
Por Alfredo Inzunza.
Durante buena parte de las últimas tres décadas, el mundo pareció organizado alrededor de una premisa: Estados Unidos había ganado la Guerra Fría y, con ella, obtenido una posición dominante para escribir las reglas del sistema internacional. El dólar, Wall Street, Silicon Valley, la OTAN, el FMI y las instituciones multilaterales componían los distintos brazos de un mismo orden.
Ese mundo comienza a desvanecerse.
Washington conserva una capacidad financiera, tecnológica y militar extraordinaria; China posee una escala económica e industrial que Moscú no tiene; Rusia, por su parte, mantiene un enorme arsenal nuclear, recursos energéticos, territorio y capacidad para alterar militarmente el equilibrio regional.
Europa, India, Japón, Brasil, Turquía y las potencias del Golfo seguirán teniendo peso. Por eso quizá el sistema continúe siendo multipolar. Pero en materia de seguridad estratégica, tecnología y poder duro, el triángulo Washington-Beijing-Moscú será difícil de ignorar.
Estamos entrando, lentamente, en la guerra de los imperios del siglo XXI.
Estados Unidos y el regreso del hemisferio.
Uno de los cambios más importantes ocurre precisamente en el continente americano.
Analistas han denominado “Donroe Doctrine” a la reinterpretación trumpista de la antigua Doctrina Monroe: una visión que vuelve a considerar al hemisferio occidental como espacio estratégico prioritario de Estados Unidos y mira con mayor preocupación la penetración económica, tecnológica y política de potencias como China. Georgetown ha descrito esta orientación como una renovada pretensión estadounidense de predominio hemisférico.
Al mismo tiempo, América Latina ha experimentado un desplazamiento político hacia gobiernos de derecha en varias de sus principales economías.
Argentina, bajo Javier Milei, ha estrechado su cooperación económica y estratégica con Washington; Estados Unidos anunció recientemente financiamiento potencial por miles de millones de dólares para proyectos argentinos de energía y minerales críticos.
En Chile gobierna José Antonio Kast, cuyo gobierno se incorporó al denominado Escudo de las Américas, una iniciativa regional promovida por Trump contra el crimen organizado. Colombia, por su parte, eligió en junio de 2026 a Abelardo de la Espriella, candidato a quien Trump había respaldado públicamente durante la campaña.
No significa que estos gobiernos formen un bloque uniforme subordinado a Washington. Cada país conserva intereses propios. Pero sí revela una modificación del entorno político regional.
Y queda Brasil.
El 4 de octubre, Luiz Inácio Lula da Silva se enfrenta a Flávio Bolsonaro en unas elecciones que adquieren una dimensión continental. Brasil es la mayor economía latinoamericana, miembro fundador de los BRICS y mantiene profundos vínculos comerciales con China. Su orientación exterior será, por ello, una pieza importante del equilibrio hemisférico.
Rusia: recuperar la esfera perdida.
Rusia representa otra concepción del poder.
Desde la desaparición de la Unión Soviética, Moscú ha intentado preservar influencia sobre su periferia estratégica. Las guerras de Chechenia mostraron tempranamente la disposición del Estado ruso para emplear una fuerza considerable con el objetivo de impedir la fragmentación territorial.
Ucrania elevó esa lógica a otra dimensión.
Durante años Moscú intentó conservar influencia política, energética y económica sobre Kiev. Viktor Yanukóvich llegó a representar una relación mucho más próxima a Rusia. Después de las protestas de 2013-2014 y su salida del poder, Moscú ocupó y anexó Crimea y respaldó a separatistas del Donbás. En febrero de 2022, esa confrontación desembocó en una invasión rusa a gran escala.
Para Occidente, se trata de una violación de la soberanía ucraniana. Moscú, por su parte, ha presentado reiteradamente el conflicto dentro de una disputa estratégica más amplia con Occidente y la expansión de sus instituciones hacia el antiguo espacio soviético.
Más allá de esas narrativas enfrentadas, Ucrania demuestra algo fundamental: Rusia continúa considerando la profundidad territorial y las zonas de influencia como elementos centrales de su seguridad.
Es una lógica antigua aplicada en un mundo moderno.
China: el imperio que no necesita marchar.
China ha elegido otra ruta.
Mientras Rusia ha demostrado una mayor disposición a emplear fuerza militar directa, Beijing ha construido buena parte de su influencia mediante comercio, infraestructura, manufactura, crédito, tecnología y cadenas de suministro.
Es el poder silencioso de la interdependencia.
China financia infraestructura, compra materias primas, construye redes logísticas, domina segmentos fundamentales de la producción de baterías y energías renovables y ocupa posiciones decisivas en el procesamiento de minerales críticos.
En América Latina ese avance ya es visible. Durante el primer trimestre de 2026, las exportaciones regionales hacia China crecieron 25% interanual, según datos del BID citados por Reuters, aunque Estados Unidos todavía conserva el liderazgo comercial regional en conjunto.
Beijing no necesita necesariamente controlar un territorio.
A veces basta con convertirse en su principal comprador.
O en su principal proveedor.
O en quien financia su puerto, su red eléctrica o su infraestructura digital.
Ese es el soft power chino llevado a la geoeconomía.
La Guerra Fría de la inteligencia artificial.
Pero existe un campo donde el enfrentamiento entre imperios será todavía más profundo.
La inteligencia artificial.
Si la primera Guerra Fría estuvo marcada por armas nucleares, misiles intercontinentales y la carrera espacial, esta nueva rivalidad entre Estados Unidos y China puede medirse en semiconductores, centros de datos, modelos fundacionales, energía, robots y capacidad computacional.
Washington sabe que los chips avanzados son una forma de poder. Por eso mantiene controles sobre la transferencia hacia China de determinados semiconductores y tecnologías necesarias para la computación de alto rendimiento.
Beijing ha respondido intentando construir autonomía tecnológica.
Huawei ha desarrollado procesadores propios y pretende competir crecientemente en infraestructura de inteligencia artificial. DeepSeek y otras compañías chinas han demostrado, además, que Beijing puede seguir acercándose a la frontera tecnológica pese a las restricciones estadounidenses.
Reuters describe actualmente la inteligencia artificial como una de las principales áreas de rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China, no solamente por sus implicaciones económicas, sino también por su potencial militar.
La nueva carrera armamentista puede ser, en realidad, una carrera algorítmica.
Quien domine la inteligencia artificial tendrá ventajas en productividad, ciberseguridad, inteligencia militar, sistemas autónomos, investigación científica y diseño industrial.
Los portaaviones seguirán importando.
Pero también los centros de datos.
Shenzhen: la fotografía del mundo que viene.
Por eso la cumbre de APEC de noviembre tendrá un simbolismo extraordinario.
Los líderes de las economías del Asia-Pacífico se reunirán los días 18 y 19 de noviembre de 2026 en Shenzhen, una antigua zona económica especial convertida en uno de los mayores centros tecnológicos, manufactureros y comerciales de China. APEC destaca que la economía de Shenzhen pasó de apenas 270 millones de yuanes en 1980 a 3.68 billones en 2024.
Es, en muchos sentidos, el Silicon Valley chino.
Y allí podrían coincidir Donald Trump, Xi Jinping y Vladimir Putin.
Trump confirmó que volverá a encontrarse con Xi en China en noviembre, mientras el Kremlin ha señalado que los tres dirigentes son esperados en APEC y que incluso se ha discutido la posibilidad de una reunión trilateral. Esta última todavía no está confirmada.
La imagen sería extraordinaria.
Estados Unidos, la potencia que construyó el orden posterior a 1945.
China, la potencia que pretende reformarlo.
Rusia, la potencia que se niega a desaparecer como centro independiente de poder.
Y todo ello ocurriendo en Shenzhen, probablemente una de las ciudades que mejor representa el ascenso tecnológico chino.
La guerra de los imperios.
La competencia que viene no se librará únicamente con ejércitos.
Se librará en Ucrania, pero también en los mercados financieros.
En Taiwán, pero también en los semiconductores.
En América Latina, pero también en las minas de litio y cobre.
En los océanos, pero también en los cables submarinos.
En los arsenales nucleares, pero también en los algoritmos.
Estados Unidos intenta preservar un orden que durante décadas giró alrededor de sus instituciones. China construye lentamente una arquitectura económica y tecnológica alternativa. Rusia pretende conservar por la fuerza el espacio estratégico que considera indispensable para seguir siendo una gran potencia.
Tres países.
Tres estrategias.
Tres concepciones diferentes del poder.
Quizá todavía sea demasiado pronto para declarar oficialmente el nacimiento de un mundo tripolar.
Pero las piezas ya están sobre el tablero.
Y Shenzhen podría ofrecernos, en noviembre, una fotografía anticipada del siglo que comienza: los tres grandes imperios sentados en la misma mesa mientras, fuera de ella, compiten por escribir las reglas del mundo que viene.
