
Entre Veredas
Marco Antonio Lizárraga
“La historia no se repite si no es en la mente de quien no la conoce”, Khalil Gibran (1883-1931) Ensayista, novelista y poeta libanés.
#ESIMELDA
Al final hubo encuestas.
Hubo recorridos.
Hubo registros, reuniones, estructuras territoriales y una larga lista de nombres que durante meses alimentaron la sucesión sinaloense.
Pero quizá la pregunta nunca fue solamente quién ganaría.
La pregunta era cuándo terminaría formalizándose una definición que desde mucho antes tenía señales.
Imelda Castro Castro siempre estuvo ahí.
No podemos afirmar que existiera desde el principio una decisión tomada. Eso solamente lo sabrán quienes participaron en las negociaciones nacionales.
Pero políticamente había elementos suficientes para entender que Imelda no era una aspirante más.
Tenía trayectoria. Estructura. Conocimiento del estado. Relaciones nacionales. Décadas dentro de la izquierda sinaloense y, principalmente, una condición que terminaría siendo fundamental: podía comunicarse con prácticamente todos los grupos de Morena sin depender completamente de ninguno.
La crisis de Rubén Rocha Moya cambió muchas cosas.
Pero probablemente no cambió ésa.
Más bien aceleró los tiempos y despejó el camino.
Primero el gobierno. Después el proyecto
La secuencia merece atención. Rocha regresó. Palacio Nacional marcó distancia. Volvió a solicitar licencia. El Congreso nombró a Graciela Domínguez Nava gobernadora interina.
Y prácticamente enseguida Morena resolvió su Coordinación Estatal de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional a favor de Imelda Castro. Dos mujeres que habían estado dentro de la conversación sucesoria terminaron colocadas en posiciones distintas.
Graciela gobierna.
Imelda construye el 2027.
Eso permite separar la responsabilidad institucional de la operación electoral.
También evita colocar directamente a la futura candidata en Palacio de Gobierno y cargarla desde ahora con los costos de administrar un estado particularmente complicado.
Graciela tendrá que gobernar. Imelda tendrá que convencer. Y ambas tendrán que entender perfectamente dónde termina una responsabilidad y comienza la otra.
Rocha aceleró una definición, pero no creó a Imelda
Sería un error interpretar que Imelda apareció como consecuencia de la caída política de Rocha.
Su proyecto venía de antes. También su posicionamiento. Lo que hizo la crisis fue modificar el equilibrio alrededor de ella. Imelda comparte historia política con Rocha. Sería absurdo negarlo.
Pero nunca quedó completamente atrapada dentro del rochismo.
Y cuando Claudia Sheinbaum cuestionó el regreso del gobernador, Imelda fijó rápidamente posición: respaldó a la Presidenta y sostuvo que dentro de la Cuarta Transformación no existen proyectos individuales ni intereses personales.
No rompió con Rocha. Tampoco salió a defender su decisión.
Hizo algo políticamente más importante: definió dónde estaba su referencia.
En Palacio Nacional. Y ahí probablemente encontramos una de las claves del nuevo escenario.
El centro de gravedad cambió
Durante buena parte del sexenio, cualquier sucesión sinaloense tenía necesariamente que pasar por Rubén Rocha. Hoy ya no necesariamente. Rocha conserva relaciones, cuadros, estructuras y personajes que le deben buena parte de su carrera política.
Sería ingenuo declararlo políticamente inexistente. Pero tampoco parece conservar la capacidad de ordenar por sí mismo la sucesión. La designación de Imelda permite observar un desplazamiento.
El centro de gravedad de Morena en Sinaloa se acerca mucho más a Claudia Sheinbaum.
Y eso obliga a todos a reacomodarse. A quienes estuvieron con Rocha. A quienes mantuvieron distancia.
Y también a quienes durante estos meses construyeron proyectos propios esperando competir por la candidatura.
¿Y los que “perdieron”?
Aquí comienza realmente la operación política de Imelda. Porque ganar una encuesta puede ser complicado. Integrar a quienes la perdieron puede ser todavía más.
Tere Guerra construyó presencia.
Estrella Palacios recorrió territorio.
Omar López Campos trabajó estructura.
Jesús Alfonso Ibarra levantó un proyecto.
Julio Berdegué apareció dentro de la conversación.
Gerardo Vargas Landeros hizo lo propio.
Y otros participantes también invirtieron tiempo, relaciones y capital político. Ahora todos tendrán que decidir qué hacer con aquello que construyeron. Una fotografía levantando la mano de Imelda servirá para mandar un mensaje.
Pero no será suficiente. La verdadera unidad se conocerá cuando comiencen a distribuirse responsabilidades territoriales y políticas. Ahí veremos quién realmente se incorpora.
Quién conserva estructura propia. Quién obtiene espacios. Quién se repliega. Y quién solamente sonríe para la fotografía.
Vargas merece una lectura aparte
Gerardo Vargas Landeros probablemente protagonizó uno de los movimientos más interesantes de la última etapa. Construyó su narrativa alrededor de paz, seguridad, experiencia y capacidad de gobierno. Y durante la crisis de Rocha fue más lejos que buena parte de los aspirantes.
Mientras otros respaldaron principalmente a Claudia Sheinbaum, Vargas sostuvo abiertamente que la nueva licencia de Rocha era conveniente y que su permanencia estaba causando un costo político.
Lo importante es que ya había expresado una posición similar desde antes. Eso le permitió evitar que su discurso pareciera simplemente una adaptación después del mensaje presidencial.
Ahora viene otra prueba. Vargas reconoció la decisión partidista y se colocó a disposición de Imelda. Habrá que observar qué espacio ocupa.
Porque su estructura y su discurso sobre seguridad pueden resultar útiles para una candidata que inevitablemente tendrá que colocar la recuperación de la paz entre sus principales compromisos.
Pero también habrá que ver hasta dónde existe integración real.
Berdegué y la señal que finalmente no llegó
El caso de Julio Berdegué Sacristán también resulta revelador. Durante las horas de mayor incertidumbre alrededor del relevo de Rocha, su nombre apareció incluso entre quienes podían llegar al Gobierno del Estado.
No ocurrió. Tampoco terminó encabezando la coordinación. Eso permite otra lectura. Si desde el centro se hubiera querido colocar directamente a una figura completamente distinta para reorganizar Sinaloa, Berdegué representaba una posibilidad.
Finalmente se eligió otra fórmula: Graciela para gobernar e Imelda para competir.
Una solución construida con figuras sinaloenses que conocen Morena, sus estructuras y sus contradicciones.
Verde y PT: otra parte de la operación
Hay además un elemento que no debería pasar inadvertido. El proyecto de Imelda no puede construirse pensando exclusivamente en Morena. PVEM y PT serán fundamentales.
Si ambos terminan acompañando su candidatura, Morena llegará a 2027 con una ventaja política importante: habrá resuelto su bloque antes de que la oposición termine de resolver el suyo. Y eso tiene consecuencias.
Porque mientras Morena comienza a concentrarse alrededor de un nombre, enfrente todavía se discute cómo competir. PAN habla de alianzas. PAS busca preservar su peso político. Movimiento Ciudadano construye su propia ruta.
El PRI debate entre identidad partidista y apertura hacia una coalición más amplia. Paola Gárate puso esa discusión sobre la mesa. Paloma Sánchez reivindicó la identidad priista. Erika Sánchez habló de construir coincidencias, pero desde el PRI. Roxana Rubio insiste en una alianza PAN-PAS-MC y eventualmente más amplia.
La diferencia es sencilla: Morena ya tiene un nombre.
La oposición todavía está buscando una fórmula. La oposición ahora tiene adversaria
Eso también cambia la elección. Hasta hace unos días, los opositores podían hablar genéricamente contra Morena, contra Rocha o contra la 4T. Ahora tendrán enfrente una figura específica. Y deberán decidir cómo competir contra ella.
¿Intentarán colocar a Imelda como continuidad del rochismo? Seguramente.
¿Intentará Imelda presentarse como una nueva etapa dentro del mismo proyecto? También.
Ahí puede encontrarse una de las grandes batallas narrativas de 2027. La oposición intentará convertir la elección en una evaluación del sexenio. Morena buscará convertirla en una decisión sobre el futuro. Y en medio estarán los sinaloenses.
La “mochila” de Imelda
Porque tampoco todo son ventajas. Imelda recibe una estructura poderosa. Pero recibe también una “mochila”: Inseguridad. Desapariciones. Víctimas. Crisis económica. Problemas del campo. Negocios afectados. Y el desgaste provocado por el caso Rocha. No puede simplemente deslindarse de todo.
Pertenece al mismo movimiento. Pero tampoco necesita asumir cada decisión del gobierno anterior como propia.
Ahí estará probablemente su principal desafío discursivo: continuidad de la transformación, pero capacidad para corregir.
Si se carga demasiado hacia la continuidad, heredará los negativos. Si intenta romper completamente, terminará cuestionando al mismo movimiento que pretende representar. El equilibrio será complicado.
Y entonces volvemos al principio
Durante meses aparecieron muchos nombres. Unos parecían crecer. Otros recibían respaldos. Algunos recorrieron los 20 municipios. Hubo quienes presumieron estructuras, encuestas, cercanías nacionales y relaciones políticas.
Pero Imelda nunca salió realmente del centro de la conversación. Por eso quizá ahora podemos mirar hacia atrás con otra perspectiva. La crisis de Rocha aceleró. Graciela encontró otra responsabilidad.
Los grupos tuvieron que reacomodarse. Palacio Nacional adquirió mayor peso. Y los demás aspirantes terminaron aceptando una definición.
Pero Imelda siempre estuvo en la ruta. Ahora viene la parte que ninguna encuesta interna puede resolver. Debe integrar a quienes perdieron. Mantener unidos a Morena, Verde y PT. Convivir políticamente con el gobierno de Graciela sin intentar gobernarlo.
Relacionarse con Rocha sin quedar atrapada en su legado. Construir una identidad propia sin romper con la 4T. Y, principalmente, convencer a una sociedad que ha pasado por años particularmente difíciles.
Porque una cosa parece quedar clara después de todo este proceso: Imelda fue la elegida para encabezar el proyecto.
Pero falta la decisión más importante. La que no se toma en Palacio Nacional. Ni en Morena. Ni en una reunión de dirigentes. La que tomarán los sinaloenses en las urnas. Y esa todavía no tiene dueña.
TE VEO VENIR SOLEDAD
Enrique Inzunza Cázarez tomó una decisión que jurídicamente le permite conservar su escaño, pero políticamente lo coloca en el momento más vulnerable de su carrera. No pidió licencia.
Prefirió abandonar la bancada de Morena y continuar como senador independiente. La diferencia parece pequeña. No lo es.
Porque Inzunza conserva su condición de senador y las protecciones constitucionales correspondientes mientras no exista un procedimiento que determine otra cosa.
Pero perdió algo que ningún artículo constitucional garantiza: respaldo político.
Morena había comenzado a marcar distancia. El vocero de los diputados federales del partido, Arturo Ávila, incluso consideró que debía solicitar licencia para enfrentar los señalamientos sin fuero; desde el propio grupo parlamentario también se confirmó que se le había planteado separarse temporalmente del cargo.
Inzunza escogió otro camino. Quedarse. Y defenderse.
Él mismo ha sostenido que actuará de manera independiente y que su determinación busca evitar que su situación personal sea utilizada para cuestionar a la Cuarta Transformación. Pero el costo es evidente.
Hace unos meses tenía gobernador, partido, bancada, estructura política y pertenencia a uno de los grupos más importantes del poder sinaloense. Hoy Rubén Rocha está fuera del Gobierno. Imelda Castro encabeza el proyecto político de Morena rumbo a 2027.
Graciela Domínguez gobierna Sinaloa. Y Enrique Inzunza deberá sentarse en el Senado como independiente. Eso cambia completamente su posición.
No significa que esté jurídicamente derrotado. Tampoco que necesariamente vaya a ser desaforado.
Un desafuero requiere su propio procedimiento constitucional y no ocurre simplemente porque un legislador abandone una bancada, pero si hay algo, hay señalamientos en su contra, la bancada le pidió solicitar licencia, y mejor abandonó el barco
Pero si eventualmente se promoviera y avanzara un procedimiento de esa naturaleza, Inzunza ya no tendría detrás, al menos automáticamente, la maquinaria parlamentaria de Morena obligada políticamente a defenderlo.
Ahí está la diferencia. Inzunza decidió conservar el escaño desde donde pretende enfrentar los señalamientos. Está en su derecho.
Pero al hacerlo rechazando la salida que públicamente le planteaban desde su propio movimiento, también aceptó otra realidad: a partir de ahora, su defensa será fundamentalmente suya.
Y en política, a veces perder una bancada puede resultar casi tan importante como perder un cargo.
Si las cosas se complican para Inzunza, porque el tema del desafuero es más constante, estamos en la antesala que Omar López el otro aspirante a coordinador de Morena por Sinaloa llegue a terminar el periodo que le corresponde como su suplente.
Ojo con eso
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