórica que construyó Morena desde sus primeros años.

No significa que sean políticos improvisados. Tampoco que todos hayan recorrido el mismo camino. Lo que comparten es haber desarrollado la mayor parte de su crecimiento político cuando Morena ya era una fuerza competitiva o, incluso, un partido en el gobierno. Esa diferencia modifica por completo la naturaleza de la competencia.

La historia política de Sinaloa ha estado marcada por liderazgos de larga duración. Durante décadas, independientemente del partido gobernante, los nombres que aparecían en las principales decisiones públicas pertenecían prácticamente a las mismas generaciones. Cambiaban las circunstancias, las alianzas e incluso las siglas, pero difícilmente cambiaban los protagonistas.

Hoy esa posibilidad parece estar sobre la mesa.

Una generación que ya no pide espacio; compite por él

Existe una diferencia importante entre el relevo generacional de otros tiempos y el que hoy enfrenta Morena.

En el pasado, los políticos jóvenes esperaban el retiro natural de quienes ocupaban los espacios de decisión. Hoy no ocurre así. La nueva generación no espera. Compite.

No lo hace únicamente desde el discurso de la juventud, sino desde responsabilidades concretas: administran municipios, ocupan diputaciones, coordinan programas sociales, construyen estructura territorial y encabezan agendas legislativas.

Eso convierte la discusión en algo mucho más complejo que una simple renovación de edades.

La pregunta deja de ser quién es el más joven para convertirse en quién está mejor preparado para conducir la siguiente etapa política del movimiento.

Estrella Palacios: el gobierno como carta de presentación

Dentro de este grupo, Estrella Palacios aparece como la figura con mayor nivel de conocimiento ciudadano.

Su paso por la Secretaría de Turismo y posteriormente por la Presidencia Municipal de Mazatlán le permitió construir una imagen pública superior a la del resto de los perfiles jóvenes. A ello se suma haber encabezado una de las ciudades con mayor peso económico, turístico y electoral de Sinaloa.

Su principal fortaleza radica precisamente en la experiencia de gobierno. Mientras otros ofrecen estructura territorial o trabajo partidista, Palacios puede mostrar decisiones administrativas, manejo presupuestal y conducción de un municipio estratégico.

Pero también enfrenta uno de los principales desafíos de quienes gobiernan: el desgaste. En política, administrar implica tomar decisiones que generan respaldo, pero también inconformidades. La exposición permanente hace que cada acierto y cada error formen parte de la evaluación pública.

Existe además un elemento adicional que podría adquirir relevancia si Morena decide privilegiar criterios de representación.

Entre los perfiles jóvenes con posibilidades reales, Estrella Palacios es la única mujer.

No es un dato menor para un partido que ha colocado la igualdad sustantiva y la paridad como parte central de su narrativa política.

Omar López Campos: la fortaleza del territorio

Si Estrella Palacios representa el ejercicio de gobierno, Omar López Campos simboliza la construcción territorial.

Su paso por la Secretaría de Bienestar le permitió recorrer prácticamente todo el estado y establecer contacto con comunidades, beneficiarios de programas sociales y estructuras locales.

En política, recorrer el territorio durante años genera un activo que pocas veces se refleja completamente en las redes sociales o en la cobertura mediática: el reconocimiento directo.

Quienes han seguido el proceso interno coinciden en que López Campos ha privilegiado la cercanía con las bases antes que la confrontación pública.

Su desafío consiste en convertir esa capacidad operativa en liderazgo político propio. Una cosa es ser reconocido como un operador eficiente y otra muy distinta consolidarse como el rostro principal de un proyecto estatal.

Rodolfo Valenzuela: la militancia como principal activo

En el caso de Rodolfo Valenzuela, su narrativa ha girado alrededor de un concepto constante: la vida interna de Morena.

A diferencia de otros perfiles que enfatizan la administración pública o la operación gubernamental, Valenzuela ha insistido en el fortalecimiento de la militancia, el respeto a los procesos internos y la necesidad de preservar la identidad del movimiento.

Su experiencia legislativa le ha permitido construir relaciones con distintos actores políticos, mientras que sus recorridos recientes buscan ampliar su presencia fuera de los espacios partidistas.

Quizá su mayor reto sea precisamente ese.

Transformar el reconocimiento interno en conocimiento ciudadano.

Porque las encuestas no solamente miden simpatías dentro del partido; también evalúan qué tanto conecta un perfil con la sociedad en general.

Kristiam Espinoza: la apuesta más evidente por la renovación

Si el criterio fuera únicamente la representación generacional, probablemente Kristiam Espinoza sería el ejemplo más claro.

Su discurso ha estado enfocado en abrir espacio a nuevos cuadros y fortalecer la participación de una generación que prácticamente creció junto con Morena.

Su principal fortaleza es precisamente esa falta de desgaste político.

No carga con administraciones anteriores ni con responsabilidades ejecutivas de alto nivel.

Pero esa misma condición representa también su principal desafío.

En política, la juventud genera expectativa, aunque la experiencia sigue siendo un atributo altamente valorado cuando se trata de gobernar.

Jesús Ibarra: experiencia técnica en una generación distinta

Jesús Ibarra ocupa una posición particular dentro de este grupo.

Su perfil combina experiencia legislativa, administrativa y técnica.

No representa un liderazgo construido desde la administración municipal ni desde la operación territorial, sino desde el conocimiento institucional y la elaboración de políticas públicas.

En un contexto donde frecuentemente predominan los discursos, Ibarra ofrece una narrativa basada en capacidad administrativa.

Su reto consiste en ampliar el nivel de identificación ciudadana frente a perfiles que han tenido una exposición pública más constante durante los últimos años.

La otra lectura: una mujer frente a cuatro hombres

Existe un aspecto que podría adquirir relevancia conforme avance el proceso.

Dentro del bloque generacional aparecen cuatro hombres y una sola mujer.

La circunstancia abre inevitablemente una discusión política.

Morena impulsó la primera Presidencia de la República encabezada por una mujer. Su dirigencia nacional también está encabezada por una mujer y, durante los últimos años, el partido ha promovido la paridad como una política permanente más que como una obligación legal.

Si el movimiento decide privilegiar el relevo generacional, también tendrá que responder si ese relevo será, además, una continuidad de la política de igualdad que ha impulsado en los últimos procesos electorales.

No significa que el criterio de género deba imponerse sobre cualquier otra consideración, pero resulta difícil pensar que la variable no forme parte del análisis político nacional.

Lo que realmente decidirá Morena

Quizá el mayor error sería reducir este proceso a una competencia de popularidad entre cinco aspirantes.

En realidad, Morena enfrenta una decisión más profunda.

Debe definir si la siguiente etapa del movimiento estará encabezada por cuadros cuya principal fortaleza sea la experiencia acumulada o por perfiles que representen una renovación generacional.

Ambas alternativas ofrecen ventajas.

La experiencia aporta estabilidad, conocimiento institucional y capacidad para enfrentar crisis.

La renovación ofrece nuevas formas de comunicar, mayor identificación con sectores jóvenes y la posibilidad de evitar el desgaste natural que acompaña a los liderazgos prolongados.

No existe una respuesta correcta.

Existe, eso sí, una decisión política cuyos efectos podrían extenderse mucho más allá de Sinaloa.

Más que un nombre, un mensaje

La encuesta eventualmente arrojará un resultado.

Habrá un coordinador o una coordinadora.

Pero el verdadero mensaje quizá no sea quién gane, sino qué representa esa persona para el futuro del movimiento.

Si Morena opta por alguno de estos perfiles, enviará la señal de que considera concluida una etapa y dispuesto a abrir otra.

Si, por el contrario, privilegia nuevamente a liderazgos con mayor trayectoria histórica, el mensaje será que la transición aún puede esperar.

En ambos casos no se tratará únicamente de una decisión electoral.

Será una definición sobre la velocidad con la que el partido más importante del país está dispuesto a renovar a quienes conducirán su siguiente generación política.

Y quizá esa sea la conversación que, más allá de las campañas y las encuestas, terminará instalándose en los cafés, en las oficinas, en las sobremesas familiares y en los círculos políticos de Sinaloa.

Porque los partidos no sólo ganan elecciones.

También construyen generaciones.

Y pocas veces ambas decisiones coinciden en un mismo momento histórico.

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marcoantoniolizarraga@entreveredas.com.mx

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Por elpiripituchi

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