Morena, las bombas ya empezaron a reventar
Lo veníamos advirtiendo. Mientras más tarde Morena en definir sus coordinaciones municipales, más complicado será controlar las inconformidades y más costosa resultará cualquier decisión. La presión venía creciendo, los grupos comenzaron a marcar territorio y las versiones sobre posibles imposiciones se multiplicaron. No hacía falta ser un genio de la política para entender que aquello estaba por reventar. Lo verdaderamente preocupante es que desde el propio movimiento, incluida Imelda Castro y algunos aspirantes, se ha manejado con demasiada tranquilidad la posibilidad de llevar las definiciones hasta diciembre, como si las disputas pudieran congelarse mientras llega la resolución. Pero la política no funciona así. Los agravios se acumulan, las posiciones se endurecen y los compromisos entre grupos terminan convirtiéndose en obstáculos para cualquier acuerdo posterior.
En Culiacán ya comenzaron las advertencias. Jesús Ibarra, después de asumir una responsabilidad de afiliación dentro del Partido del Trabajo, dejó una declaración que tiene bastante más fondo del que parece. Si la definición es por género o por encuesta, adelante; si intervienen otros criterios, entonces analizará qué decisiones tomar. No anunció una ruptura, pero tampoco ofreció un respaldo incondicional. Su acercamiento organizativo al PT, aliado de Morena, adquiere relevancia porque le permite mantener presencia política fuera de la estructura guinda. Y mientras eso ocurría, Serapio Vargas cuestionó las versiones de una supuesta definición anticipada para una mujer, en un escenario donde inevitablemente aparece el nombre de Tere Guerra. No hay elementos para dar por demostrada una imposición, pero el daño político comienza cuando los propios aspirantes ponen en duda la legitimidad de una resolución que todavía ni siquiera se anuncia.
Y ahí está uno de los principales problemas de la dirigencia. Si finalmente se designa a una mujer, algunos podrán argumentar que se confirmó una decisión previamente acordada; si resulta seleccionado un hombre, otros podrán sostener que las presiones terminaron modificando el procedimiento. Morena está permitiendo que la discusión sobre posibles imposiciones se adelante a los resultados, y eso representa un riesgo para la credibilidad de cualquier definición. Porque una cosa es tener facultades estatutarias para decidir y otra muy distinta conseguir que quienes participaron reconozcan políticamente la resolución.
Pero cuando parecía que Culiacán concentraba las tensiones, Mazatlán terminó por encender otro frente. Juan Carlos Patrón lanzó cuestionamientos contra quienes anteriormente combatían a Morena y ahora pretenden encabezar sus estructuras. Reivindicó su trayectoria como consejero estatal y congresista nacional, pidió dignidad a determinados aspirantes y llegó a expresar preocupación por posibles repercusiones contra su seguridad y la de su familia. Carlos Escobar y Meny Guerrero respondieron calificando sus declaraciones como desafortunadas y defendiendo las facultades de los órganos partidistas. El intercambio dejó de ser una discusión privada entre grupos para convertirse en una confrontación pública entre participantes del mismo proceso.
Sin embargo, el mensaje de Patrón tiene una lectura política mucho más profunda. No solamente está cuestionando a sus competidores; también está trasladando a Imelda Castro y a la dirigencia nacional la responsabilidad de explicar los criterios con los que se decidirán las coordinaciones. Está poniendo sobre la mesa una contradicción que Morena arrastra desde hace años: exigir congruencia y lealtad a sus principios mientras incorpora a personajes que anteriormente fueron adversarios del movimiento. Patrón también tiene intereses dentro de la competencia, por supuesto, pero sus declaraciones obligan a discutir si la trayectoria partidista tendrá algún peso real o si terminará subordinada a otros acuerdos políticos.
En Escuinapa circulan versiones sobre presuntos respaldos de grupos políticos a determinados aspirantes, señalamientos que requieren documentación antes de considerarse hechos. En Navolato, las disputas entre estructuras y los movimientos de los diferentes participantes también generan tensión, mientras El Fuerte enfrenta una competencia con numerosos perfiles. Cada municipio tiene circunstancias distintas y no sería serio asegurar que todos están al borde de una ruptura, pero la acumulación de conflictos revela que el problema ya no puede analizarse como una simple inconformidad aislada. Morena está entrando en una etapa donde cada decisión municipal puede generar repercusiones sobre la conducción estatal.
Y aquí aparece el verdadero desafío para Imelda Castro. Aunque las definiciones correspondan a los órganos partidistas facultados para ello, la coordinadora estatal será una de las principales figuras a quienes se exigirán explicaciones. Cada aspirante que presume cercanía con ella, cada versión de una decisión anticipada y cada denuncia de favoritismo aumenta la presión sobre su papel político. Mientras más se prolongue el proceso, más difícil será conservar una posición de interlocución entre grupos que comienzan a desconfiar unos de otros. La Comisión Nacional de Elecciones enfrenta un problema semejante: puede emitir una resolución conforme a sus atribuciones, pero si no logra explicar suficientemente sus criterios, la inconformidad podría mantenerse incluso después de anunciar los resultados.
Porque tampoco hay que hacerse pendejos. Aquí no se están disputando únicamente nombramientos partidistas. Se están peleando estructuras territoriales, capacidad de negociación, espacios de influencia y posiciones rumbo al proceso electoral de 2027. Cada semana adicional permite que los aspirantes fortalezcan compromisos con sus seguidores, construyan expectativas y eleven el costo político de aceptar una resolución desfavorable. Por eso el tiempo no necesariamente está jugando a favor de la dirigencia. Al contrario, puede estar convirtiendo diferencias manejables en conflictos que después resulten mucho más difíciles de resolver.
Y entonces viene la pregunta que deberían hacerse quienes consideran que no pasa nada si las decisiones llegan hasta diciembre. ¿Se imaginan cómo van a estar las cosas dentro de un mes si apenas comenzamos noviembre y ya se están dando hasta con la cubeta? Porque después vendrá la famosa operación cicatriz, esa costumbre partidista de reunir a los inconformes, levantarles la mano a los seleccionados y declarar que todos están unidos. Pero ¿qué operación cicatriz puede funcionar cuando durante semanas se acumularon acusaciones, descalificaciones y sospechas de imposiciones? Una fotografía puede mostrar unidad, pero no garantiza que las estructuras territoriales realmente estén dispuestas a trabajar juntas.
Morena parece estar subestimando una diferencia fundamental: no es lo mismo ganar una contienda interna que conservar la cohesión del partido después de ella. Un aspirante puede aceptar públicamente el resultado y, sin embargo, mantener diferencias políticas con quienes resultaron favorecidos. Sus operadores pueden dejar de participar, sus simpatizantes pueden distanciarse y las rivalidades pueden trasladarse al siguiente proceso electoral. Ese es el riesgo de permitir que una competencia se prolongue sin suficientes certezas. Y cuidado, porque la fortaleza electoral de Morena no significa que cualquier candidato o coordinador recibirá automáticamente el mismo respaldo ciudadano.
Imelda Castro enfrenta una prueba de conducción política, la Comisión Nacional de Elecciones una prueba de credibilidad y los aspirantes una prueba de congruencia. No se trata de resolver precipitadamente ni de sacrificar las reglas para apagar incendios, sino de entender que la política también consiste en anticipar conflictos antes de que se vuelvan inmanejables. Lo que hoy ocurre en Culiacán y Mazatlán, junto con las tensiones y señalamientos en otros municipios, debería ser suficiente para revisar si los tiempos y la comunicación del proceso están contribuyendo a mantener la confianza o, por el contrario, están alimentando la confrontación.
Lo dijimos desde hace semanas: entre más tarde salgan las definiciones, más complicado será el escenario. Y ahora los hechos comienzan a poner a prueba aquella advertencia. Morena todavía tiene margen para ordenar el proceso, pero no puede suponer que las inconformidades desaparecerán simplemente porque llegue diciembre y se anuncien los nombres. La unidad no se construye mediante una instrucción de la dirigencia ni se recupera automáticamente repartiendo posiciones. Requiere confianza, acuerdos y voluntad política, tres cosas que pueden deteriorarse considerablemente cuando las diferencias se dejan crecer.
Porque si desde noviembre ya comenzaron a reventar las bombas, imagínense cómo pueden llegar a diciembre. Para entonces quizá tengan las coordinaciones resueltas, pero un partido tan dividido que la famosa operación cicatriz no alcance ni para recoger los pedazos. Y ese costo político no se lo podrán cargar solamente a los aspirantes; también tendrán que responder quienes tuvieron la responsabilidad de conducir el proceso y permitieron que la confrontación creciera.
Según yo, el Goyo310.