La paz no tiene partido: lo que dejó la marcha del 13 de septiembre en Culiacán

Por José Alfredo Inzunza Valenzuela, investigador en educación superior y políticas públicas

Ayer domingo 13 de septiembre Culiacán volvió a salir. No por fiesta, no por campaña. Salió por cansancio y por dignidad.

Desde muy temprano, como se había convocado, miles de personas vestidas de blanco se concentraron al pie de La Lomita, después de una misa, para caminar hacia la Catedral en la segunda edición de la movilización “Culiacán, Ponte de Pie”, convocada por organizaciones civiles para pedir seguridad y recuperar la tranquilidad de las familias.

La cita no era casual: se cumplen dos años de la crisis de violencia que estalló en Sinaloa y que tiene a la capital en un estado de dolor permanente, a dos años del rompimiento del Cártel que nos partió la vida cotidiana.

Vi lo que muchos vimos: gente de distintas colonias y comunidades de Culiacán , de la 6 de Enero, de Las Quintas, de Barrancos, de Montebello, del Centro.

Gente que no suele marchar. Vi a madres buscadoras con las fotos de sus hijos en cartulina, a víctimas que caminaban en silencio, a jóvenes, a comerciantes, a familias completas. La marcha partió del templo de La Lomita tras la misa encabezada por el señor obispo Jesús José Herrera Quiñónez y culminó en Catedral con globos blancos por los caídos y desaparecidos, con esa consigna simple que pedían los organizadores: ir de blanco, llevar pancarta si querías, pero con un objetivo común: recuperar la seguridad, la libertad y las calles. 

Eran muchos. La cifra oficial siempre baila, pero en la calle se sentían más de decenas. Entre 30 mil y 50 mil almas según el tramo que te tocó caminar. No importa el número exacto. Importa la composición: era Culiacán ciudadano, no acarreado. Era la ciudad que trabaja y que busca y que espera.

Y por eso mismo dolió ver lo otro.
En algunos puntos del contingente aparecieron mantas que decían “fuera Morena” y se escucharon gritos en ese mismo sentido.

Ahí, en medio de una marcha que había nacido desde la Iglesia, desde los colectivos civiles, desde las madres que no tienen partido porque su único partido es encontrar a sus hijos, se coló la lógica de siempre: la de convertir todo dolor en una disputa electoral.

Entiendo la rabia. Cuando el sábado 12 de septiembre se registraron siete homicidios en Sinaloa según datos federales y cuando la jornada previa dejó hasta 10 asesinatos en el estado, es natural querer gritarle al poder. Y es legítimo exigirle al gobierno en turno, sea del color que sea, que haga su trabajo. Para eso es el poder.

Pero una cosa es exigirle al gobierno y otra muy distinta es secuestrar una marcha por la paz para convertirla en un mitin anti-partido.

Las marchas ciudadanas valen precisamente por lo que no son: no son del PAN, ni del PRI, ni del PAS, ni del MC, ni de SOMOS,ni de Morena. Son de todos y por eso le duelen al poder. En cuanto les pones una etiqueta partidista, las vuelves pequeñas. Les das al gobierno el pretexto perfecto para decir “ah, es la oposición”. Le das a la gente de a pie, a la que dudaba si ir o no por miedo, la razón para no volver la próxima vez. Y sobre todo, le faltas al respeto a las madres buscadoras y a las víctimas, que no están ahí para que nadie capitalice su luto.

Vi a líderes de partidos políticos y de movimientos sociales. Qué bueno que fueron. Pero ojalá hubieran entendido que ahí no iban como líderes, iban como vecinos. Como sinaloenses.

La paz no se marcha con el logo en la camisa. Se marcha con el nombre de tu hijo en el pecho.
Si permitimos que cada marcha por la paz se convierta en un “fuera” quien sea, entonces ya no tendremos marchas por la paz. Tendremos desfiles de tribus. Y mientras nos peleamos por quién grita más fuerte contra un partido, la violencia sigue intacta, porque a la violencia no le importa quién gobierna, le importa que estemos divididos.

Culiacán necesita muchas marchas más como la de hoy. Necesita que la convocatoria siga siendo de la sociedad civil, vestidos de blanco, saliendo de La Lomita a Catedral, pidiendo lo elemental: vivir sin miedo. Si de verdad queremos que nos escuchen, cuidemos lo más valioso que tiene esta movilización: su autenticidad ciudadana.

La paz no es de izquierda ni de derecha. En Culiacán, la paz es de las madres que buscan, de los jóvenes que quieren quedarse y de las 50 mil personas que hoy caminaron sin más bandera que la de volver a casa vivos. No la manchemos.

Por elpiripituchi

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