
Guadalupe Robles
Siete pecados de un partido de oposición
La avaricia de sus pequeñas élites. Cuando no hay buenos números ni perspectivas electorales, las élites partidistas suelen ser medrosas y voraces. Todo lo diseñan para seguir ocupando los cargos que se ganan en una lista; es decir, sin ir a pelear el voto a la calle. Son élites bravuconas contra el gobierno, pero solo en sus declaraciones. Con eso creen que cumplen con su militancia. Convocan una y otra vez a conferencias de prensa como si ahí estuvieran los votos. Son esas élites de miras cortas y personales. Las que asfixian la movilidad de los partidos. A esas élites les conviene que su partido sea chiquito. Así tienen más poder con los suyos.
La falta de imaginación. La imaginación siempre será el motor del cambio político. La política necesita nuevas miradas. Ideas renovadas. La oposición no puede ser un catecismo de quejas y lamentos. De repeticiones. De reproches al electorado por supuestamente no saber votar. Ningún pasado es inocente o virtuoso. Nunca digan que fueron mejores. Mejor digan que han aprendido la lección. El electorado no vive de sus nostalgias. Le importa el presente. Ya no compra los futuros que les ofrecen.
La secreta resignación. La resignación siempre implica de alguna manera una pereza. Una pereza calculada. Hay líderes de partido que se sienten cómodos perdiendo elecciones porque finalmente ellos salen ganando. Pasa frecuentemente en las oposiciones, principalmente en las oposiciones pequeñas. Los dirigentes no hacen gran cosa por reinventarse y seguir buscando la victoria. Todo se vuelve cálculo. Todo se vuelve resignación. Y en muchos casos, acuerdos con el régimen que dicen combatir.
Su lejanía con las causas. En política siempre hay causas huérfanas. Están ahí esperando una respuesta, pero pocos partidos de oposición las lideran en forma. La respuesta y solidaridad a un problema lo sustituye el rollo partidista. Y es comprensible: es más cómodo el acto burocrático o las declaraciones para las redes sociales, que el estar ahí en la calle buscando resolver problemas. Encabezar causas implica involucrarse, escuchar a los que luchan, presionar al gobierno. Abandonar la comodidad de la vida partidista.
La repetición de fórmulas fracasadas. Existe muy poca autocrítica en los partidos de oposición. Nunca hay una reflexión posterior a una derrota. Se resignan sin más, y no hay consecuencias. Cuando se acercan de nuevo los tiempos electorales, simplemente vuelven a aplicar las mismas estrategias y fórmulas políticas que los hicieron perder. Lo que sí aumenta y mejora, es la voracidad de las dirigencias para quedarse con los pocos cargos que consiguen.
La insistencia en el mismo discurso. El discurso es el mensaje y la acción. Vivimos la época de la palabra clara. Concisa. La gente no quiere lo mismo de siempre. Las palabras de tanto repetirse, cansan. Si bien en política hay que insistir con el mensaje, también hay que modificar. Este es un mundo hambriento de novedad. La gente se aburre con el mismo discurso de siempre.
La ilusión del candidato perfecto. La oposición débil, siempre espera a un candidato perfecto: carismático, inteligente, honesto y que mueva las masas. Que pueda encabezar una gran alianza opositora. Y que caiga del cielo. Construir un buen candidato es un trabajo fundamental de los partidos de oposición. Pero no: viven actualmente en el limbo.
