
Comienza la desbandada y la voracidad política: Hoy demuestran que su verdadero compromiso fue con su insaciable apetito por el poder
Columna: “Dardos Políticos”
Por: Rosario Antonio Ramírez
Como si se tratara de una epidemia, comenzó la temporada de las renuncias. Alcaldes, diputados, senadores y funcionarios abandonan sin el menor remordimiento los cargos para los que pidieron el voto de los ciudadanos. Aquellos que hace apenas unos meses juraban servir al pueblo, hoy demuestran que su verdadero compromiso nunca fue con la gente, sino con su insaciable apetito por el poder.
Piden el voto con discursos cargados de promesas, hablan de responsabilidad, de amor por su tierra y de compromiso con la ciudadanía. Pero apenas encuentran una oportunidad de brincar a otro cargo, tiran por la borda el mandato que recibieron y dejan claro que la palabra empeñada vale menos que una nueva candidatura.
¿Con qué cara volverán a recorrer las colonias, estrechar manos y pedir confianza quienes ni siquiera fueron capaces de terminar el trabajo para el que fueron elegidos? Si abandonan el cargo a la primera oportunidad, ¿Qué clase de compromiso pueden ofrecerle nuevamente a la sociedad?
La política mexicana parece haberse convertido en un descarado concurso de ambiciones personales. Ya no importa gobernar, resolver problemas o cumplir con la gente; lo único que interesa es permanecer pegados al presupuesto y seguir escalando posiciones dentro del mismo círculo de privilegios.
Desde el primer día en que rinden protesta, muchos ya están haciendo campaña para el siguiente puesto. Gobernar queda en segundo plano. La ciudadanía se convierte en un simple escalón electoral que solo sirve cuando necesitan votos. Después vienen las excusas, las licencias, las renuncias y el eterno discurso de que “desde otra trinchera servirán mejor”. El cuento de siempre.
Y lo más indignante es que esta práctica termina siendo premiada. En lugar de pagar el costo político por incumplir, reciben otra candidatura, otro cargo y otra oportunidad para volver a pedir el voto, como si abandonar un mandato fuera un mérito y no una falta de respeto hacia quienes confiaron en ellos.
La culpa, sin embargo, no es exclusivamente de los políticos. También es de una sociedad que olvida demasiado rápido y vuelve a premiar a los mismos de siempre. Mientras el elector siga votando por quienes traicionan su compromiso, la desvergüenza política seguirá creciendo.
Ha llegado el momento de castigar en las urnas a los chapulines de la política. Quien renuncia por conveniencia personal antes de cumplir el mandato para el que fue electo no merece un ascenso; merece el rechazo de una ciudadanía cansada de ser utilizada únicamente en tiempos electorales.
Porque quien hoy abandona sus responsabilidades para perseguir otra posición demuestra que nunca entendió que un cargo público no es un botín, no es un trampolín y mucho menos un negocio personal. Es un compromiso con millones de ciudadanos que merecen gobernantes con palabra, no oportunistas profesionales disfrazados de servidores públicos.
¡Es cuanto!
