Siete confesiones de un político al final del día

Guadalupe Robles

  1. De un desayuno. Ir a un desayunadero político, -es decir un restaurante donde van muchos políticos-, es un fastidio. No te dejan ni comer. Uno se tiene que levantar una y otra vez a saludar a gente que ni conoce, con las frases de siempre: mucho gusto, es un placer, luego nos hablamos, estamos pendientes. Un apretón de manos y un abrazo hipócritamente efusivo: una, dos y tres palmadas en la espalda. Lo que tiene que aguantar uno en la política.
  2. De la primera audiencia en oficina. La oficina poco a poco se va convirtiendo en una cárcel rutinaria, si es que hay alguna que no lo sea. Desde que llega no lo dejan en paz a uno. El secretario particular siempre está al acecho, esperándome para recordarme que mi agenda está llena de gente que tengo que ver y que no quiero ver. Recordarme los pendientes del día, llamada pomposamente agenda. Una agenda de puros problemas.
  3. De la conferencia de prensa. Son un mal moderno. Antes, a puros boletines se manejaba uno. Ahora no. Con eso de las redes sociales, no puede dejar pasar horas porque otro gana el espacio. Uno se ha vuelto esclavo de los medios. Y cuando digo medios me refiero a todos: los de antes y los de ahora. Los tradicionales y los que están desplazando a los tradicionales. Alguien me sugirió que había que imponer agenda y que lo mejor era organizar conferencias de prensa. Mis peores declaraciones y pifias han salido de ahí. Una conferencia es un examen frente a la gente. Y en política no siempre hay tiempo para estudiar tantos temas.
  4. De un presidium. Son como escaparates. Sí: estás ahí como un maniquí. Escuchando presentaciones y discursos aburridos. Sin poderte mover y siempre como poniendo atención a quien habla. Pendiente que no te tomen una foto en mala pose. O que te agarren bostezando o medio dormido. El meme implacable está al acecho. El ridículo es la gran amenaza para cualquier político. Los actos son eternos, por eso cuando le toca hablar a uno se desquita. Habla uno de más. Los políticos se enamoran de su propia voz.
  5. De la supervisión de una obra. No sé qué tan útil es ir a recorrer una carretera en construcción. Tomarse una foto con una pala que apenas si uno sabe agarrar. Cumplir las recomendaciones del fotógrafo: póngase una cachucha, dóblese los puños de la camisa, haga como que está ayudando al trabajador de obras: pose. Pose como todo un gobernante proactivo. Que sabe andar en la calle y que ayuda a los trabajadores a cumplir con su trabajo.
  6. De la quinta reunión en el día. Apenas le da tiempo a uno de revisar las tarjetas que le pasan los asesores. Están ahí los comerciantes del centro de la ciudad. Antes estuvieron maestros, agricultores, diputados, un grupo de ecologistas y líderes de pescadores. Uno sabe desde que comienza la reunión que no hay solución a las demandas que traen. Que no hay presupuesto y que desde el gobierno central no hay apoyo. Pero uno tiene que prometer que va a hacer la lucha para resolver los planteamientos. Y todos salen de la reunión sabiendo que no habrá éxito.
  7. De la cena con empresarios. Llegas a un círculo al que no perteneces. Los empresarios se creen superiores a los políticos y viceversa. Si embargo, hay que cumplir en la cena. Sentarse en la mesa principal igual de incómoda como las demás, con misma comida fría que ofrecen en todas esas cenas de su tipo. Escuchar siempre los mismos reclamos y las mismas peticiones. El tiempo para un político corre muy lento ahí. Bueno, mientras llega el tercer güisqui.

Por elpiripituchi

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