
Donde el mar se agota y la tierra respira
Vianey Contreras
Donde el mar se agota y la tierra respira
Donde el mar se agota y la tierra respira
Bajo un cielo encapotado que presagiaba lluvias mortificadas, el técnico agrícola recorrió los surcos resecos de la región del valle y se detuvo ante el rumor que corría en la bahía, los pescadores ya veían regresar al muelle botes vacíos, sin la dorada esperada, sin camarones que tiraran su brillo en las redes. En la zona costera, aguas negras y la pesca desenfrenada habían convertido al estuario en un escenario de derrota. El examen era claro, los manglares que otrora ofrecían refugio a crías de peces se habían reducido a la mitad y los niveles de salinidad trepaban peligrosos.
Un agricultor del municipio apuntó su mirada al campo, donde la siembra invernal comenzaba a perfilarse. El cultivo resistente se perfilaba como la esperanza, pocas lluvias, riego limitado, terrenos urgidos de opciones. En la región del Évora, se anunciaba un repunte en la siembra de cártamo, de unas dos mil hectáreas el ciclo anterior, se esperaba entre cinco y seis mil para el nuevo periodo. Pero esa estimación llevaba peso, los altos costos, los precios bajos, la renta precaria del trabajo agrícola se alzaban como sombras sobre los surcos.
Cerca de allí, un administrador municipal cruzaba los pasillos del Ayuntamiento de Mocorito con gesto grave. En el municipio serrano, la crisis financiera asomaba al final del año. Las arcas decían “ya no hay”, los compromisos crecían y las promesas de inversión quedaban en eco. Las cifras de ocupación lenta, de servicios que se atrasan, de comunidades que rezan por agua, cerraban el telón a una gestión que soñaba con prosperidad. Sin embargo, la vida comunitaria aún mostraba sus matices de celebración y esperanza. En el recinto ferial de la ciudad principal, la exposición comercial arrancaba con música y coronación, con la participación del gremio femenino y la algarabía de los jóvenes. Allí, el comerciante mayorista saludó al visitante y mostró con orgullo los pabellones donde se exponen alimentos, artesanías y tecnología. La feria, aunque consciente de los vientos difíciles, mostraba que no todo era derrota.
El presidente del consejo local de comercio advirtió también que era tiempo de adelantar los aguinaldos para dinamizar la economía regional: que el dinero fluyera antes, que el mercado se activara, que el pequeño negocio respirara frente al panorama incierto. En ese llamado, veían una chispa contra la fatiga del consumo.
En otra parte de la región, un promotor de salud iniciaba la ruta hacia convertir al municipio en “saludable”, caminatas, talleres, énfasis en la prevención. Su equipo visitaba escuelas y centros comunitarios para hacer conciencia de enfermedades silenciosas, de hábitos de vida, de caminar más aunque el terreno fuera árido y el circuito judicial del agua escaso.
Y en la costa, en un poblado de manglares agonizantes, el voluntario del club de leones se detenía junto a una mesa con folletos y medidores de glucosa. Celebraban el día mundial de la diabetes, con charlas y llamados a ambientes laborales que permitieran pausas, autocuidado, dignidad para quienes conviven con la enfermedad. Una enfermera sostuvo un cartel que decía: “Tu trabajo no debe enfermarte más”. Algunos obreros acudieron entre pausa y pausa, se cepillaron los dientes en esa campaña de salud, mientras las olas castigaban la línea costera y los botes volvían vacíos.
El relato encerraba contrastes: en el mar, la vida que huye; en la llanura, la semilla que asoma; en la ciudad, el comercio que busca respiración; en la montaña, la gestión que tensa su última cuerda; en la comunidad, la salud que se convierte en acto de solidaridad. Y en el rostro del técnico, del agrónomo, del administrador, del comerciante, del promotor, del voluntario, se leía la pregunta: ¿podrá este valle, esta bahía, este pueblo, revertir la cuesta? O acaso quedó atrapado entre el salitre, el árido surco, la factura sin pagar y la urgencia de sanar lo que se estaba desmoronando.
