Jesús Octavio Milán Gil

Hay historias que no se escriben con tinta, sino con el pulso acelerado de quienes se atreven a cruzar la línea invisible del miedo.


Hay textos que no se leen: se viven. Y el de Agenda Política de Jorge Luis Telles Salazar sobre su aventura con Pancho Arismendi y Gilberto Zepeda pertenece a esa estirpe rara de crónicas que no solo narran un episodio, sino que revelan una época, una ética y una manera casi heroica de ejercer el periodismo en Sinaloa y en México.

No es una simple anécdota. Es una radiografía del periodismo de riesgo, del periodismo que todavía creía que una cámara, una pluma y una libreta podían desafiar a los poderes más oscuros del país.

Porque lo que intentaron Telles, Arismendi y Zepeda en 1995 no fue solo ir a Badiraguato: fue intentar mirar a los ojos al mito, al origen humano de un personaje que ya empezaba a convertirse en símbolo del poder global.
Ir a La Tuna a entrevistar a doña Consuelo Loera —la madre de Joaquín “El Chapo” Guzmán— semanas después de su primera captura no era un capricho periodístico: era una apuesta histórica. En aquel momento, el narcotráfico ya era una fuerza económica y territorial que disputaba al Estado el control de regiones enteras. En 1995, el Cártel de Sinaloa ya dominaba rutas que movían miles de millones de dólares al año; hoy sabemos que ese imperio llegó a representar, según estudios internacionales, hasta el 1% del PIB mexicano en su momento de mayor expansión.

Pero entonces, cuando el periodismo todavía podía acercarse al abismo sin ser automáticamente silenciado, tres hombres decidieron entrar al corazón del Triángulo Dorado armados solo con un automóvil inadecuado, una cámara, una libreta y una convicción casi suicida: contar lo que nadie más quería o podía contar.
Ese episodio, abortado por un retén de hombres armados que ejercían una autoridad más real que la del propio Estado, es también una metáfora brutal de México:
—¿Traen permiso?
¿Permiso de quién?
Del verdadero poder.
En esa pregunta está resumida la tragedia nacional.
El texto de Telles Salazar es importante no solo por lo que cuenta, sino por lo que revela: una generación de periodistas que convivió, presionó, incomodó y negoció con gobernadores, caciques, militares, empresarios y criminales, cuando el oficio aún tenía dientes. Desde Alfonso G. Calderón hasta Rubén Rocha Moya, la cercanía con el poder político no era complacencia, era campo de batalla.
Ahí están las lecciones de Toledo Corro, los madruguetes de Labastida, las intrigas contra Lauro Díaz Castro, los forcejeos por Renato Vega Alvarado, las rupturas de amistad que definieron el destino político de Sinaloa. Es la memoria viva de un sistema que se movía entre el ritual democrático y el pragmatismo crudo del “dedazo”, la presión mediática y la lealtad personal.
Hoy, cuando México registra más de 160 periodistas asesinados desde el año 2000 y Sinaloa sigue siendo una de las entidades más peligrosas para ejercer el oficio, esta crónica adquiere un valor casi documental. Nos recuerda que hubo un tiempo en que el periodismo no pedía permiso. Se jugaba la vida.
Y sin embargo, lo más poderoso del relato no es el miedo, sino la risa final. La carcajada tellinga de quienes saben que sobrevivieron a algo que pudo haber terminado mal, pero que se transformó en una historia que ahora forma parte del patrimonio invisible del periodismo mexicano.
Porque incluso regresando sin entrevista, regresaron con verdad:
la certeza de que el narco ya había sustituido al Estado en esas tierras,
y que aun así, la mirada del reportero seguía siendo una forma de resistencia.
Las fotografías de Zepeda en el cementerio de Santiago de los Caballeros —los mausoleos de don Neto Álvarez Fonseca— fueron un hallazgo simbólico: el narco no solo construye imperios, también edifica su propia eternidad. Y el periodismo, al documentarlo, lo desenmascara.
Eso es lo que Jorge Luis Telles Salazar nos regala con este texto: memoria, valentía y una lección para las nuevas generaciones.
Que el periodismo no nació para ser cómodo.
Nació para incomodar al poder, aunque ese poder esté armado hasta los dientes.
Pancho Arismendi, Gilberto Zepeda y Jorge Luis Telles Salazar representan una época en la que el periodismo de Sinaloa fue frontera, fue trinchera y fue conciencia.
Y eso, en un país herido por la violencia y la impunidad, sigue siendo un acto de dignidad.
Larga vida a quienes no se rindieron.
Y larga vida al periodismo que todavía se atreve a ir por la terracería.

Por elpiripituchi

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