
Sin acarreo, sin gobierno y sin miedo: La movilización contra la planta de amoniaco en Topolobampo, Ahome, Sinaloa
Columna: “Dardos Políticos”
Por: Rosario Antonio Ramírez
Hay marchas que se llenan con camiones, listas de asistencia y operadores políticos. Y hay marchas que se llenan con ciudadanos. La diferencia salta a la vista.
La movilización contra la planta de amoniaco de GPO, que partió de Los Mochis rumbo a Topolobampo convocada por el colectivo “Aquí No”, logró reunir a cientos de personas sin el respaldo de una estructura gubernamental, sin recursos públicos y sin el llamado de ninguna figura del poder. Fueron ciudadanos caminando porque quisieron, porque creen en una causa y porque están convencidos de que alguien debe escucharlos.
Eso es precisamente lo que más preocupa a cualquier gobierno: la inconformidad auténtica.
Cuando la gente asiste por obligación, por una despensa, por un favor o por temor a perder un beneficio, el resultado es evidente: rostros largos, apatía y ausencia de convicción. Cuando la gente sale por voluntad propia, lo que aparece es fuerza social, organización y determinación.
Y esa inconformidad ya no se limita a la planta de amoniaco.
Sinaloa está convertido en una olla de presión. Los productores agrícolas reclaman precios justos para sus cosechas. Los acuacultores denuncian la competencia desleal derivada de las importaciones masivas de camarón. Miles de usuarios de la CFE protestan por recibos que consideran abusivos y exigen la tarifa 1F. Las carreteras México 15 y la Costera permanecen destruidas, provocando accidentes, pérdidas económicas y muertes. Mientras tanto, la violencia sigue cobrando víctimas y arrebatando la tranquilidad de regiones enteras.
Lo preocupante para las autoridades es que todos estos movimientos tienen algo en común: nacen desde abajo, sin necesidad de que alguien los organice desde el poder.
Sinaloa arde. Arde por el calor, pero también por el hartazgo.
Y mientras los gobiernos se empeñan en presumir inversiones multimillonarias y proyectos industriales, la gente sigue preguntando por qué no existe el mismo entusiasmo para resolver los problemas que afectan todos los días a los sinaloenses.
¿Por qué tanta insistencia en una planta de amoniaco cuando el campo está en crisis?
¿Por qué tanta rapidez para defender inversiones privadas mientras los agricultores siguen esperando soluciones?
¿Por qué se habla de desarrollo cuando miles de familias no pueden pagar la electricidad?
¿Por qué se presume crecimiento económico mientras las carreteras parecen zonas de guerra?
La marcha de este domingo dejó una señal que el gobierno haría mal en ignorar. No fue únicamente una protesta contra una planta industrial. Fue una manifestación de un descontento mucho más profundo.
Porque el grito de “¡Aquí No!” ya dejó de referirse solamente a la planta de amoniaco.
También significa: aquí no al abandono del campo.
Aquí no a los recibos impagables de la CFE.
Aquí no a las importaciones que destruyen la producción nacional.
Aquí no a las carreteras convertidas en trampas mortales.
Aquí no a la indiferencia oficial.
Y cuando los ciudadanos comienzan a sumar agravios, el problema deja de ser una protesta aislada y se convierte en un síntoma de algo mucho más grande: la pérdida de confianza en quienes gobiernan.
La marcha de Los Mochis a Topolobampo dejó una lección política que no debería pasar desapercibida: cuando la gente sale sola, sin camiones, sin lonches y sin presión, el mensaje suele ser mucho más poderoso que cualquier evento oficial.
Eso debería preocupar más que cualquier marcha.
¡Es cuanto!
