
Siete breves crónicas políticas
Guadalupe Robles
- El político en el estadio. Mucho le insistieron de no ir al estadio. Menos cuando el equipo de casa no pasaba por su mejor momento. Pero el político creía ciegamente en las encuestas que mandaba a hacer él mismo y pensó que sus asesores exageraban. Esa tarde de domingo llegó a la segunda entrada del juego. El estadio casi lleno. Y de pronto, algunos aficionados detectaron su presencia y comenzó, como un viento de tormenta, la rechifla y el abucheo. Y luego el grito del desahogo de la masa: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!
- La siesta en el Congreso. Ese día, el diputado se había desvelado en una reunión improvisada con amigos. Se levantó como pudo apenas con tres horas de sueño y llegó a la sesión de la cámara poco después de que había comenzado. La cruda era insoportable. Y para colmo, en el orden del día había veinte puntos por tratar. Votó en tres ocasiones de manera electrónica y por unos minutos no supo más de él. Pero sí las redes sociales, quienes difundieron su fotografía en su curul tomando una siesta envidiable.
- El bache histórico. Los mayores recuerdan cuando en sus juventudes el bache apareció por primera vez, apenas un año después de inaugurada la calle con pavimento. Desde entonces, el bache vuelve cada año. Cada año en que se repite la historia: los vecinos denuncian, el ayuntamiento repara y el bache aparece nuevamente. El bache está entre dos de las avenidas principales de la ciudad. Hoy el presidente municipal impondrá una placa en reconocimiento al bache: “Por su tesón y lealtad a esta heroica ciudad”
- El discurso eterno. Cuenta la leyenda que sucedió aquí, pero lo mismo dicen en cada región del país donde se cuenta. Habla de un político que dio un discurso casi sin fin. Todo empezó en el aniversario del partido. El evento comenzó a las once del día y al orador le pareció bien, hacer un recuento de lo que había sido su partido, de lo que había sido el país y lo que había sido él. Acostumbrados al rollo, los asistentes aguantaron estoicamente la primera hora y luego la segunda. Pero luego, ya no pudieron más y empezó el reclamo. El orador, se cuenta, pareció más motivado y continuó hablando por varias horas más, hasta que escuchó el canto de los gallos a las cuatro de la mañana.
- Los Cafeteros políticos. Eran cinco los de la mesa seis. Siempre puntuales a las ocho. Todos desayunados en casa. Un mal negocio para el pequeño restaurante. Tomaban café cuando había “refil” y fumaban cigarros, uno tras otro. Pasaban horas hablando de política y de política. Especulaban, siempre especulaban. De ahí salieron las grandes reformas, los inesperados nombramientos y el análisis más agudo de las decisiones políticas del país. Todo un oráculo del buen gobierno.
- El chofer indiscreto. Le conocía todo a su jefe: sus maniobras, guaridas y manías. Con quien se juntaba, con quien no quería juntarse y hasta sus arrepentimientos. Tenía la información que nadie de sus colaboradores tenía. Por eso era muy poderoso. No había nadie que le negara algún favor. A cambio, bastaba una sola pregunta para contarlo todo: ¿Cómo van las cosas, Artemio?
- El mesero. Yo le puedo decir a usted quienes de los políticos son más groseros o son más educados. Quienes más tacaños y desprendidos. Quiénes tienen poder y quienes lo han perdido. Ellos no lo saben, pero nosotros sabemos más de ellos de lo que imaginan. Nunca subestimen a los meseros.
