Entre Veredas

Marco Antonio Lizárraga

“Yo sé que existo

porque tú me imaginas”, Ángel González (1925-2008) Poeta español.

RETROSPECTIVA

Cada vez que se le pregunta, Guillermo Romero Rodríguez responde prácticamente lo mismo: no está buscando una candidatura, no participa en proyectos electorales y su atención está concentrada en sus actividades empresariales.

La declaración ha sido consistente y pública.Sin embargo, la política rara vez se mueve únicamente por declaraciones.

Mazatlán ha comenzado a entrar, aunque todavía de manera discreta, en la etapa donde los nombres empiezan a aparecer alrededor de la sucesión de 2027. Morena mantiene una posición de fuerza, gobierna el municipio y conserva una estructura territorial consolidada. Del otro lado, la oposición enfrenta un reto mucho más complejo: encontrar un liderazgo capaz de competir en condiciones reales.

Es ahí donde Guillermo Romero vuelve a colocarse en la conversación. No porque haya levantado la mano. No porque exista una campaña anticipada. Mucho menos porque haya manifestado públicamente interés en volver a aparecer en una boleta.

Su nombre surge por una razón más sencilla: la política también tiene memoria.

La elección pasada dejó lecciones que conviene revisar con objetividad. Morena ganó la contienda y refrendó su fortaleza en Mazatlán. Ese resultado es incuestionable. Pero también quedó demostrado que, dentro del bloque opositor, pocos perfiles lograron alcanzar el nivel de conocimiento, competitividad y presencia que construyó Guillermo Romero durante aquella campaña.

Los procesos electorales no solamente producen ganadores y perdedores. También revelan quiénes logran consolidarse como referentes para futuras contiendas. Y ese parece ser el caso.

Más allá del resultado, Romero representa un fenómeno poco común en la política local. Su trayectoria no nació en un comité partidista ni en un cargo de elección popular. Se forjó desde el sector empresarial, en la interlocución con organismos productivos y en la defensa de temas relacionados con el comercio, el turismo y el desarrollo económico del puerto.

Ese origen ciudadano le permitió construir una identidad distinta a la del político tradicional. Pero también dejó claro que el reconocimiento social, por sí solo, no basta para ganar una elección.

La política sigue siendo un terreno donde las estructuras, la organización territorial y la operación electoral tienen un peso determinante. Esa fue quizá la mayor enseñanza de la contienda anterior.

Sin embargo, el escenario rumbo a 2027 abre una nueva discusión. La verdadera pregunta ya no es si Guillermo Romero quiere ser candidato.

La interrogante es otra: ¿tiene hoy la oposición un perfil con mayor posicionamiento ciudadano y mejores antecedentes electorales para encabezar un proyecto competitivo frente a Morena y sus aliados?

Hasta el momento, esa respuesta parece seguir pendiente. Por eso de manera implícita Romero está la palestra.

Porque mientras Morena continúa construyendo cuadros propios y preparando la renovación de sus liderazgos, los partidos opositores aún buscan una figura capaz de aglutinar esfuerzos, generar confianza y convertirse en una alternativa con posibilidades reales.

Y es precisamente esa ausencia la que mantiene vigente el nombre de Guillermo Romero. No por lo que declara. Tampoco por especulaciones.

Sino porque los antecedentes electorales, el nivel de conocimiento que conserva entre el electorado y la falta de un liderazgo opositor claramente consolidado hacen inevitable que su nombre siga apareciendo en cualquier análisis serio sobre la elección de 2027.

Eso no significa que su candidatura sea un hecho. Ni siquiera que forme parte de sus planes. La política, sin embargo, suele construir escenarios antes que candidaturas.

Y mientras la oposición no encuentre una figura que supere el posicionamiento que hoy conserva Guillermo Romero, su nombre seguirá ocupando un espacio en el tablero político de Mazatlán.

Porque al final, más allá de discursos, desmentidos o especulaciones, la política termina resolviendo sus incógnitas con el lenguaje que mejor entiende: los números. Los números de la última elección dejaron claro que Morena sigue siendo la fuerza dominante.

APERTURA

En política no todos los liderazgos se construyen desde la estridencia. Algunos crecen con la constancia, la cercanía con la gente y la capacidad de asumir causas que otros prefieren evitar.

En Concordia, ese parece ser el caso de la regidora Teresita de Jesús Osuna Rodríguez.

Mientras el calendario político avanza rumbo a 2027, su nombre comienza a escucharse con mayor frecuencia dentro y fuera de Morena. No por una campaña abierta ni por una estrategia anticipada, sino por el trabajo que ha desarrollado desde el Cabildo y por la forma en que ha asumido su papel como representante popular.

Quienes siguen de cerca la vida política del municipio saben que Teresita Osuna ha optado por una ruta distinta. Su participación se ha caracterizado por fijar posturas, cuestionar decisiones cuando considera que pueden afectar el interés ciudadano y respaldar sus intervenciones con argumentos. Esa forma de ejercer el cargo le ha permitido construir una imagen de cercanía con la población, especialmente entre quienes esperan que un regidor sea algo más que un simple levantador de la mano.

No significa que siempre tenga la razón. En democracia, las decisiones públicas están sujetas al debate y al contraste de ideas. Pero sí refleja una disposición a ejercer el cargo con una actitud crítica cuando considera que existen elementos para hacerlo.

Ese tipo de perfiles suele ganar terreno en un momento en que la ciudadanía exige representantes que expliquen, cuestionen y den seguimiento al uso de los recursos públicos. La vigilancia del ejercicio gubernamental no debería entenderse como confrontación permanente, sino como una de las responsabilidades esenciales de quienes integran un Cabildo.

Por ello, no sorprende que su nombre aparezca entre las figuras con mayores posibilidades de convertirse en una opción para encabezar un proyecto político en Concordia. El posicionamiento no surge de un día para otro; es resultado de una presencia constante en la agenda municipal y de una relación directa con distintos sectores de la población.

Desde luego, el camino hacia 2027 apenas comienza. Morena tendrá que evaluar perfiles, medir competitividad, revisar el trabajo territorial y tomar decisiones que respondan a su estrategia electoral. Nadie tiene hoy una candidatura asegurada.

Sin embargo, también sería un error minimizar el momento político que vive Teresita Osuna. Su crecimiento no parece producto de la casualidad, sino de una forma de hacer política que privilegia el contacto ciudadano y el debate sobre los asuntos públicos.

En tiempos donde la confianza en las instituciones enfrenta desafíos constantes, los liderazgos que escuchan, explican y defienden sus posturas con argumentos suelen encontrar eco entre la sociedad.

La pregunta ya no es si Teresita Osuna forma parte de la conversación política de Concordia.

La pregunta es hasta dónde puede llegar cuando esa conversación se transforme en definiciones.

¿JUGADA MAESTRA?

En política las renuncias rara vez son renuncias. Son mensajes.

La salida de Feliciano Castro Meléndrez del gabinete estatal confirma algo que desde hace semanas era evidente: la sucesión gubernamental dejó de ser un ejercicio de especulación para convertirse en una competencia abierta dentro de Morena.

Quien piense que únicamente dejó un escritorio en Palacio de Gobierno está viendo apenas una parte de la fotografía. Lo que realmente ocurrió fue el arranque de una nueva etapa.

Durante meses, los nombres circularon entre pasillos, reuniones privadas y columnas políticas. Aspiraciones había muchas; definiciones, ninguna. Ahora el escenario cambió.

Feliciano decidió dejar la comodidad del gobierno para entrar al terreno donde ya no bastan los cargos ni la experiencia administrativa. A partir de hoy tendrá que construir una candidatura frente a la militancia, frente a la dirigencia y, eventualmente, frente a la sociedad. No será una tarea sencilla.

Morena llega a esta sucesión con una característica que no había enfrentado en procesos anteriores: la abundancia de perfiles competitivos. Imelda Castro representa la experiencia legislativa y la cercanía con el proyecto nacional. Graciela Domínguez ha consolidado presencia política y territorial. María Teresa Guerra mantiene un peso específico dentro del Congreso local. Jesús Ibarra ha fortalecido su presencia en el norte del estado.

Y ahora Feliciano Castro entra de lleno a una contienda donde el prestigio interno deberá traducirse en respaldo ciudadano. Porque una cosa es operar políticamente desde el gobierno. Otra muy distinta es salir a pedir la confianza de la gente. Su mayor fortaleza es conocida.

Pocos dentro de Morena poseen el nivel de experiencia política, capacidad de negociación y conocimiento institucional que ha acumulado durante décadas. Su desafío será distinto.

Demostrar que ese liderazgo trasciende las estructuras partidistas y conecta con una ciudadanía que hoy exige respuestas en materia de seguridad, desarrollo económico y estabilidad.

La renuncia también manda otro mensaje.

Morena parece decidido a cuidar las formas internas. Las licencias y separaciones del cargo buscan evitar que el proceso de selección cargue con el peso del uso de responsabilidades públicas, enviando una señal de equidad entre quienes aspiran a coordinar los trabajos del movimiento.

Pero la competencia apenas comienza. Lo que viene no será una disputa de currículums.

Será una batalla de estructuras, territorio, percepción pública y capacidad para convencer a una militancia que tendrá en sus manos la primera gran decisión rumbo a 2027.

Feliciano Castro ya hizo su movimiento. Ahora les corresponde responder a los demás. Porque en política, las piezas no se mueven solas. Cada movimiento obliga al siguiente. Y en Morena, el tablero finalmente empezó a jugarse.

marcoantoniolizarraga@entreveredas.com.mx

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JUN 26 2026

Por elpiripituchi

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