
Por Alfredo Inzunza.
“El mundo en guerra” busca comprender cómo conflictos aparentemente regionales terminan modificando la economía, la energía y el equilibrio político internacional. Si Rusia-Ucrania representa el regreso de la guerra convencional a Europa y Yemen demuestra el poder estratégico de los chokepoints, el enfrentamiento entre Estados Unidos, Israel e Irán representa algo todavía más peligroso: décadas de hostilidad indirecta que terminaron convirtiéndose en una guerra abierta.
Para comprender el presente hay que regresar mucho antes de 2026.
En 1953, la CIA participó en la operación encubierta que contribuyó al derrocamiento del primer ministro Mohammad Mossadegh y al fortalecimiento del Shah Mohammad Reza Pahlavi. Documentos posteriormente desclasificados por Estados Unidos reconocen que el objetivo era sustituir al gobierno de Mossadegh por uno favorable a Occidente. Aquella intervención permanece como uno de los grandes referentes históricos de la desconfianza iraní hacia Washington.
El siguiente gran punto de ruptura llegó en 1979.
La Revolución Islámica derrocó al Shah y transformó a Irán en una república islámica encabezada por el ayatolá Ruhollah Khomeini. Ese mismo año estudiantes iraníes tomaron la embajada estadounidense en Teherán y mantuvieron a más de 50 estadounidenses como rehenes durante 444 días. Las relaciones diplomáticas entre Washington y Teherán quedaron prácticamente destruidas.
Desde entonces comenzó a construirse una rivalidad que atravesaría gobiernos, guerras y generaciones.
El átomo, Israel y la máxima presión.
Décadas después, el programa nuclear iraní se convirtió en el centro de la confrontación.
El acuerdo nuclear de 2015 buscó limitar el enriquecimiento y las reservas de uranio iraní a cambio de aliviar sanciones. Pero Donald Trump retiró a Estados Unidos del acuerdo en mayo de 2018 y reimplantó una estrategia de “máxima presión” económica contra Teherán.
La confrontación dejó de ser exclusivamente económica el 3 de enero de 2020.
Trump ordenó un ataque con drones contra un convoy cerca del aeropuerto internacional de Bagdad, en Irak. El objetivo era Qasem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria iraní y uno de los principales arquitectos de la estrategia regional de Teherán. Junto a él murió Abu Mahdi al-Muhandis, una figura central de las milicias iraquíes respaldadas por Irán.
Soleimani no era un general cualquiera.
Durante años había coordinado las relaciones iraníes con organizaciones y fuerzas aliadas en distintos escenarios de Medio Oriente. Washington lo responsabilizaba de operaciones contra intereses estadounidenses y defendió su muerte como un acto de legítima defensa; una experta de Naciones Unidas cuestionó posteriormente la legalidad internacional del ataque.
Irán respondió días después lanzando misiles contra la base de Ain al-Asad, utilizada entonces por fuerzas estadounidenses en Irak. El episodio colocó a Washington y Teherán al borde de una confrontación abierta.
Visto desde 2026, Soleimani representa un punto fundamental de esta historia: la guerra en las sombras comenzaba a salir de las sombras.
De los intermediarios al ataque directo.
Durante décadas, Israel e Irán se enfrentaron principalmente mediante inteligencia, operaciones clandestinas, ciberataques y actores regionales. Esa dinámica comenzó a romperse en 2024.
Después de un ataque atribuido a Israel contra el complejo diplomático iraní en Damasco, donde murieron altos integrantes de la Guardia Revolucionaria, Irán respondió directamente contra territorio israelí con una gran oleada de drones y misiles. Estados Unidos y otros aliados participaron en la interceptación de numerosos proyectiles. Era una señal inequívoca: Teherán e Israel habían comenzado a atacarse directamente.
El siguiente escalón llegó en junio de 2025 con la famosa “guerra de los 12 días”.
El 13 de junio Israel inició ataques masivos contra instalaciones nucleares, sistemas de misiles, científicos y mandos militares iraníes. Estados Unidos terminó incorporándose directamente y atacó instalaciones nucleares, entre ellas Fordow, Natanz e Isfahan.
Irán respondió con misiles sobre Israel y posteriormente atacó instalaciones estadounidenses en la región. Donald Trump anunció finalmente un alto el fuego que entró en vigor el 24 de junio, después de doce días de enfrentamientos.
Pero la guerra no resolvió el problema nuclear.
Irán había acumulado más de 400 kilogramos de uranio enriquecido hasta 60%, una concentración muy superior a la utilizada habitualmente en generación eléctrica y relativamente cercana, mediante enriquecimiento adicional, al nivel necesario para armas nucleares. Teherán sostiene que su programa tiene fines pacíficos. Tras los bombardeos de 2025 quedó además incertidumbre sobre el paradero de parte de ese material y disminuyó la capacidad de inspección internacional.
La guerra de los 12 días terminó siendo una pausa, no una solución.
2026: de la escalada a la guerra.
El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel iniciaron una nueva ofensiva contra Irán. El líder supremo Ali Khamenei murió durante los ataques, junto con importantes dirigentes militares iraníes. Teherán respondió atacando Israel y posiciones estadounidenses en distintos países del Golfo.
Lo que siguió ya no puede describirse simplemente como una nueva crisis diplomática.
El conflicto lleva casi siete meses y ha demostrado algo que Washington e Israel probablemente ya conocían: destruir instalaciones mediante bombardeos es diferente a eliminar las capacidades políticas, militares y tecnológicas que permiten reconstruirlas. Reuters señala que, aunque el programa nuclear iraní ha resultado debilitado, continúa existiendo incertidumbre sobre sus capacidades y sobre el material enriquecido restante.
Los objetivos de los tres actores tampoco son idénticos.
Israel busca impedir que Irán alcance una capacidad nuclear que considere militar, degradar su arsenal de misiles y reducir su capacidad de proyectar poder regional. Estados Unidos comparte buena parte de esos objetivos y además busca garantizar la navegación y proteger sus bases y aliados en Medio Oriente. Irán, por su parte, intenta preservar su régimen, sus capacidades militares y su margen de negociación, mientras exige alivio de sanciones y defiende su derecho al enriquecimiento con fines que asegura son civiles.
Actualmente incluso guerra y diplomacia conviven.
Irán ha planteado que podría reabrir completamente el estrecho de Ormuz si Washington reduce la presión militar y flexibiliza el bloqueo económico. Trump, por otro lado, ha pedido profundizar el aislamiento económico iraní, aunque su gobierno afirma estar dispuesto a negociar.
Ormuz: cuando una guerra regional mueve al mundo.
La mayor fortaleza geoeconómica de Irán quizá no se encuentre en sus misiles.
Está en el mapa.
Frente a sus costas se encuentra el estrecho de Ormuz, por donde antes del conflicto circulaba aproximadamente una quinta parte del petróleo y gas comercializado mundialmente.
El 21 de septiembre apenas dos grandes buques comerciales fueron registrados atravesando el estrecho, frente a alrededor de 125 diarios antes de la guerra, aunque algunos barcos navegan sin sus transpondedores activos y las cifras pueden subestimar el tráfico real.
Esa interrupción cambió los mercados.
Durante el primer trimestre de 2026, el Brent llegó a acumular una subida cercana al 90%, los precios europeos del gas casi se duplicaron y aproximadamente 10 billones de dólares de capitalización desaparecieron temporalmente de los mercados accionarios globales.
El petróleo posteriormente retrocedió hacia los 100 dólares, pero continúa reflejando una elevada prima geopolítica. Este 22 de septiembre el Brent rondaba nuevamente ese nivel mientras los inversionistas evaluaban la posibilidad de negociaciones y una eventual reapertura de Ormuz.
El shock energético también terminó llegando a los bancos centrales.
La Reserva Federal, el Banco Central Europeo y el Banco de Japón han elevado recientemente sus tasas en un entorno donde el encarecimiento energético provocado por el conflicto iraní se ha convertido en una preocupación inflacionaria fundamental.
Y ahí aparece nuevamente la idea central de “El mundo en guerra”.
Un ataque contra una instalación nuclear en Irán puede provocar una respuesta sobre una base estadounidense.
Esa respuesta puede restringir Ormuz.
Ormuz puede elevar el precio del petróleo.
El petróleo puede aumentar la inflación.
La inflación puede llevar a los bancos centrales a subir tasas.
Y esa decisión termina modificando hipotecas, monedas, bolsas y bonos a miles de kilómetros del campo de batalla.
Eso es lo que vuelve diferente al conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán.
No estamos observando únicamente una guerra por territorio o por una instalación nuclear. Estamos viendo la interacción entre energía, religión, seguridad, proliferación nuclear, rutas comerciales, mercados financieros y rivalidades acumuladas durante más de siete décadas.
La muerte de Mossadegh políticamente en 1953, la Revolución Islámica de 1979, la crisis de los rehenes, el acuerdo nuclear, la salida de Trump, el asesinato de Soleimani, los ataques directos de 2024, la guerra de los 12 días y la confrontación actual no son episodios independientes.
Son capítulos de una misma escalada.
Y quizá esa sea la advertencia de “El mundo en guerra III”:
Cuando una rivalidad sobrevive durante generaciones sin encontrar un equilibrio político sostenible, cada tregua corre el riesgo de convertirse simplemente en el intervalo antes de la siguiente guerra.