
La sombra prometida contra el asfalto de la realidad
Vianey Contreras
La promesa de ciudades verdes, de pulmones urbanos que mitiguen el calor y embellezcan el día a día, se diluye frente a una realidad obstinada. En Salvador Alvarado, la arborización es un esfuerzo fragmentado: jornadas comunitarias que siembran ilusiones, pero sin el riego ni el mantenimiento que asegure su supervivencia. El pavimento avanza, engullendo áreas verdes, mientras los reglamentos duermen en el cajón de las buenas intenciones. No basta con sembrar; se necesita una política de vida para cada árbol.
Angostura, con su vasta extensión rural y un clima costero propicio, desaprovecha un potencial ecológico inmenso. Aquí, la tala de árboles adultos en sindicaturas como Alhuey o Palmitas ocurre sin inventario ni reposición, dejando cicatrices en el paisaje y en la memoria colectiva. La planificación urbana brilla por su ausencia, condenando a sus comunidades a la escasez de sombra y a un urbanismo deshumanizado. Es la tubería seca mientras la presa rebosa de posibilidades.
La región del Évora no puede permitirse esta dicotomía. La modernidad no se mide en kilómetros de concreto, sino en la calidad del aire, en los espacios dignos y en la sombra que invita a la vida. Los municipios deben coordinarse, crear viveros, capacitar personal y blindar legalmente su patrimonio arbóreo. Es una infraestructura verde tan vital como cualquier drenaje; su ausencia es un bache en el camino hacia el bienestar que no puede esperar a ser reparado.
