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Vida Pública

La batalla del 27: Morena contra el espejo.

Por: José de Victoria

Por estos días, el partido Morena vive una paradoja que sería la envidia de cualquier fuerza política en el mundo: le sobran simpatías, le sobran gobiernos y, sobre todo, le sobran aspirantes. Sin embargo, como suele ocurrir en política, las mayores amenazas no siempre provienen de los adversarios. A veces nacen en el propio éxito.

Mientras más de cincuenta figuras disputan las diecisiete gubernaturas que estarán en juego en 2027, el movimiento fundado por el hoy expresidente Andrés Manuel López Obrador enfrenta una prueba mucho más profunda que una simple contienda electoral. Lo que está en juego no es únicamente quién será candidato en Sinaloa, Chihuahua, Guerrero o Nuevo León. Lo que realmente se examina es la capacidad del obradorismo para sobrevivir políticamente a su fundador.

Durante más de dos décadas, López Obrador fue el eje alrededor del cual giró todo el movimiento: fundador, líder moral, árbitro de conflictos, constructor de consensos y, en los hechos, gran elector. Su autoridad personal permitía resolver disputas internas que, en cualquier otro partido, habrían terminado en fracturas irreparables. La palabra del líder cerraba debates, apaciguaba agravios y alineaba ambiciones.

Hoy la circunstancia es distinta.

La presidenta Claudia Sheinbaum y la dirigencia nacional encabezada por Ariadna Montiel y Citlalli Hernández intentan construir algo más duradero que un liderazgo personal: reglas. De ahí los filtros de integridad, las restricciones al nepotismo, la obligación de solicitar licencia, las encuestas espejo y los compromisos de unidad. Son mecanismos imperfectos, sin duda, pero representan un esfuerzo por trasladar la autoridad del individuo a la institución.

La figura de los llamados “Coordinadores de la Defensa de la Transformación y la Soberanía” forma parte de esa estrategia. Aunque la oposición denuncia una anticipación indebida de los tiempos electorales, la realidad es que Morena busca ordenar una competencia interna que amenaza con desbordarse por la magnitud de los intereses en juego. El problema ya no es la falta de cuadros; es la abundancia de ellos.

Más aún, la correlación de fuerzas actual le otorga al partido gobernante una ventaja que ningún movimiento de izquierda había alcanzado en la historia reciente de México. La Cuarta Transformación ya consumó la mayor parte de las reformas constitucionales y legales que consideraba indispensables para dar viabilidad política, jurídica y presupuestal a su proyecto de gobierno. Con mayoría suficiente en la Cámara de Diputados, Morena y sus aliados tienen garantizada la aprobación del Presupuesto de Egresos de la Federación, facultad que constitucionalmente requiere mayoría simple. Dicho de otro modo: las bases normativas de la transformación ya fueron edificadas y los instrumentos financieros para sostenerla permanecen bajo control del bloque gobernante.
Por ello, la dependencia respecto de sus aliados ya no es la misma que durante los años de construcción del movimiento. El Partido Verde y el Partido del Trabajo continúan siendo socios relevantes, pero han dejado de ser piezas indispensables para la supervivencia política del proyecto. Morena posee hoy una fuerza territorial, electoral y legislativa propia que le permite mirar más hacia sus tensiones internas que hacia las amenazas externas. Paradójicamente, mientras menos depende de sus alianzas, más depende de su capacidad para administrar las ambiciones de los suyos.

Y ahí reside el verdadero riesgo.

La historia política enseña que los partidos dominantes rara vez son derrotados por sus adversarios externos. Sus caídas suelen comenzar con divisiones internas, resentimientos acumulados y liderazgos enfrentados. El viejo PRI desarrolló mecanismos para procesar la sucesión presidencial; el peronismo argentino aprendió a sobrevivir a la ausencia de Perón. Otros movimientos, en cambio, se consumieron en guerras intestinas una vez desaparecida la figura que los cohesionaba.

Por eso, la elección de 2027 tendrá una dimensión histórica. Será la primera gran prueba de Morena sin la intervención directa de su fundador. Será el momento de saber si la lealtad al proyecto puede imponerse sobre las ambiciones personales; si las reglas pueden sustituir al carisma; si la institucionalidad puede reemplazar a la voluntad de un solo hombre.

En Sinaloa, donde ya se perfilan nombres y corrientes; en Guerrero, Chihuahua, Nuevo León y el resto de las entidades en disputa, se librarán batallas políticas intensas. Pero la confrontación decisiva ocurrirá en otro terreno: el de la madurez institucional.

Porque al final, como habría dicho Weber, el desafío de Morena no es conquistar más poder. Eso ya lo hizo. Es organizar su abundancia de poder sin depender eternamente de quien lo condujo hasta la cima.

Menos oposición y más institucionalización, porque el centro de gravedad del debate dejó de estar fuera, y comenzó a desplazarse hacia adentro; menos alianzas indispensables y más disciplina interna; menos disputas por el poder y más atención en la administración del poder ya conquistado. Porque cuando la mesa está servida, la disputa es por sentarse en la cabecera.

La verdadera interrogante rumbo al 2027 ya no es si Morena puede ganar. Todo indica que seguirá siendo la principal fuerza política del país. La pregunta relevante es otra: si será capaz de gobernar su propio éxito. Porque una vez consolidadas las reformas estructurales de la Cuarta Transformación y asegurada la capacidad de financiar su proyecto desde el presupuesto federal, el adversario más peligroso ya no es la oposición. Se encuentra dentro del propio movimiento. Y la historia demuestra que los partidos hegemónicos rara vez son derrotados por sus enemigos; suelen ser vencidos por sus propias disputas sucesorias.
jfa_ot@hotmail.com

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Por elpiripituchi

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