Dr. José Antonio Quintero Contreras

En septiembre de 1796, cuando la joven república estadounidense apenas aprendía a caminar sin la tutela de una corona, George Washington anunció que no buscaría un tercer mandato. No habló desde una tribuna, dirigió al pueblo una carta pública, su célebre Farewell Address. Aquel documento fue el testamento político de un hombre que comprendió que la libertad rara vez se pierde de golpe; suele extinguirse mediante concesiones sucesivas, pasiones toleradas y abusos que, al repetirse, adquieren apariencia de normalidad. Washington temía, sobre todo, que el espíritu de facción volviera extraños entre sí a quienes debían permanecer unidos por afecto fraternal.

México haría bien en leer aquella cartano como reliquia extranjera, sino como espejo severo. Las repúblicas suelen destruirse primero desde su interior. Antes de que desaparezcan sus libertades, se erosiona el respeto a la ley; antes de que se concentre formalmente el poder, se convence a la sociedad de que los contrapesos son estorbos, la crítica es traición y la pluralidad un privilegio de los adversarios.

El partido gobernante ha hecho del hiperpartidismo algo más que una estrategia electoral, lo ha convertido en gramática del poder. México es descrito como una nación dividida entre los moralmente legítimos y los políticamente impuros; entre “el pueblo” —administrado como patrimonio discursivo— y quienes son arrojados al destierro verbal de los conservadores, corruptos o enemigos de la transformación. En esa lógica, el ciudadano deja de ser ciudadano para convertirse en adepto o sospechoso; la discrepancia deja de ser función democrática y pasa a considerarse afrenta contra la voluntad popular.

La victoria en la más reciente elección presidencial otorgó al gobierno una legitimidad democrática que debe reconocerse. Pero ninguna mayoría, por extensa que sea, recibe en las urnas escritura de propiedad sobre la República. La democracia concede mandato; no concede infalibilidad. Autoriza a gobernar, no a reducir la Constitución a instrumento de una sola causa.

Washington comprendía que el peligro no estaba en la existencia de partidos, sino en el dominio del “espíritu de partido”, esa fiebre que subordina la verdad a la consigna, la institución al movimiento y el interés nacional al triunfo de una facción. México padece hoy ese mal. La conversación pública se ha empobrecido hasta convertirse en plebiscito cotidiano de lealtades. Los datos importan menos que su procedencia; la corrupción indigna o se disculpa según el color de quien la comete; la ley se invoca contra el adversario y se interpreta con indulgencia cuando limita al aliado.

La concentración progresiva del poder casi nunca se presenta como confesión autoritaria. Se anuncia como eficacia, depuración, austeridad, justicia popular o cumplimiento de una misión histórica. Cada contrapeso disminuido es descrito como obstáculo removido;cada institución debilitada, como privilegio abolido; cada voz incómoda, como vestigio del pasado. La fuerza legislativa del oficialismo ha sido extraordinaria, y la asignación de escaños abrió un debate sobre representación, pluralismo y sobrerrepresentación; incluso dentro del órgano electoral hubo posiciones contrapuestas acerca de si la integración reflejaba adecuadamente la diversidad expresada en las urnas.

Aquí cobra especial relevancia una de las advertencias más severas de Washington, una violación a la Constitución puede parecer útil cuando favorece nuestros propósitos, pero el poder extraordinario que hoy celebramos en manos de nuestros aliados puede convertirse mañana en instrumento de abuso en manos de nuestros adversarios. Por ello, las instituciones no deben construirse pensando en quién gobierna actualmente, sino en limitar a cualquiera que llegue al poder. La verdadera convicción democrática se demuestra cuando defendemos para el contrario las mismas reglas, garantías y contrapesos que exigimos para nosotros.

También la opinión pública desinformada constituye una amenaza.Una sociedad expuesta diariamente a propaganda presentada como información, a estadísticas sin contexto y a descalificaciones emitidas desde el poder pierde gradualmente la capacidad de deliberar.Cuando gobernar significa narrar y narrar significa dividir, los problemas dejan de resolverse y comienzan a administrarse como símbolos. La seguridad, la salud, la educación o la economía ya no se evalúan por sus resultados, sino por su utilidad dentro del relato oficial.

A ello se suma la corrupción, que no desaparece al cambiar de siglas ni se purifica mediante proclamaciones morales. Prospera donde la lealtad sustituye a la vigilancia, donde los órganos fiscalizadores se debilitan y donde la crítica interna se castiga como deserción. El gobernante que se atribuye superioridad moral puede terminar creyendo que sus fines justifican procedimientos que condenaría en cualquier otro.

Washington advertía también contra la deuda irresponsable y la injusticia de trasladar a la posteridad las cargas del presente. El crecimiento de las obligaciones públicas no significa por sí solo insolvencia, pero obliga a discutir déficits, compromisos permanentes, rentabilidad del gasto y responsabilidad intergeneracional. Endeudarse para ampliar capacidades productivas no es lo mismo que hacerlo para conservar adhesiones políticas; gastar para el porvenir no es igual que hipotecarlo.

La tiranía, según la lección de Washington, no siempre llega mediante un golpe de Estado ni se anuncia con soldados en las calles. Puede avanzar lentamente, cuando una sociedad, agotada por la confrontación, comienza a aceptar la concentración del poder como remedio para sus problemas. Surge cuando se justifican en el gobierno propio los abusos que se condenaban en el adversario; cuando la crítica se presenta como traición, el silencio como unidad y la obediencia como gobernabilidad. Para entonces, la libertad puede haberse debilitado mucho antes de que la ciudadanía advierta que la está perdiendo.

México no necesita un gobierno débil, pero sí un poder limitado por la ley; no necesita unanimidad, sino convivencia constitucional. La Nación es anterior a cualquier partido y sobrevivirá a todos. Gobernar la República exige recordar que también pertenecen a México quienes no votaron por el partido gobernante, quienes lo critican y quienes rechazan su proyecto.

La lección final de Washington consiste en mostrar que el poder alcanza su mayor dignidad cuando sabe contenerse. Un movimiento puede ganar una elección; sólo la moderación, la legalidad y el respeto a la pluralidad pueden conservar una república. Cuando el partido se coloca por encima de la patria, comienza la decadencia. Cuando la Constitución vuelve a estar por encima del partido, comienza la reconstrucción.

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Por elpiripituchi

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