Guadalupe Robles
1. El público polarizado. Es el favorito de los políticos populistas. Ellos azuzan a las masas para que se enfrenten entre sí. Para que se vayan al extremo. Para que se peleen con rabia y rencor unos contra otros. Cada uno desde su esquina. El público polarizado es una víctima del fanatismo y del resentimiento. Los buenos contra los malos. Los ricos contra los pobres. Los de derecha contra los de izquierda. La polarización es una de las grandes pandemias de nuestro tiempo.
2. El público irracional. El comportamiento individual dista mucho del comportamiento en masa. La persona que en lo individual puede ser correcta y con una conducta ejemplar, dentro de la masa puede tener comportamientos irracionales: una transformación psicológica como lo describió Le Bon en su magnífica obra, precisamente, la psicología de las masas. En la masa, y su anonimato -su anonimato físico o virtual- el individuo se vuelve un ser irracional, con instintos primitivos.
3. El público manipulable. Los públicos suelen perder sus posiciones críticas individuales cuando han sido fanatizados por sus líderes políticos. Les dictan catecismos, ideas y mentiras que repiten mecánicamente para enfrentar a los contrarios, o a los que, simplemente, les dice el líder. El público manipulable es la masa cautiva de la propaganda política, que también es comercial. Y se convierte en una de las mercancías más apetecibles para los partidos y sus causas.
4. El público distraído. Es el más utilizado para la manipulación política. Está convencido de que la política solo debe interesar a los políticos. Qué es lo más corrupto y no tiene remedio. Que la política es espectáculo, y que solo sirve para distraernos o para quejarnos. A los dueños de la política, les interesa que los públicos no estén atentos a lo que pasa con la actuación de los gobiernos. Que presten atención a otras cosas más banales y divertidas. Que se distraigan de la política.
5. Público disperso. Entre menos organizados estén los públicos, más útiles son para los grupos del poder político. En la sociedad, hay muchos grupos y organizaciones; también iniciativas individuales valiosas. Pero cada uno anda por su lado. Esa dispersión, les pulveriza la posibilidad de influir en el poder. Gaetano Mosca, politólogo italiano, describió a la clase política como una minoría organizada. Pues sí: organizada. Y ahí está la diferencia.
6. El público impaciente. La vida camina hoy más aprisa: las noticias y sus acontecimientos, las exigencias del trabajo y la ansiedad por el consumo. Los públicos se vuelven cada vez más impacientes con sus gobiernos y sus políticos. Les exigen respuestas a sus demandas con mayor prontitud. Por eso el político ofrece soluciones que muchas veces no están sustentadas ni social ni presupuestalmente. Esa impaciencia ciudadana ante los resultados, obliga al político a improvisar, apresurarse en sus promesas, y por supuesto, a mentir. A mentir más de la cuenta.
7. El público deprimido. A ningún político le conviene una masa envalentonada, que crea en sí misma ni en su poder. Por eso, siempre hay que generar una sensación de miedo. Miedo a regresar a un pasado negro, cuna de todos los males actuales. Pero también a tenerle miedo al futuro. Del presente se encarga la realidad y sus redes sociales. Los gobiernos suelen inyectar desánimo a la masa para manipularla. Deprimirla. Deprimir a la masa con miedo y vacío de ilusiones, para que necesite más protección del poder. Así se han escrito las páginas más negras de la historia.
Culiacán, Sinaloa, lunes 02 de noviembre de 2026. X @guadalupe2003