
Guadalupe Robles
La historia también miente. ¿Quién escribe la historia? Dicen que los vencedores, pero no es así de simple. Cada ser humano cree la versión de la historia que le conviene. O al menos la que menos le incomoda. Esa que arrastra relatos de otros que nunca cuestionamos. Así como Odiseo, cada político se enamora de su propia historia. La magnifica. La romantiza. Así como lo hicieron otros. Por eso hay que caer en la cuenta de que la historia también miente.
Sin discurso no hay poder. Aún en situaciones donde lo que se impone es la guerra y sus violencias, las ideas juegan un papel importante para tener aliados; para distraer y asustar a los enemigos; para buscar o conservar el poder. Para tener un fin. Odiseo también es un político. Tiene que convencer, además con su arrojo y valentía, con la palabra. La palabra que también se convierte en espada y escudo. La palabra que convoca y crea, construye realidades. El discurso es el poder.
La realidad siempre será cruel. Sobre todo la realidad del político. Del líder. Del que se aparta del rebaño. Su cargo siempre será asediado por los enemigos, pero también por los amigos. En la realidad del guerrero o el político no hay momento para los sentimentalismos. Ni para los pequeños descuidos: esos que dictan el destino de la historia. Un político tiene que ver lo que es, lo que hay. Y de ahí partir para lo que él desea. Siempre debe así. No al revés.
El poder se padece. Visto desde la distancia, el poder se imagina como un privilegio placentero. Como un bien que se disfruta sin mayores consecuencias. Pero en el poder no hay pausa para el sosiego. Los enemigos nunca duermen. Las circunstancias siempre son adversas y hay que tratar de revertirlas. Esa es la experiencia de quienes tienen o buscan el poder. Los momentos del disfrute del poder son efímeros. Y ni en esos momentos la tensión se va. La esencia del poder se basa en el miedo. Sobre todo en el miedo a perderlo.
La necedad es una virtud. No se puede sobrevivir en la política sin la necedad. La necedad entendida como una convicción con sentido, pero a veces ilógica e irrenunciable. Un político no puede quebrarse a la primera dificultad. Ni retirarse ante la primer derrota. Pero la necedad no puede ser una virtud eterna. La gran decisión del político viene cuando hay que virar el rumbo de la convicción propia. A veces hay que rodear el bosque para llegar al fin.
La nostalgia engaña. No. No todo tiempo pasado fue mejor. Esa idea es uno de los grandes engaños de la humanidad. Las nostalgias son debilidades del espíritu. Un sueño del deber ser. Pero el pasado suele ser espejismo. Autoengaño. El político que se deja vencer por la nostalgia, errará en sus decisiones. En sus ideas. Pensar en una edad de oro anterior a la que se vive, es leer mal lo que ha sido la historia de las sociedades. Odiseo lo entiende en su regreso a Ítaca.
La paciencia es la fortaleza de la política. La paciencia es el gobierno de las pasiones, dijo Séneca. Pero la paciencia no es un acto pasivo para aguantar injusticias o para tener esperas prolongadas. Es la prueba de mayor fortaleza del espíritu. Es levantarse una y otra vez y seguir sin quejas. La paciencia es el escudo sabio de un buen político.
