
Por Alfredo Inzunza.
“El mundo en guerra” será una serie dedicada a analizar algunos de los conflictos que están modificando el equilibrio internacional. No solamente quién dispara contra quién, sino qué intereses económicos, territoriales y estratégicos existen detrás de cada guerra; quién financia a cada bando; qué alianzas se fortalecen y, sobre todo, qué significa que el planeta empiece nuevamente a organizar su economía, tecnología y política alrededor de la seguridad y el poder militar.
La primera entrega necesariamente comienza con Rusia y Ucrania. Una guerra que oficialmente escaló el 24 de febrero de 2022, pero cuyos antecedentes inmediatos se remontan, como mínimo, a 2014.
Una guerra que comenzó antes de la invasión.
Después del Euromaidán y de la caída del gobierno de Víktor Yanukóvich, Rusia tomó Crimea y posteriormente incorporó la península a su territorio tras un referéndum no reconocido por Ucrania ni por buena parte de la comunidad internacional. Naciones Unidas reafirmó entonces la integridad territorial ucraniana. Al mismo tiempo comenzaron los enfrentamientos en Donetsk y Luhansk, que los acuerdos de Minsk nunca lograron resolver definitivamente.
Pero detrás del territorio existía una disputa estratégica mucho mayor.
Para Moscú, la progresiva aproximación de Ucrania hacia la Unión Europea y la OTAN implicaba perder influencia sobre un país que Rusia históricamente ha considerado fundamental para su seguridad. Desde la cumbre de Bucarest de 2008, la OTAN había afirmado que Ucrania eventualmente podría incorporarse a la alianza. Rusia interpretó esa posibilidad como una amenaza; Occidente sostuvo que cada país tiene derecho a decidir sus propias alianzas.
Cuando Vladimir Putin ordenó la invasión de 2022, argumentó preocupaciones de seguridad, la situación del Donbás y la expansión occidental. La Asamblea General de la ONU calificó posteriormente la operación como una agresión y exigió la retirada rusa.
Más allá de las justificaciones oficiales, existen intereses estratégicos identificables.
Moscú busca impedir que Ucrania se convierta plenamente en una plataforma militar occidental en su frontera, conservar Crimea, mantener influencia sobre el mar Negro y consolidar los territorios que actualmente ocupa. Serguéi Lavrov continúa defendiendo como condiciones fundamentales una Ucrania neutral y fuera de la OTAN, además de exigir que Occidente reconozca las “realidades sobre el terreno”. Rusia controla aproximadamente una quinta parte del territorio ucraniano.
Ucrania persigue exactamente lo contrario: preservar su existencia como Estado soberano, recuperar territorio ocupado y obtener garantías de seguridad suficientemente fuertes para evitar una nueva invasión.
Por eso encontrar un punto intermedio sigue siendo extraordinariamente difícil.
Ya no combaten solamente Rusia y Ucrania.
La guerra se internacionalizó hace tiempo.
Ucrania depende en gran medida del respaldo financiero, militar y tecnológico occidental. La Unión Europea y sus Estados miembros han movilizado aproximadamente 224,500 millones de euros desde el inicio de la invasión a gran escala; el apoyo militar europeo ronda los 93,000 millones. Solo para 2026-2027, el nuevo esquema europeo contempla decenas de miles de millones adicionales destinados a defensa.
Estados Unidos también ha proporcionado armamento, inteligencia, entrenamiento y asistencia económica durante el conflicto, aunque bajo la actual administración ha aumentado la presión para que Europa asuma una mayor proporción del costo.
Existe además participación de combatientes extranjeros en Ucrania. Kyiv creó la Legión Internacional para incorporar voluntarios de otros países. Moscú suele calificarlos como mercenarios; jurídicamente, sin embargo, un extranjero integrado formalmente a las fuerzas armadas ucranianas no es automáticamente un mercenario. Es una distinción importante. Casos de británicos capturados combatiendo dentro de esa estructura han generado precisamente esa disputa entre Rusia y gobiernos occidentales.
Rusia también internacionalizó su esfuerzo militar, pero de una manera más directa.
Corea del Norte ha enviado tropas y grandes cantidades de munición. Moscú y Pyongyang confirmaron que soldados norcoreanos participaron en operaciones en Kursk. Reuters reportó despliegues acumulados de alrededor de 14,000-15,000 efectivos y posteriormente la llegada de personal vinculado con unidades de misiles norcoreanas. Pyongyang también ha suministrado millones de proyectiles y misiles balísticos.
La guerra ya no puede analizarse simplemente como Rusia contra Ucrania.
Es también una confrontación indirecta entre redes internacionales de apoyo.
La guerra de los drones llega a Moscú.
La tecnología ha transformado además la profundidad del campo de batalla.
El pasado 20 de septiembre, Rusia sufrió el mayor ataque con drones registrado hasta ahora contra la región de Moscú. Las autoridades rusas aseguraron haber derribado más de 1,600 aparatos durante el fin de semana, aproximadamente 450 dirigidos hacia la capital. Tres personas murieron y una importante refinería de Moscú resultó alcanzada.
Un día después, fuentes industriales señalaron que la instalación había suspendido el procesamiento de crudo y que algunas reparaciones podrían tardar semanas.
La lógica de Ucrania parece clara: si no puede derrotar rápidamente a Rusia mediante una guerra convencional, puede incrementar el costo económico del conflicto atacando refinerías, logística e infraestructura lejos del frente.
Rusia aplica una lógica similar mediante ataques continuos contra infraestructura energética, ciudades y objetivos estratégicos ucranianos.
La retaguardia desaparece.
¿Rusia contra Europa?
Quizá el elemento más preocupante sea que Europa comienza a prepararse para un escenario posterior a Ucrania.
Los miembros europeos de la OTAN están incrementando aceleradamente sus presupuestos militares. La alianza acordó una meta de hasta 5% del PIB para defensa y seguridad relacionada hacia 2035. Alemania pretende duplicar su gasto hasta superar los 200,000 millones de euros en 2030; Polonia ya destinaba alrededor de 4.3% de su PIB en 2025.
Europa también está construyendo mayores inventarios de misiles, defensa aérea y drones después de descubrir en Ucrania que las guerras modernas consumen municiones mucho más rápido de lo que sus industrias pueden producirlas.
Y la retórica se ha endurecido.
En diciembre de 2025, Putin aseguró que Rusia no desea una guerra contra Europa, pero añadió que si los europeos iniciaban una confrontación, Moscú estaba preparado y que esa guerra terminaría “rápidamente” para Europa.
Este septiembre, Lavrov acusó al canciller alemán Friedrich Merz de militarizar Alemania y llegó a describir esa política como prácticamente una “declaración de guerra” contra Rusia, declaraciones que Berlín rechaza dentro de una creciente disputa por incidentes con drones y seguridad europea.
Eso no significa que una guerra Rusia-OTAN sea inevitable. Moscú insiste públicamente en que no pretende atacar a Europa, mientras los gobiernos europeos presentan su rearme como disuasión precisamente para evitar ese escenario.
Pero el hecho relevante es que ambas partes ya están pensando en esa posibilidad.
Y quizá ahí encontramos la esencia de esta primera entrega de “El mundo en guerra”.
La guerra de Ucrania comenzó como una disputa sobre fronteras, seguridad, influencia y territorio. Cuatro años después involucra dinero europeo, armamento occidental, soldados norcoreanos, combatientes extranjeros, drones sobre Moscú, industrias militares trabajando a mayor capacidad y gobiernos europeos reconstruyendo ejércitos.
El peligro no es solamente que continúe la guerra.
Es que alrededor de ella se esté construyendo la infraestructura necesaria para la siguiente.
Porque cuando los Estados vuelven a diseñar presupuestos, fábricas, alianzas y sociedades pensando en una eventual guerra, el conflicto deja de ser únicamente una emergencia.
Comienza a convertirse en sistema.
