Modalidad 40, abrazos en el templete y golpe al retiro

Qué bonito quiere el gobierno a los adultos mayores cuando hay cámaras. Los abraza, les agradece, les dice que son el corazón de la transformación y presume que ahora sí tienen bienestar. Pero cuando algunos de esos mismos adultos mayores buscan mejorar su pensión con dinero de su bolsillo, aparece la preocupación por lo que cuestan. Para la fotografía son los consentidos; para las cuentas, empiezan a resultar demasiado caros. Nomás falta que en el próximo evento les pidan sonreír sin enseñar cuánto esperan cobrar de retiro.

Esa contradicción es el centro del asunto de la Modalidad 40. No puedes presumir que defiendes a las personas mayores y tratar como detalle administrativo una medida que puede reducir las opciones de algunas de ellas para pensionarse mejor. El adulto mayor también existe cuando aporta, cuando exige una explicación y cuando reclama que le respeten la posibilidad de organizar su vejez. No solamente cuando levanta una tarjeta para salir en el anuncio.

La Modalidad 40 permite que una persona que dejó de cotizar con un patrón siga aportando por su cuenta al IMSS. Bajo las condiciones de su régimen y de su historial, esas cotizaciones pueden ayudarle a mejorar su pensión. Es gente poniendo dinero propio para intentar vivir mejor después. Por eso resulta tan delicado modificar las posibilidades con las que hizo sus cuentas. Hay una diferencia enorme entre pedir un regalo y ahorrar para no tener que pedirle prestado a los hijos cuando llegue la vejez.

El acuerdo publicado restringe el salario de las nuevas incorporaciones tomando como referencia el último registrado al causar baja, con un margen de hasta una UMA adicional. Quienes ya están inscritos conservan sus condiciones hasta concluir el periodo contratado y mantienen el reconocimiento de las semanas y salarios efectivamente pagados.
No significa que mañana les bajen la pensión a todos. Significa que quien contaba con aportar sobre una base mayor puede encontrarse con un límite que altere su proyecto. Y el que necesita continuar después de su periodo vigente merece saber, sin rodeos, qué condiciones le aplicarán.

Pongámoslo en algo que se entienda. Una persona pudo pasar años juntando dinero para mejorar su retiro, aguantándose compras y reduciendo gastos porque esperaba recuperar ese esfuerzo mediante una mejor pensión. Si ahora su posibilidad de aportar queda limitada, puede terminar con menos ingreso del que calculaba o necesitando trabajar más tiempo. El gobierno cambia una regla; la familia tiene que cambiar sus planes de vida. El papel aguanta cualquier modificación, pero las rodillas del trabajador no necesariamente aguantan otra década de chamba.

Y ahí es donde aparece la sospecha política más incómoda. Tal pareciera que el dinero ya no alcanza para sostener tantas promesas y que apretar a quienes todavía buscan mejorar su retiro resulta la salida más cómoda. Esa es una lectura política, no una prueba de que los recursos del IMSS se hayan utilizado para pagar el Bienestar. El acuerdo no demuestra ese traslado. Pero el gobierno tampoco puede pretender que nadie relacione su discurso de abundancia con decisiones que restringen expectativas. Si presume que alcanza para tanto, tiene que explicar por qué aquí empieza a apretar.

El propio IMSS ordenó analizar el efecto financiero de la Modalidad 40 y preparar posteriormente una propuesta normativa.

Entonces que pongan las cuentas sobre la mesa. Cuánto cuesta, qué problema encontraron, cuánto esperan ahorrar y cuántas personas podrían ver alterados sus planes. Porque hablar de sostenibilidad sin explicar quién absorberá el ajuste es una manera elegante de anunciar que alguien va a salir jodido, dejando para después el pequeño detalle de decirle quién.

El análisis de fondo es sencillo. Un apoyo y una pensión contributiva cumplen funciones distintas. El apoyo ayuda a sostener un ingreso básico; la pensión está vinculada a una vida de trabajo y cotizaciones. Políticamente, el gobierno no debería utilizar el aplauso que recibe por uno para esquivar las críticas sobre el otro. Dar un beneficio no compra el derecho a modificar cualquier expectativa sin explicaciones. Agradecer un apoyo tampoco obliga al ciudadano a quedarse callado cuando una decisión le afecta.

Ese es el peligro del populismo. Convertir los beneficios en favores del gobernante y los costos en problemas que debe resolver la gente. El anuncio lleva nombre, rostro y consigna; la restricción llega escondida entre términos que casi nadie entiende. Así, el poder cobra el agradecimiento por lo que entrega y manda al trabajador a discutir con una ventanilla por lo que pierde. Qué administración tan conveniente del cariño. Para abrazarte aparece todo el gabinete; para explicarte tus cuentas, tome turno y espere sentado.

Y no, la solución no es poner a pelear al adulto mayor que recibe Bienestar con el que aporta para su pensión. Ambos merecen protección. La responsabilidad está arriba, donde se decide cuánto prometer, cómo financiarlo y a quién pedirle sacrificios. Si el dinero está alcanzando, que lo demuestren. Si hay presiones financieras, que las reconozcan. Lo que no se vale es seguir vendiendo tranquilidad mientras dejan a las familias haciendo cuentas con miedo.

Porque el bienestar se tiene que notar también cuando se apagan las cámaras y el adulto mayor llega a su casa a calcular si podrá dejar de trabajar. Ahí no sirven los abrazos, las consignas ni los aplausos. Ahí hace falta dinero suficiente y reglas claras. De otro modo, el mensaje termina siendo una mentada de madre con propaganda incluida. Qué bueno que vivas muchos años, siempre y cuando no pretendas cobrarlos demasiado bien.

Todo esto según yo, el Goyo310.

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Por elpiripituchi

Fundador y Creador del Sitio