Por Alfredo Inzunza.
Tres años después del 7 de octubre de 2023, Oriente Medio sigue viviendo bajo las consecuencias de aquella mañana.
El ataque encabezado por Hamás contra Israel dejó alrededor de 1,200 muertos y 251 personas secuestradas. La ofensiva israelí posterior transformó Gaza y extendió la confrontación hacia Líbano, Siria, Irán y otros escenarios regionales. A octubre de 2026, Reuters cifra en más de 74,000 los palestinos muertos según las autoridades sanitarias de Gaza, mientras un alto el fuego iniciado en 2025 no ha conseguido resolver las cuestiones fundamentales del conflicto.
Pero detrás de las operaciones militares existe otra discusión que ha reaparecido con fuerza: la idea del llamado “Gran Israel”.
Y conviene comenzar por una precisión.
No existe un único mapa oficial denominado “Gran Israel”, aprobado por el Estado israelí y con fronteras que se extiendan inequívocamente desde el Nilo hasta el Éufrates. El concepto ha tenido interpretaciones distintas a lo largo de la historia. Parte de su imaginario se relaciona con Génesis 15:18, donde aparece una promesa territorial descrita entre “el río de Egipto” y el Éufrates. Sin embargo, los especialistas señalan que los propios textos bíblicos ofrecen distintas descripciones territoriales y deben entenderse también como construcciones literarias, religiosas e ideológicas, no como tratados fronterizos contemporáneos.
De la Biblia a la política.
La idea adquirió una dimensión política especialmente importante después de la Guerra de los Seis Días de 1967.
Israel ocupó entonces Cisjordania, Jerusalén Este, Gaza, el Sinaí egipcio y los Altos del Golán sirios. El Sinaí sería posteriormente devuelto a Egipto mediante los acuerdos de paz, pero Israel mantuvo el control de otros territorios; en el caso del Golán, lo anexó en 1981, decisión que la mayor parte de la comunidad internacional continúa sin reconocer.
Fue precisamente después de 1967 cuando determinados sectores del sionismo religioso comenzaron a otorgar una importancia creciente a la posesión de territorios asociados con la tradición bíblica. La literatura académica identifica desde entonces una corriente que convirtió la idea de un Israel territorialmente ampliado en parte relevante de su visión religiosa y política.
Durante décadas, esa interpretación permaneció principalmente en sectores nacionalistas y religiosos.
Hoy resulta más difícil considerarla completamente marginal.
En agosto de 2025, Benjamin Netanyahu afirmó durante una entrevista sentirse “muy” vinculado con la visión de un “Gran Israel” cuando fue interrogado expresamente sobre ella. Sus declaraciones provocaron condenas de Arabia Saudita, Egipto, Jordania, Qatar y otros gobiernos árabes, que interpretaron el comentario como una señal expansionista.
Lo importante está sobre el terreno.
Pero quizá resulte más importante observar las políticas que los mapas.
El ministro de Finanzas Bezalel Smotrich ha defendido abiertamente la expansión de asentamientos en Cisjordania. En 2025 impulsó el proyecto E1, con más de 3,400 viviendas entre Jerusalén y Maale Adumim, afirmando que el objetivo era “enterrar” la posibilidad de un Estado palestino. La Corte Internacional de Justicia declaró en 2024 que la ocupación israelí de los territorios palestinos y los asentamientos son contrarios al derecho internacional; Israel rechaza esa interpretación jurídica.
Y la dinámica territorial ya no se limita a Cisjordania.
Israel mantiene actualmente control militar sobre aproximadamente dos terceras partes de Gaza mientras continúan negociaciones sobre desarme, retirada y reconstrucción.
En Líbano, el Gobierno israelí ha defendido la creación de una zona de seguridad al sur del río Litani como mecanismo para impedir ataques de Hezbolá. Israel sostiene que estas posiciones responden a necesidades defensivas; Líbano las considera ocupación de su territorio.
En Siria, la lógica de las zonas de seguridad también ha adquirido relevancia tras la ocupación de posiciones adicionales alrededor del Golán.
Por eso el debate sobre el “Gran Israel” resulta más complejo que un mapa coloreado.
¿Proyecto territorial o doctrina de seguridad?
La pregunta verdaderamente importante es si estamos frente a un proyecto deliberado de expansión permanente o ante una serie de decisiones militares justificadas por Israel como respuestas de seguridad que, acumuladas, producen una expansión territorial de facto.
El Gobierno israelí insiste fundamentalmente en la segunda interpretación: después del 7 de octubre, sostiene que no puede permitir que Hamás, Hezbolá u otros actores hostiles vuelvan a operar inmediatamente junto a sus fronteras.
Sus críticos observan algo diferente: zonas de seguridad que se vuelven permanentes, asentamientos que continúan creciendo y dirigentes políticos que hablan cada vez con mayor naturalidad de anexión y derechos históricos sobre territorios disputados.
Ahí reside el verdadero dilema.
Tres años después del 7 de octubre, la región no solamente discute cómo terminar una guerra.
Discute cuáles serán las fronteras cuando termine.
Y quizá sea precisamente allí donde la idea del “Gran Israel” adquiere su mayor importancia.
No porque exista necesariamente un mapa secreto que determine el futuro de Oriente Medio, sino porque una idea que durante décadas perteneció principalmente a sectores ideológicos concretos empieza a mezclarse con decisiones militares, asentamientos, zonas de seguridad y discursos políticos reales.
Los mapas pueden ser símbolos.
Pero en Oriente Medio, los símbolos tienen una larga historia de terminar convirtiéndose en fronteras.