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Por Alfredo Inzunza.

América Latina vuelve a cambiar de color.

Después de una década marcada por el avance de gobiernos de izquierda y centroizquierda, buena parte de la región experimenta nuevamente un giro hacia posiciones conservadoras, liberales o de derecha. Argentina tiene a Javier Milei; Chile a José Antonio Kast; Ecuador a Daniel Noboa y Colombia acaba de cambiar de orientación política. Mientras tanto, Brasil se prepara para una elección presidencial decisiva en octubre de 2026.

Pero detrás de esta transformación electoral existe una pregunta mucho más profunda:

¿Estamos simplemente ante un nuevo giro del péndulo político latinoamericano o ante una reconfiguración geopolítica del hemisferio bajo la segunda presidencia de Donald Trump?

Las palabras izquierda y derecha nacieron durante la Revolución Francesa, pero en América Latina adquirieron características propias. La izquierda suele asociarse con mayor intervención estatal, redistribución y políticas sociales; la derecha, con mercado, propiedad privada, seguridad, disciplina fiscal y posiciones conservadoras.

Sin embargo, el elector latinoamericano difícilmente cabe en esas categorías.

La región parece estar votando, cada vez más, contra aquello que considera que fracasó.

El regreso de la derecha.

Argentina representa quizá el caso más contundente. Javier Milei llegó al poder prometiendo una ruptura con décadas de política económica tradicional y rápidamente se convirtió en uno de los aliados más cercanos de Donald Trump en América Latina.

Chile siguió una trayectoria distinta, pero igualmente significativa. Después del gobierno de Gabriel Boric, José Antonio Kast asumió la Presidencia con un discurso centrado en seguridad, inmigración y orden.

Ecuador, bajo Daniel Noboa, también ha profundizado una estrategia de seguridad y cooperación con Washington.

Colombia representa otro movimiento trascendental. Después de cuatro años de Gustavo Petro, uno de los principales referentes de la izquierda latinoamericana, el país cambió nuevamente de orientación.

El mapa regional, por tanto, comienza a adquirir una tonalidad distinta.

Pero sería equivocado hablar de una América Latina completamente derechizada.

México y Uruguay: la otra cara del péndulo.

México constituye una de las principales excepciones. En 2024, el electorado decidió mantener el proyecto político de Morena con la elección de Claudia Sheinbaum.

Uruguay también representa el movimiento contrario: después de cinco años de gobierno de centroderecha, el Frente Amplio regresó al poder con Yamandú Orsi en 2025.

Mientras algunos países giran hacia la derecha, otros mantienen o recuperan gobiernos de izquierda.

Por eso quizá el fenómeno no sea una “ola de derecha”, sino algo más complejo:

Un péndulo político que se mueve constantemente en búsqueda de resultados.

La variable Trump.

Aquí aparece el elemento geopolítico.

Una coincidencia resulta difícil de ignorar: varios de los gobiernos latinoamericanos que han girado hacia la derecha mantienen relaciones particularmente estrechas con Washington.

Milei ha construido una relación cercana con Trump. Ecuador ha profundizado su cooperación con Estados Unidos y Chile y Colombia también buscan fortalecer sus vínculos estratégicos con Washington.

Esto no significa que Estados Unidos esté provocando esos cambios electorales.

No existe fundamento suficiente para afirmar semejante cosa.

Pero sí existe una oportunidad geopolítica para Washington.

Donald Trump ha recuperado un lenguaje mucho más cercano a la tradición de la Doctrina Monroe, reclamando una mayor preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental.

De ahí surge el concepto de “Doctrina Donroe”, utilizado para describir una posible reinterpretación trumpista de la doctrina Monroe.

La lógica es sencilla: Estados Unidos busca reducir la presencia estratégica de potencias extrarregionales —particularmente China—, fortalecer cadenas de suministro, controlar riesgos de seguridad y consolidar su influencia económica y política en América.

Y aquí surge la verdadera interrogante:

¿La nueva derecha latinoamericana está encontrando un ecosistema geopolítico favorable en Washington?

Brasil será la prueba definitiva.

La elección brasileña de octubre de 2026 puede convertirse en el acontecimiento político más importante del año para América Latina.

Luiz Inácio Lula da Silva ha manifestado su intención de buscar la reelección para un cuarto mandato. Frente a él se encuentra nuevamente el espacio político asociado al bolsonarismo.

Brasil no es cualquier país.

Es la mayor economía latinoamericana, miembro de los BRICS, potencia agrícola, energética y minera, y uno de los principales socios comerciales de China.

Si Brasil gira hacia la derecha, el mapa político continental cambiaría radicalmente.

Si Lula permanece en el poder, la izquierda conservará uno de sus principales bastiones y Brasil podría convertirse en un contrapeso frente a la arquitectura hemisférica promovida por Washington.

México tendrá que navegar entre dos potencias.

México representa un caso particularmente importante.

Aunque mantiene un gobierno identificado con la izquierda, su relación con Estados Unidos es estructural. Comercio, migración, seguridad, energía, inversión y el T-MEC obligan a mantener una relación pragmática con Washington.

El desafío mexicano será precisamente ese:

Mantener una relación estratégica con Estados Unidos sin convertir la interdependencia en dependencia.

Porque la nueva disputa latinoamericana no será únicamente ideológica.

Será también económica y geopolítica.

Washington y Beijing compiten por influencia, mercados, minerales estratégicos, infraestructura, tecnología y cadenas de suministro.

América Latina se encuentra en medio de esa competencia.

Por eso, quizá la pregunta correcta no sea si América Latina está girando hacia la derecha.

La pregunta verdaderamente importante es:

¿Estamos presenciando el nacimiento de una nueva América Latina bajo la “Doctrina Donroe”?

Las elecciones brasileñas podrían ofrecernos una de las primeras respuestas.

Porque la batalla del siglo XXI en América Latina podría dejar de ser exclusivamente entre izquierda y derecha.

Podría convertirse en una disputa mucho más profunda:

¿Quién tendrá la capacidad de definir las reglas del nuevo orden latinoamericano?

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Por elpiripituchi

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