La creciente del 2027: En MORENA, hasta los enemigos internos buscan flotar en el mismo tronco
Columna: “Dardos Políticos”
Por Rosario Antonio Ramírez
Cuando las candidaturas están en juego, las diferencias se guardan en el cajón y los viejos adversarios descubren las bondades de la unidad. No es necesariamente amistad: también puede ser instinto de supervivencia política
Hay un dicho popular que retrata con precisión esos momentos en los que la política aprieta y los intereses comienzan a sacudir las estructuras partidistas: “En tiempo de creciente, todos los animales se suben al mismo tronco y no se majan”.
Y en Morena, con la mirada puesta en el 2027, la creciente política comienza a sentirse. Las tribus que durante meses han caminado por separado, los grupos que se han lanzado indirectas y los personajes que difícilmente coinciden en una misma mesa parecen tener ahora una razón para buscarse: evitar que la corriente los deje fuera del reparto político.
De pronto, la palabra unidad vuelve a ponerse de moda. Los teléfonos suenan, las reuniones adquieren otro significado y entre aspirantes comienzan a circular llamados a cerrar filas. Los desencuentros parecen perder importancia frente a la incertidumbre de las encuestas y las decisiones que definirán quiénes tendrán posibilidades de competir y quiénes deberán conformarse con mirar desde la barrera.
¡Qué conveniente resulta la unidad cuando están en juego las posiciones!
Porque mientras las candidaturas no estaban sobre la mesa, las diferencias podían sostenerse sin demasiadas consecuencias. Pero cuando se acercan las definiciones, hasta los adversarios internos pueden descubrir que tienen más cosas en común de las que reconocían públicamente.
Los que ayer no compartían proyecto hoy pueden compartir estrategia. Quienes se disputaban espacios pueden terminar sentados en la misma reunión. Y aquellos que se observaban con recelo pueden encontrar motivos para estrecharse la mano, aunque detrás de la sonrisa permanezca intacta la competencia.
En política, las alianzas no siempre nacen de las coincidencias ideológicas ni de una amistad verdadera. A veces surgen de la necesidad, del cálculo y de la conveniencia. Cada grupo busca proteger su capital político, conservar influencia y evitar que las decisiones partidistas lo dejen fuera de la jugada.
La pregunta es inevitable: ¿Se trata de una unidad construida alrededor de principios y un proyecto común, o de una tregua temporal para negociar posiciones antes de las encuestas?
Porque una cosa es cerrar filas para fortalecer al partido y otra muy distinta es juntar fuerzas para garantizar que nadie se quede sin una tajada del pastel político.
En Morena, como en cualquier organización donde se disputan candidaturas y espacios de poder, la palabra unidad puede significar muchas cosas. Puede ser un compromiso auténtico para evitar fracturas, pero también una estrategia para llegar con mayor fuerza a las negociaciones internas. La diferencia no estará en las fotografías de los encuentros ni en los discursos de reconciliación, sino en los acuerdos que se construyan y en la conducta de sus protagonistas cuando llegue la hora de las definiciones.
Y ahí es donde el tronco puede comenzar a crujir.
Porque mientras todos caben y nadie siente amenazada su posición, la armonía parece posible. Pero cuando las encuestas arrojen resultados, las candidaturas tengan nombre y apellido y los espacios disponibles no alcancen para todos, habrá que ver cuánto dura el abrazo entre quienes hoy se llaman compañeros.
La verdadera prueba de la unidad no será reunirse antes de la encuesta, sino aceptar las reglas y los resultados cuando las decisiones no favorezcan a todos.
A esto se suma el desafío de la oposición, que también buscará aprovechar cualquier división interna. Si los grupos morenistas convierten sus diferencias en una guerra de posiciones, dejarán abierta una oportunidad para sus adversarios. Si consiguen procesarlas mediante acuerdos transparentes, podrán evitar que las disputas internas se conviertan en un problema mayor.
Por eso, la creciente del 2027 no solamente pondrá a prueba las aspiraciones individuales; también exhibirá la solidez de los acuerdos, la transparencia de los procedimientos y la capacidad de los grupos para anteponer un proyecto colectivo a sus intereses particulares.
Por ahora, el tronco parece suficientemente grande para que todos intenten acomodarse. Hay llamados a la unidad, acercamientos y señales de entendimiento. Pero nadie debe confundir una tregua con una reconciliación definitiva ni una fotografía de unidad con la desaparición de las rivalidades.
Al final, cuando llegue la hora de repartir las candidaturas, cada grupo tendrá que demostrar si estaba dispuesto a compartir el tronco o solamente buscaba un lugar seguro mientras bajaba la corriente.
Porque así es la política: cuando el agua sube, hasta los enemigos aprenden a convivir en el mismo refugio. Pero cuando la creciente comienza a bajar y aparecen las posiciones en disputa, puede descubrirse que no todos remaban en la misma dirección.
Y que nadie se engañe: en la política, compartir el tronco no significa compartir los intereses.
En tiempos de creciente, los animales no se majan. La verdadera pregunta es qué ocurrirá cuando el tronco ya no alcance para todos.
¡Es cuanto!