Entre Veredas

Marco Antonio Lizárraga

En Morena, el tablero sinaloense empieza a mostrar una realidad que ya no puede minimizarse: el factor femenino está más fuerte que nunca.

No se trata solamente de presencia pública ni de cumplir con una narrativa nacional encabezada por una mujer en la Presidencia de la República. Se trata de cuadros con trayectoria, territorio, estructura, discurso y aspiración legítima.

En esa ruta aparecen tres nombres que comienzan a tomar lugar en la conversación interna del partido: Imelda Castro Castro, Tere Guerra Ochoa y Graciela Domínguez Nava.

Tres mujeres con estilos distintos, con fortalezas propias y con lecturas diferentes del momento político que vive Sinaloa.

Imelda Castro juega desde una posición de experiencia y de conexión nacional. Su actividad en Los Mochis no fue casual. Estar en territorio, acompañada por Gerardo Fernández Noroña, le permite enviar varios mensajes al mismo tiempo: cercanía con la base, alineamiento con la agenda federal y presencia en una zona clave como el norte del estado.

Desde el Senado, Imelda ha construido una imagen de disciplina política, de conocimiento legislativo y de pertenencia histórica al movimiento. Su narrativa se apoya en la rendición de cuentas, en las reformas impulsadas desde la Cámara Alta y en la defensa de la austeridad como bandera de Morena.

La fortaleza de Imelda está en que no necesita presentarse como improvisada. Tiene carrera, tiene relaciones nacionales y tiene una lectura clara del funcionamiento interno de Morena. Su reto, sin embargo, está en traducir esa experiencia en emoción territorial.

En política, la trayectoria pesa, pero también pesa la capacidad de conectar con los sectores que hoy demandan respuestas más inmediatas. Imelda tiene estructura; su desafío será demostrar que también puede encender ánimo ciudadano.

Tere Guerra Ochoa representa otra ruta. Su encuentro con juventudes en Ahome revela una apuesta distinta: construir desde la conversación social, desde los sectores emergentes y desde agendas que muchas veces no ocupan el centro del debate tradicional.

Ahí estuvieron estudiantes, líderes comunitarios, jóvenes indígenas, activistas ambientales, integrantes de la comunidad LGBTIQ+ y emprendedores, con planteamientos sobre empleo, salud mental, educación, inclusión y medio ambiente.

Ese punto no es menor. Morena necesitará algo más que estructura para sostenerse rumbo al próximo ciclo político. Necesitará narrativa generacional, sensibilidad social y capacidad para escuchar a quienes no necesariamente militan, pero sí votan, opinan y movilizan conversación pública.

Tere Guerra, desde la presidencia de la Junta de Coordinación Política del Congreso del Estado, tiene una plataforma local importante. Su ventaja está en el contacto con agendas actuales y en una imagen de cercanía con causas sociales. Su reto será convertir esa interlocución en una fuerza política más amplia, que no se quede solo en sectores específicos, sino que logre dialogar con todo el estado.

Graciela Domínguez Nava, en cambio, aparece con una narrativa más ideológica, más de raíz morenista. En su asamblea informativa en Culiacán habló de rendición de cuentas, cercanía con la gente, defensa del proyecto de la Cuarta Transformación y respaldo a la presidenta Claudia Sheinbaum.

También colocó en el centro los programas sociales, el combate a la pobreza, el salario mínimo, las pensiones y la orientación del presupuesto hacia los sectores más vulnerables.

Graciela tiene una fortaleza que en Morena sigue contando mucho: discurso de movimiento. No se mueve solo desde la administración de coyunturas, sino desde una narrativa política que busca recordar de dónde viene el proyecto.

Su perfil puede conectar con bases fundacionales, con sectores populares y con quienes valoran la congruencia ideológica. Su reto será ampliar esa narrativa hacia electores que quieren resultados concretos, no solo discurso de continuidad. En otras palabras, Graciela tiene raíz; la pregunta será si logra proyectar también futuro.

Las tres representan rutas distintas dentro del mismo partido. Imelda es experiencia y conexión federal. Tere es agenda social, juventud y operación legislativa local. Graciela es identidad política, territorio ideológico y defensa del proyecto. Ninguna camina igual, pero las tres están caminando.

Y eso es lo relevante.

Porque en otros tiempos, la sucesión se leía casi siempre desde los nombres masculinos, desde los acuerdos de grupo y desde los equilibrios tradicionales. Hoy, Morena tiene en sus mujeres una de sus cartas más fuertes. No solo por paridad, sino porque hay perfiles con capital político real.

El contexto nacional también ayuda: con Claudia Sheinbaum en la Presidencia, el mensaje de que las mujeres pueden encabezar proyectos de poder ya no es aspiracional, es una realidad instalada.

Pero tampoco conviene adelantar vísperas. En política, una gira, una asamblea o un encuentro no definen una candidatura. Sirven para medir temperatura, para mandar señales y para construir presencia.

Lo que viene será más complejo: mediciones, acuerdos internos, señales desde el centro, capacidad de sumar grupos, operación territorial y, sobre todo, competitividad.

Morena todavía tiene tiempo, pero el mapa ya se está moviendo. Y si algo queda claro es que las mujeres no están esperando turno: están ocupando espacio.

Imelda, Tere y Graciela ya están en la cancha. Cada una con su estilo, cada una con su apuesta y cada una con una lectura distinta de Sinaloa.

Nada está escrito todavía. Pero el mensaje es evidente: rumbo a la gubernatura, el factor femenino en Morena no solo existe; pesa, crece y puede terminar definiendo el tablero.

Las tres ya han dejado ver, de manera abierta, sus aspiraciones políticas al buscar convertirse en la coordinadora de los comités de defensa de la Cuarta Transformación en Sinaloa; por ahora, solo aguardan los tiempos legales y partidistas para solicitar licencia y formalizar su registro.

Se va a poner interesante el tema.

marcoantoniolizarraga@entreveredas.com.mx

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Por elpiripituchi

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