
Cuando la tarde respira, el agua guarda historias
Vianey Contreras
Cuando el sol empieza a declinar, la presa Eustaquio Buelna se vuelve un pequeño festival sin escenario. Las familias llegan sin prisa, como si la tarde tuviera otro ritmo. Los niños corren tras cometas improvisadas, lanzan piedras al agua solo para ver cómo se dibujan círculos perfectos; ríen fuerte, como si el eco también quisiera jugar.
En el césped, jóvenes recuestan guitarras, comparten pan y sueños, mientras los abuelos observan con serenidad que conoce el valor de solo estar. Hay música que se escapa suave de una bocina; no es fiesta, pero suena a felicidad.
El viento deja olor a tierra fresca y mueve el agua como si respirara. Algunos pescan, otros solo miran cómo el lago abraza el cielo. En la orilla, las voces se mezclan con el color naranja del atardecer y nadie tiene prisa. Porque aquí, más que espejo de agua, hay espejo de vida. Este escenario no siempre fue así. Hasta hace poco, la presa llegaba a almacenar apenas 7.2 por ciento de su capacidad, un signo alarmante de sequía.
Hoy, se recuperó a cerca de 18.7 por ciento, una mejora palpable aunque aún insuficiente para garantizar estabilidad hídrica. Ese pequeño aliento de agua hace posible tardes de risas y escapes breves de la rutina. Pero también recuerda una verdad dura: esta presa, reserva vital para el riego de miles de hectáreas y para el consumo de decenas de miles de personas, sigue siendo frágil.
