Screenshot

Entre Veredas
Marco Antonio Lizárraga

“El futuro vendrá de un largo dolor y un largo silencio”, Cesare Pavese (1908-1950) Poeta y novelista italiano

CASOS ENTENDIDOS 

En política suele decirse que los tiempos los marcan las circunstancias, pero los liderazgos los construyen las personas. Morena en Sinaloa vive precisamente uno de esos momentos donde las circunstancias obligan al partido a tomar una decisión que va mucho más allá de elegir quién encabezará la Coordinación Estatal para la Defensa de la Transformación. Lo que realmente está en juego es el tipo de liderazgo que quiere consolidar hacia el 2027 y, probablemente, hacia la siguiente década.

En un primer análisis abordábamos la posibilidad de que Morena optara por un relevo generacional, representado por perfiles jóvenes que han crecido al amparo del movimiento y que hoy buscan asumir un papel protagónico. Sin embargo, sería un error interpretar que esa es la única ruta disponible. Del otro lado existe un grupo de aspirantes cuya principal carta de presentación no es la juventud, sino la experiencia política, la administración pública, la capacidad de negociación y el conocimiento del poder.

No son perfiles improvisados. Tampoco llegaron ayer a la política. Son actores que han transitado por distintos momentos de la vida pública sinaloense y que hoy consideran que esa experiencia puede ser el factor que Morena necesita para enfrentar los retos de los próximos años.

Ahí aparecen nombres como Imelda Castro, María Teresa Guerra Ochoa, Graciela Domínguez Nava, Gerardo Vargas Landeros, Ricardo Madrid Pérez, Fernando García Hernández y Tomás de Jesús López. Cada uno con trayectorias distintas, con historias diferentes y con fortalezas muy particulares, pero todos con un elemento en común: representan el bloque de la experiencia.

La pregunta que inevitablemente surge es si la dirigencia nacional privilegiará ese capital político acumulado o considerará que ha llegado el momento de abrir paso a una nueva generación.

Esa decisión marcará el rumbo de Morena en Sinaloa.

Tres mujeres, tres historias políticas distintas

Dentro de este grupo sobresale un hecho que pocas veces se analiza con detenimiento. Morena tiene entre sus aspirantes a tres mujeres que, probablemente, representan las trayectorias políticas más sólidas del movimiento en el estado. Sin embargo, sería un error colocarlas en el mismo plano, porque cada una ha construido su carrera desde espacios completamente distintos.

Imelda Castro, María Teresa Guerra y Graciela Domínguez pertenecen al mismo partido, pero representan tres formas diferentes de entender la política, de ejercer el liderazgo y de construir poder.

Eso hace especialmente interesante este proceso.

Imelda Castro: la política que conoce el tablero nacional
Hablar de Imelda Castro es hablar de una política cuya carrera rebasa ampliamente los límites de Sinaloa. Su historia no comenzó con Morena. Proviene de una generación que hizo política cuando la izquierda aún luchaba por abrir espacios en un escenario dominado por otros partidos. Esa circunstancia le permitió desarrollar una visión distinta de la política, donde la construcción de acuerdos nacionales resultó tan importante como el trabajo territorial.

Su paso por el Senado de la República fortaleció ese perfil. Ahí no solamente representó a Sinaloa; también participó en la discusión de las principales reformas impulsadas por la Cuarta Transformación, construyendo relaciones con la dirigencia nacional y con actores fundamentales del movimiento. Esa experiencia le permite entender que una gubernatura no solamente se administra desde el ámbito local, sino también desde la capacidad para interlocutar con el Gobierno Federal y con los distintos poderes de la Unión.

Sin embargo, toda trayectoria enfrenta el desafío del tiempo. La política cambia con rapidez y la sociedad también modifica sus expectativas. Hoy la experiencia continúa siendo un activo importante, pero ya no es el único elemento que evalúa el electorado. La demanda de nuevos liderazgos ha comenzado a instalarse incluso dentro de Morena. El reto para Imelda Castro consiste precisamente en demostrar que su experiencia no representa únicamente el pasado del movimiento, sino que también puede conducir su siguiente etapa.

No es una discusión sobre capacidad. Es una discusión sobre vigencia política.

María Teresa Guerra: la institucionalidad como proyecto
La construcción política de María Teresa Guerra siguió un camino diferente. Mientras otros perfiles crecían desde estructuras partidistas tradicionales, ella consolidó su presencia pública a partir del activismo, la defensa de los derechos humanos y la agenda de las mujeres. Ese origen marcó buena parte de su forma de hacer política y explica por qué su discurso suele privilegiar la argumentación jurídica sobre la confrontación.

Con el paso de los años logró convertirse en una de las figuras más relevantes del Congreso del Estado. Desde ahí impulsó reformas, encabezó debates complejos y se consolidó como una de las voces más visibles de Morena en el Poder Legislativo. Su trayectoria transmite institucionalidad, conocimiento de la ley y capacidad para construir consensos dentro de órganos colegiados, características que pocas veces generan grandes titulares, pero que resultan indispensables cuando se trata de gobernar.

El desafío para Guerra no radica en demostrar preparación técnica, porque esa parte de su carrera está ampliamente acreditada. Su reto consiste en fortalecer todavía más su conexión con el territorio y con una ciudadanía que exige cercanía permanente de quienes aspiran a conducir los destinos del estado. En la política contemporánea ya no basta con tener buenos argumentos; también resulta indispensable construir empatía social.

Graciela Domínguez: la experiencia de gobernar y negociar
Graciela Domínguez representa quizá el perfil más equilibrado entre militancia, administración pública y operación política. Su carrera ha transitado prácticamente por todas las etapas del servicio público. Fue una de las principales figuras del Congreso local durante los primeros años de mayoría morenista, encabezó la Junta de Coordinación Política y posteriormente asumió la responsabilidad de conducir la Secretaría de Educación Pública y Cultura.

Esa combinación le permite hablar desde la experiencia de quien conoce tanto el debate legislativo como la complejidad de administrar una de las dependencias más grandes del gobierno estatal. Pocas responsabilidades generan tanta presión como conducir el sistema educativo de un estado, y esa experiencia inevitablemente fortalece cualquier perfil político.

Pero gobernar también significa asumir costos. Cada decisión tomada durante el ejercicio del poder deja simpatías y críticas. Ese es el precio natural de la responsabilidad pública. Domínguez llega a este proceso con la fortaleza de haber administrado instituciones complejas, pero también con el desafío de convencer que esa experiencia sigue siendo un activo para el futuro del movimiento.

Gerardo Vargas: la administración pública como argumento

Si existe un perfil cuya principal carta de presentación es el conocimiento del aparato gubernamental, ese es Gerardo Vargas Landeros. Su carrera política ha estado vinculada durante décadas a posiciones estratégicas dentro de la administración pública. Ha ocupado responsabilidades relacionadas con la gobernabilidad, la seguridad pública y el gobierno municipal, experiencias que le otorgan un conocimiento profundo del funcionamiento institucional del estado.

En un momento donde Sinaloa enfrenta desafíos importantes en materia de seguridad, desarrollo económico y estabilidad política, ese tipo de experiencia adquiere relevancia. Gobernar no solamente implica tomar decisiones; también exige conocer los procedimientos, las instituciones y la compleja relación entre los distintos niveles de gobierno.

Sin embargo, alrededor de su figura también gira uno de los debates más interesantes de este proceso. Vargas Landeros construyó buena parte de su trayectoria antes de incorporarse a Morena. Para algunos sectores esa circunstancia demuestra la capacidad del movimiento para sumar perfiles con amplia experiencia administrativa. Para otros, la identidad partidista y la militancia histórica continúan siendo elementos que deben pesar al momento de definir un liderazgo.

No existe una respuesta definitiva. Existe, sí, una discusión legítima que Morena tendrá que resolver.

Ricardo Madrid: el político del consenso

Ricardo Madrid Pérez representa un perfil diferente al resto de los aspirantes. Su carrera política ha estado ligada al Partido Verde Ecologista de México, aliado permanente de Morena durante los últimos procesos electorales. Esa condición le permitió construir una trayectoria basada más en la negociación y el diálogo que en la confrontación política.

Quienes conocen su desempeño suelen destacar precisamente esa capacidad para construir acuerdos entre distintos actores, una cualidad que pocas veces recibe reflectores, pero que puede resultar determinante cuando se gobierna un estado donde convergen intereses económicos, sociales y políticos muy diversos.

Su principal reto consiste en demostrar que la procedencia partidista deja de ser un elemento relevante cuando existe coincidencia en el proyecto político. En otras palabras, convencer de que la alianza entre Morena y el Partido Verde también puede traducirse en liderazgos compartidos.

Fernando García: cuando la política se construye lejos de los reflectores

No todos los liderazgos se construyen desde los medios de comunicación o las redes sociales. Existen perfiles cuya principal fortaleza radica en el trabajo organizativo, en la operación política cotidiana y en la construcción silenciosa de estructuras.

Fernando García pertenece a ese grupo.

Su presencia pública ha sido menor en comparación con otros aspirantes, pero eso no significa ausencia dentro del movimiento. Al contrario. Su trayectoria está ligada a la organización interna y al trabajo político constante, características que muchas veces cobran mayor importancia dentro de un proceso partidista que fuera de él.

El reto para perfiles como el suyo consiste en trasladar ese reconocimiento interno hacia un mayor posicionamiento ciudadano. Las encuestas no solamente miden respaldo entre la militancia; también evalúan el nivel de conocimiento que existe entre la población en general.

Tomás de Jesús López: la política como acumulación de experiencia

La carrera de Tomás de Jesús López se ha desarrollado a lo largo de distintos espacios de representación y administración pública. Esa trayectoria le permitió construir relaciones políticas, conocer el funcionamiento institucional y entender que los procesos de gobierno requieren mucho más que capacidad de comunicación.

Su perfil representa una generación de políticos que aprendieron el ejercicio público desde la administración y el contacto permanente con las estructuras gubernamentales. Esa experiencia puede convertirse en una fortaleza cuando se analiza la complejidad de gobernar un estado como Sinaloa.

Sin embargo, al igual que otros perfiles con amplia trayectoria, enfrenta una realidad distinta a la de hace algunos años. Hoy la sociedad exige resultados, pero también renovación. Ese equilibrio será uno de los elementos que Morena deberá valorar.

La experiencia también es una forma de renovación

Existe una idea que con frecuencia aparece en los debates políticos: asociar la renovación únicamente con la edad.

Es una visión limitada.

Renovar un gobierno no siempre significa cambiar de generación. También puede significar incorporar nuevas formas de gobernar a partir de la experiencia acumulada. Hay políticos que después de treinta años de carrera siguen evolucionando, así como existen liderazgos jóvenes que reproducen prácticas tradicionales.

Por eso el verdadero debate no debería centrarse únicamente en quién es más joven o quién tiene más años en la política.

La pregunta correcta sería otra.

¿Quién está en mejores condiciones de conducir una nueva etapa para Morena?

La decisión que definirá el rostro de Morena

La dirigencia nacional tendrá en sus manos una decisión que rebasa por mucho los límites de una encuesta.

Si opta por alguno de los perfiles de mayor experiencia, enviará un mensaje de consolidación institucional, privilegiando el conocimiento del gobierno, la administración pública y la capacidad de operación política.

Si decide inclinarse por una nueva generación, el mensaje será distinto: que Morena considera llegado el momento de iniciar una transición hacia liderazgos con otra visión y otra narrativa.

Ninguna de las dos decisiones es incorrecta.

Ambas responden a diagnósticos diferentes sobre el momento que vive el partido.

Lo cierto es que este proceso interno ha puesto sobre la mesa una discusión que tarde o temprano todos los partidos enfrentan: ¿hasta dónde debe llegar la experiencia y cuándo comienza el tiempo del relevo?

Quizá esa sea la verdadera elección que hoy vive Morena en Sinaloa.

Porque más allá de los nombres, de las simpatías y de las aspiraciones personales, el partido está definiendo algo mucho más profundo: qué tipo de liderazgo considera indispensable para enfrentar los retos del futuro.

Y esa decisión, independientemente del resultado, marcará el rumbo político de Sinaloa durante los próximos años.

marcoantoniolizarraga@entreveredas.com.mx

Facebook, Instagram y X: PeriodistaMarco

JUL 28 2026

Por elpiripituchi

Fundador y Creador del Sitio