A los muertos los recordamos, a los vivos los olvidamos
Qué cosas tiene la vida. Nos pasamos buena parte de ella peleando por dinero, por política, por diferencias familiares y por un montón de pendejadas que al final no sirven para nada. Pero basta con que alguien se nos muera para que de repente nos acordemos de cuánto lo queríamos.
Y entonces vienen los arrepentimientos. Que si le hubiera hablado, que si lo hubiera visitado, que si aquella última discusión nunca debió suceder. Pero ya para qué chingados. El hubiera no resucita a nadie.
Hoy, Día de Muertos, seguramente muchos acudirán a los panteones con flores, música, veladoras y recuerdos. Algunos irán a visitar a sus padres, otros a sus hijos, a sus hermanos, a sus amigos. Cada tumba tiene una historia y detrás de cada historia hay alguien que todavía siente un hueco en el pecho.
Lo curioso es que mientras algunos gastan miles de pesos arreglando una tumba, hay padres vivos esperando que sus hijos les hagan una llamada. Hay abuelos que pasan semanas sin recibir una visita y hermanos que llevan años sin dirigirse la palabra por pleitos que, si uno los analiza, hasta vergüenza deberían dar.
Somos muy buenos para llorar a nuestros muertos, pero a veces bastante cabrones para querer a nuestros vivos.
Y no se trata de criticar a quienes llevan flores al panteón. Al contrario, qué bueno que nuestras tradiciones sigan vivas. Qué bueno que todavía podamos recordar a quienes nos enseñaron algo, nos dieron cariño o simplemente nos acompañaron durante una parte del camino.
Lo que no termino de entender es por qué necesitamos perder a alguien para reconocer lo importante que era.
En Sinaloa, por cierto, esta celebración también tiene una cara que duele y mucho. Mientras unas familias visitan las tumbas de sus seres queridos, otras ni siquiera tienen esa posibilidad. Son las madres que siguen buscando a sus hijos desaparecidos, las esposas que no saben si guardar luto o seguir esperando y los niños que preguntan cuándo regresará papá.
Imagínense lo cabrón que debe ser no saber si poner una fotografía en el altar o seguir dejando un lugar en la mesa.
Ahí es donde el Día de Muertos deja de ser solamente una tradición y nos pone frente a una realidad que debería sacudirnos como sociedad. Porque hay ausencias que se lloran, pero también hay otras que se buscan todos los días.
Conforme pasan los años uno comienza a ver la vida de otra manera. Se van los amigos, se adelantan familiares, empiezan a faltar voces en las reuniones y aquellas mesas donde antes no cabía nadie de pronto tienen sillas vacías.
Y uno también cambia. Las cosas que antes parecían enormes se vuelven pequeñas. Las discusiones pierden importancia y comienza a entenderse que tener a la familia reunida, escuchar la voz de la madre o compartir una carcajada con los amigos vale mucho más que cualquier reconocimiento, cargo público o cuenta bancaria.
Porque hasta los que se sienten indispensables terminan siendo una fotografía. Y eso incluye a tanto político que camina por la vida creyendo que el mundo se va a detener cuando ellos falten. No, señores. El mundo sigue, los cargos se ocupan, los escritorios cambian de dueño y hasta los más poderosos terminan convertidos en recuerdos.
Yo también tengo personas a las que quisiera volver a ver. Gente con la que me faltó platicar, compartir una comida o simplemente sentarme sin prisas. Y no hay Día de Muertos que alcance para recuperar esos momentos.
Por eso, más que llenar las redes sociales de fotografías con frases bonitas, deberíamos aprovechar para buscar a quienes todavía están aquí. Hacer esa llamada que llevamos semanas posponiendo, visitar a nuestros viejos, sentarnos a escuchar sus historias aunque ya nos las hayan contado veinte veces.
Un día vamos a querer escuchar otra vez esas mismas historias y ya no habrá quién nos las cuente.
Al final, los muertos no necesitan que les demostremos cuánto los quisimos. Eso debimos hacerlo cuando estaban con nosotros.
Y si algo debería dejarnos esta celebración es una enseñanza bastante sencilla, aunque nos cueste entenderla.
No esperemos a que alguien se muera para darle las flores que pudimos regalarle en vida.
Porque para llorar frente a una tumba siempre habrá tiempo. Para abrazar a quien todavía respira, quién sabe.
Todo esto según yo, el Goyo310.
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