
Entre Veredas
Marco Antonio Lizárraga
“Las grandes verdades no suelen decirse hablando”, María Zambrano
¿LOS ELEGIDOS?
Hay procesos políticos que comienzan el día de la elección. Hay otros que se definen mucho antes, cuando todavía no existen candidatos, campañas constitucionales ni boletas electorales. En Morena, esa definición suele ocurrir dentro del propio movimiento, y Sinaloa acaba de entrar a ese momento.
La reunión convocada por la Comisión Nacional de Elecciones con los trece aspirantes a la Coordinación Estatal para la Defensa de la Cuarta Transformación marca mucho más que una etapa administrativa. Representa el momento en que la política territorial deja paso a la política estratégica; cuando los recorridos concluyen y comienza la evaluación del poder real de cada uno de los proyectos.
Hasta hace apenas unas semanas, la conversación giraba alrededor de quién visitaba más municipios, quién reunía más simpatizantes, quién aparecía con mayor frecuencia en redes sociales o quién lograba construir una narrativa más sólida. Hoy la pregunta cambió por completo. La interrogante ya no es quién recorrió más, sino quién convenció más.
Ese cambio de escenario convierte la reunión en la Ciudad de México en uno de los acontecimientos políticos más relevantes del año para Sinaloa.
No porque ahí vaya a elegirse al próximo candidato a gobernador. Todavía no. Pero sí porque ahí comenzará a cerrarse el embudo de una competencia que inició con trece aspirantes y que deberá reducirse a solamente seis perfiles.
Y en política, el primer filtro suele ser el más revelador.
Durante poco más de un mes, Morena permitió algo que hasta hace algunos años parecía impensable dentro de la cultura política mexicana: una competencia abierta entre figuras del mismo movimiento. Senadores, diputados federales, diputados locales, alcaldes con licencia, dirigentes partidistas, funcionarios y operadores políticos recorrieron el estado defendiendo una misma causa, pero representando proyectos distintos.
Eso, por sí mismo, ya habla de una transformación.
Durante décadas, los partidos políticos resolvían sus candidaturas mediante decisiones prácticamente unipersonales. Las negociaciones ocurrían detrás de las puertas cerradas y las militancias conocían al candidato cuando éste ya había sido definido.
Morena intentó construir otro modelo.
No exento de críticas, por supuesto, pero distinto.
La figura de la Coordinación para la Defensa de la Transformación sustituyó las precampañas tradicionales por recorridos políticos en los que cada aspirante buscó demostrar capacidad de organización, presencia territorial, cercanía con la militancia y liderazgo social.
En Sinaloa, además, ocurrió un fenómeno particularmente interesante.
Cada aspirante entendió que ya no bastaba con tener una estructura política.
Había que construir una narrativa.
Y ahí comenzaron a aparecer perfiles claramente diferenciados.
Hubo quienes hicieron del relevo generacional su principal bandera. Otros apostaron por la experiencia administrativa como garantía de gobernabilidad. Algunos hablaron de unidad; otros de continuidad; varios insistieron en la reconciliación política; mientras unos privilegiaron el contacto con la militancia, otros buscaron acercarse a sectores productivos, organizaciones sociales o liderazgos regionales.
Más allá de simpatías personales, el proceso dejó una conclusión evidente: Morena ya no es un partido donde todos piensan igual.
Es un movimiento donde conviven distintas corrientes, generaciones, estilos de hacer política e incluso diferentes visiones sobre cómo debe construirse el futuro del estado.
Y esa pluralidad, lejos de ser una debilidad, también representa uno de sus principales desafíos.
Porque administrar la diversidad siempre resulta más complejo que administrar la disciplina.
Ahora bien, la reunión en la Ciudad de México cambia completamente las reglas del juego.
Hasta ayer, el éxito podía medirse por fotografías, recorridos, eventos o capacidad de movilización.
Desde hoy, esos elementos solamente forman parte del expediente.
La decisión comienza a depender de otros factores.
Competitividad.
Nivel de conocimiento.
Aceptación social.
Capacidad para unificar al movimiento.
Representación territorial.
Equilibrio político.
Paridad.
Viabilidad electoral.
Es decir, la política deja de medirse únicamente por lo que ocurre en las plazas públicas y comienza a evaluarse desde una perspectiva nacional.
Por eso el primer recorte será mucho más importante de lo que parece.
Los seis nombres que permanezcan en la contienda enviarán un mensaje que irá mucho más allá de la lista misma.
Dirán qué tipo de liderazgo quiere impulsar Morena.
Mostrarán qué regiones del estado mantienen mayor peso político.
Permitirán entender qué perfiles lograron trascender sus grupos internos.
Y, sobre todo, revelarán cuál es la lectura que la dirigencia nacional tiene sobre Sinaloa.
Hay otro elemento que pocas veces se analiza.
Quienes no avancen tampoco desaparecerán del mapa político.
Por el contrario.
A partir del momento en que concluya esta etapa comenzará una intensa operación de reacomodos.
Cada estructura territorial.
Cada liderazgo municipal.
Cada operador político.
Cada grupo regional.
Comenzará a convertirse en pieza de negociación.
Porque ninguna campaña competitiva puede construirse únicamente con quien resulte ganador.
Necesitará sumar a quienes hoy compiten.
Esa quizá sea la prueba más importante para Morena.
No demostrar que sabe competir.
Sino demostrar que sabe volver a unirse después de competir.
Hasta ahora, el proceso ha transcurrido sin fracturas públicas de gran dimensión.
Ha existido competencia.
Ha existido promoción personal.
Ha existido disputa por posicionamiento.
Pero no se ha observado una confrontación interna que comprometa la estabilidad del movimiento.
Mantener esa condición después del primer recorte será el verdadero examen.
Porque las encuestas podrán medir preferencias.
Los recorridos podrán contabilizar asistentes.
Las redes sociales podrán registrar millones de visualizaciones.
Pero ninguna de esas variables garantiza la cohesión política.
Y la historia reciente demuestra que las elecciones no solamente las gana quien llega más fuerte.
También las pierde quien llega dividido.
Por eso, quizá la noticia más importante de esta semana no sea conocer los seis nombres que continuarán en la competencia.
La noticia será observar la reacción de los siete que quedarán fuera.
Ahí comenzará a escribirse la siguiente página de la política sinaloense.
Porque, aunque formalmente todavía no exista un candidato, el proceso para definir al próximo gobernador de Sinaloa ya entró en su etapa decisiva.
Y como ocurre siempre en política, las decisiones que más cambian el rumbo de una elección suelen tomarse mucho antes de que los ciudadanos acudan a las urnas.
