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Primer diagnóstico político-electoral:

Por José Alfredo Inzunza Valenzuela, especialista en estudios electorales y políticas públicas.

Culiacan, Sinaloa a 28 de agosto de 2026.

El punto de partida para las elecciones de gobernador en Sinaloa 2027 es una elección con un partido gobernante fuerte, una oposición fragmentada y un contexto de seguridad muy delicado.

Si los candidatos son los que se en estos momentos se mencionan —Imelda Castro Castro por Morena, PT y Partido Verde; Paloma Sánchez por el PRI; Paola Garate por el PAN; Sergio Esquer por Movimiento Ciudadano, y Robespierre Lizárraga por el Partido Sinaloense—, la configuración favorece claramente a la coalición encabezada por Morena.

En primer lugar, Morena llega con la ventaja de gobernar Sinaloa desde 2021, con Rubén Rocha Moya (actualmente con licencia indefinida) y de tener detrás el respaldo del gobierno federal. Además, en 2027 habrá elecciones federales intermedias, lo que tiende a nacionalizar la contienda. Si la presidenta Claudia Sheinbaum mantiene una aprobación cercana o superior al 60 por ciento, como ocurre hoy en la mayoría de las encuestas nacionales, eso le da a Imelda Castro un piso electoral alto. Los programas sociales, la estructura territorial de Morena y el voto duro del partido en zonas rurales y populares son un activo considerable.

Sin embargo, no todo es favorable. Sinaloa atraviesa desde 2024 una crisis de violencia muy grave por la fractura interna del Cártel de Sinaloa, con enfrentamientos armados, homicidios, desapariciones y una sensación de inseguridad altísima en ciudades como Culiacán, Mazatlán y Los Mochis. El gobernador Rocha Moya fue y sigue siendo cuestionado por su manejo de la seguridad y por presuntos vínculos de su entorno con grupos criminales. Ese desgaste puede restarle votos a Morena, sobre todo en sectores urbanos de clase media que antes no simpatizaban con el partido, pero que ahora podrían castigarlo con más fuerza.

La gran ventaja de Imelda Castro es la marca Morena y el aparato estatal y federal. Su principal debilidad es que no es una figura especialmente carismática ni con arraigo masivo en todos los municipios; su perfil es más legislativo que ejecutivo.

Pero en una elección con voto nacionalizado, el sello partidista suele pesar más que la personalidad del candidato. Si logra mantener la unidad interna de Morena y no se le desgaja una parte importante hacia el PAS u otro partido político,tendrá el camino despejado.

Del lado opositor, el problema central es la división. En 2021, el PRI y el PAN fueron juntos con el PRD y aun así perdieron por más de veinte puntos frente a Morena y el PAS. Ahora, si van por separado PRI, PAN y Movimiento Ciudadano, el voto anti-Morena se fragmentará en tres o cuatro canales. Esto hace casi imposible que alguno de ellos alcance a la candidata oficialista.

Paloma Sánchez, del PRI, puede capturar el voto priista tradicional y parte del voto de castigo, pero su partido está muy debilitado en Sinaloa y en todo el país.

Paola Garate, del PAN, competirá por el mismo electorado urbano, de clase media y empresarial, pero sin una alianza formal con el PRI su techo es limitado.

Sergio Esquer, de Movimiento Ciudadano, puede quitarle votos jóvenes y urbanos tanto a Morena como a la oposición tradicional, pero MC no tiene en Sinaloa una estructura territorial comparable a la de Morena ni una base electoral consolidada en las zonas rurales.

El caso del PAS es particular. Se trata de un partido local con historia y arraigo en algunos municipios, pero en los últimos años ha estado aliado con Morena. La muerte violenta de Héctor Melesio Cuén, líder histórico del PAS, y las tensiones internas han debilitado al partido. Robespierre Lizárraga es una incógnita: podría restarle votos a Morena en ciertas regiones si logra presentarse como una opción local creíble, pero también podría ser visto como un satélite del oficialismo. Su presencia separada en la boleta no necesariamente beneficia a la oposición, porque divide aún más el voto no morenista.

Pronóstico base:

Si la elección se celebrara hoy con esos candidatos y sin alianzas posteriores, el resultado más probable es una victoria cómoda de Imelda Castro Castro y la coalición Morena-PT-Partido Verde. En términos numéricos, eso se traduciría en un rango de entre 45 y 52 por ciento de la votación total.

El segundo lugar lo disputarían el PRI y el PAN, pero con cifras modestas: el PRI podría obtener entre 17 y 23 por ciento; el PAN, entre 10 y 16 por ciento.

Movimiento Ciudadano se movería entre 7 y 12 por ciento, y el PAS entre 5 y 9 por ciento.

Con esos números, la distancia entre el primer y segundo lugar sería de veinte puntos o más, lo que haría muy difícil una sorpresa. La participación probable estaría entre 52 y 58 por ciento, dependiendo de qué tan intensa sea la violencia y del clima de miedo en las semanas previas.

Escenarios alternativos y riesgos:

Existen al menos tres escenarios que podrían modificar este pronóstico.

El primero es un agravamiento severo de la crisis de seguridad con hechos de alto impacto cerca de la elección. Si la violencia se desborda y el gobierno estatal aparece claramente rebasado, el voto de castigo podría crecer y castigar a Morena con más fuerza. En ese caso, Imelda Castro podría bajar a un rango de 37 a 42 por ciento. Aun así, ganaría si la oposición sigue dividida, pero el margen se reduciría peligrosamente.

El segundo escenario es el voto útil opositor. Aunque no haya alianza formal, los electores anti-Morena podrían concentrarse espontáneamente en quien perciban como el candidato con más posibilidades, probablemente Paloma Sánchez o Paola Garate. Si una de ellas logra despegarse como la única alternativa real y las demás se desploman, la elección podría cerrarse. En ese caso, Morena podría ganar con 38 a 42 por ciento y la oposición más fuerte acercarse a 35-40 por ciento. No sería imposible una derrota oficialista, pero hoy no es lo más probable.

El tercer escenario es la irrupción real del PAS. Si Robespierre Lizárraga logra capitalizar el descontento local, el arraigo del partido y el desgaste de Morena, podría quitarle entre 8 y 12 puntos al oficialismo en zonas rurales, sindicales y universitarias. Eso no le daría el triunfo al PAS, pero sí podría reducir la ventaja de Morena y hacer la elección más cerrada.

A todo esto hay que sumarle los riesgos estructurales de Sinaloa: la intervención del crimen organizado en la política local, la compra y coacción del voto, la violencia contra candidatos y operadores, y el clima de miedo que puede deprimir la participación. Una participación baja no necesariamente perjudica a Morena, porque su voto duro suele movilizarse mejor gracias a los programas sociales y a su estructura territorial. Por eso, una elección con miedo no cambia automáticamente el resultado, pero sí ensucia el proceso y lo vuelve impredecible.

Conclusión:

Con los candidatos planteados, el escenario más probable es que Imelda Castro Castro gane la gubernatura de Sinaloa en 2027 con una votación de entre 45 y 50 por ciento, aprovechando la fuerza de la marca Morena, el respaldo federal y, sobre todo, la fragmentación de la oposición. El PRI, el PAN, Movimiento Ciudadano y el PAS irían por separado, repartiéndose un voto anti-Morena que en conjunto podría ser competitivo, pero que dividido no alcanza para ganar.

La única forma de que este pronóstico cambie de manera sustancial es que la crisis de seguridad se convierta en un tsunami electoral y que la oposición logre, formal o informalmente, concentrar el voto útil en una sola candidatura. Si eso no ocurre, Morena tiene hoy todas las condiciones para retener Sinaloa con relativa comodidad.

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Por elpiripituchi

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