El valle que sigue su lucha

Vianey Contreras

El sol cae con una luz cansada sobre los surcos del valle, ha llegado el fin de semana. En los campos, los hombres se mueven lentos, como si cada paso pesara más que el maíz que ya no germina igual. Las parcelas, antes vivas de verde y murmullos, se han vuelto tierra gris, cuarteada, esperando una lluvia que no llega y un presupuesto que apenas alcanza para nombrarse. El campo, dicen, se está muriendo y, con él, una forma de vida que se aferra al recuerdo de lo que fue.

En las calles de la cabecera, los tractores se han ido apagando uno a uno, sustituidos por el eco de las conversaciones en los cafés donde los productores hacen cuentas que nunca cierran. Se habla del presupuesto federal como quien menciona un espejismo: 640 millones que no bastan para resucitar la tierra. La esperanza se mide en pesos y la deuda en días sin cosecha.

En el mismo pueblo, otros motores rugen distintos, dos patrullas recién llegadas a la estación de policía en Salvador Alvarado brillan bajo el sol como promesa de seguridad. Los agentes posan junto a ellas, orgullosos, aunque saben que la vigilancia no alcanza para todos los rincones donde el miedo hace guardia. En la plaza, la gente observa de lejos con una mezcla de alivio y desconfianza, mientras los niños juegan entre las bancas con una pelota descolorida.

A unas cuadras, el aire huele raro. En Mocorito, el agua sale clara, pero su aroma recuerda que algo está mal. Los vecinos abren las llaves, huelen, se miran unos a otros sin saber si lo que beben es seguro. Dicen que no hay peligro, que es solo un exceso de cloro. Pero la duda se instala en la garganta, igual que el sabor metálico de la incertidumbre. Por los callejones de otra colonia, las sombras se llenan de silencios más tristes. Varias mascotas han caído muertas, y los niños las entierran con flores improvisadas. Se habla de veneno, de maldad sin nombre, se habla de cuidar a las mascotas y las madres piden cuidado, los vecinos susurran advertencias, y el aire se llena de miedo y olor a tierra removida.

Los ejidatarios del serrano municipio Mocorito se preparan para el paso del tren. Los llaman a ponerse al día con sus papeles, a organizarse antes de que el progreso les pase por encima sin detenerse. Algunos ven en los rieles una promesa de futuro; otros, una herida que dividirá sus tierras. En las reuniones, las voces se mezclan entre la emoción y el desvelo.
En el corazón de la ciudad, los bomberos inician una colecta. Los cascos relucen bajo el sol y las manos se extienden pidiendo apoyo. Hay empresarios que se acercan con donaciones, estudiantes que aportan monedas. Dicen que la solidaridad aún respira, aunque a veces lo haga con dificultad.

Los choferes del transporte suburbano esperan pasajeros que ya no llegan. La afluencia cayó a la mitad. Las rutas se alargan y los asientos vacíos se vuelven compañía habitual. En contraste, los comercios del centro anuncian “megarrebajas” con carteles fosforescentes. Hasta 70 % de descuento, gritan las letras. Algunos entran, otros miran desde la banqueta; la economía, como el clima, parece depender de la suerte.
Sobre el malecón, las máquinas reinician su danza. El pavimento nuevo se extiende poco a poco, mientras el río, cansado y silencioso observa el movimiento humano con paciencia de siglos. El agua corre sin saber de presupuestos ni discursos. Los obreros, en cambio, saben que cada tramo completado es una victoria mínima contra el olvido.

Y en las aulas una nueva jefa de educación saluda a los docentes, prometiendo diálogo, trato digno, respeto. Las escuelas rurales celebran aniversarios y los jóvenes hablan de paz y reciclaje. Entre el polvo de los caminos y el ruido de los nuevos proyectos, el valle respira todavía. Herido, sí, pero vivo.
Porque incluso en la fatiga del campo, en el olor incierto del agua o en el ladrido ausente de los perros que ya no están, late una voluntad que no se rinde.
La gente del Évora ha aprendido a resistir sin alardes: sembrando esperanza en tierra dura, levantando patrullas, colectando para bomberos, comprando con descuentos, enseñando a sus hijos que el futuro, aunque incierto, sigue mereciendo ser contado.

Por elpiripituchi

Fundador y Creador del Sitio