
Guadalupe Robles
1. La ceguera de la realidad. El exceso del poder produce una ceguera grave de la realidad. La distorsiona. El político construye su propia realidad. A su modo y conveniencia. Termina convencido de que, lo que él ve, es lo que realmente es. Y no hay más. No le interesa -le molestan- las opiniones contrarias. Cualquier crítica o diferencia la ve como un desafío a su poder. Su poder excesivo. Dice la sabiduría popular que no hay más ciego que el que no quiere ver. Y sí.
2. La intolerancia. ¡Qué daño hace a la política el poder en exceso! La política padece una generación de políticos intolerantes. Políticos que no soportan la diferencia o el debate argumentado. El concierto de las ideas. Cuando un político tiene el mando de facto de poderes e instituciones que deberían ser su contrapeso, se siente con el derecho de dictar la realidad sin derecho a réplicas. De hacer sentir que su palabra vale más que la de los demás. La intolerancia es hija del sobrepoder.
3. El desprecio hacia los otros. A los políticos poderosos cada vez les cuesta más convivir con los demás. Subestima a todos: aliados y adversarios. A los de dentro porque piensa que no son nadie sin él; a los de afuera porque piensan que no están a su altura. Ese desprecio hacia los demás es producto de una arrogancia ciega. Y torpe. En el fondo es un desprecio a sí mismo.
4. Los enemigos imaginarios. El político con poder excesivo ve a todos como enemigos. Pero llega el momento en que no sabe distinguir cuáles son los reales y cuáles los imaginarios. Esos que inventa para justificar sus decisiones y criterios. En todo ve fantasmas. Él inventa sus propios enemigos y termina creyéndoselos: comunicadores, académicos, líderes partidistas, empresarios. Hay para todos.
5. La paranoia. Es una patología de la política. Ha estado siempre ahí en la condición humana y es inherente al poder. Entre más ejerce el poder, el político se vuelve más paranoico. Imagina lo que hablan de él en el partido, en el gabinete y hasta en la propia familia. En todo ve asechanzas. Complots. Es un ser agobiado por las sospechas. Las fundamentadas y las que no.
6. La desconfianza extrema. Entre más poder tiene, el político menos confía en nadie. Ve traiciones en todos lo que lo rodean. No confía en sus colaboradores ni en sus amigos. A todo les endilga malas intenciones. La desconfianza se vuelve una pesada loza sobre sus hombros. Tan ingenuo es un político ingenuo, como ingenuo es un político excesivamente desconfiado.
7. La soberbia torpe. Si el político se cree superior a los demás, perderá su ojo crítico, tan indispensable en la política. Un político que no controla su soberbia es un político torpe. Lo es porque jamás aprenderá de sus errores, no podrá advertir las adversidades ni evitar caer en el ridículo. Y no sabrá cuándo ni quiénes se reirán de él a sus espaldas.
